3/6/24

LA BANALIZACIÓN DE LA LOCURA

Los medios de comunicación han fallado una y otra vez a la hora de cubrir la demencia del candidato Republicano.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú



Para cuando lean esto la elección en México habrá concluido y tendremos una presidenta electa. Pero debido a los tiempos de entrega que impone el dios Vértigo, no tengo idea de quién ganó ni tiene sentido especular sobre el tema. Así que… ¡a otra cosa, mariposa!

Volteemos mejor hacia el norte, donde en seis meses los gringos tendrán su propia elección presidencial. ¿Qué ha ocurrido allá mientras aquí padecíamos de una lobotomía generalizada? Pues todo parece indicar que Donald Trump hará pomada a Joe Biden en noviembre.

Casi todas las encuestas sobre aceptación o intención de voto muestran a Trump superando al actual presidente. ¿Cómo es esto posible? Ahórrense sus comentarios: yo sé que Biden no ha sido el presidente más enérgico, ni el más coherente, y sí, a veces se tropieza. Pero es un despropósito comparar su ineptitud con la del otro imbécil. 

Como indica el politólogo Brian Klaas, Trump es un candidato que incitó a una insurrección violenta, buscó violar la constitución múltiples veces; pidió al Ejército disparar contra manifestantes; cometió diversos fraudes para su enriquecimiento personal; defendió a grupos racistas; ha flotado la idea de ejecutar a sus enemigos políticos y a quienes cometan delitos menores; fue declarado responsable de una violación sexual; hoy está en juicio por violar la ley electoral, y enfrenta también otros 88 cargos federales. 

Vuelvo a preguntar: ¿Cómo es preferible alguien de esta calaña a Biden?

Klaas dice que esto se debe a la “banalización de la locura”, donde los medios de comunicación han fallado una y otra vez a la hora de cubrir la demencia del candidato Republicano. La banalización de la locura “ha deformado a la política norteamericana, donde cada vez menos votantes reconocen que tan trastornado, delirante y peligroso es Donald Trump... porque la prensa rara vez informa sobre su locura rutinaria”, dice Klaas.

Esto se relaciona con la “habituación” que mencioné en una columna reciente (“Habituarse al Horror”; Vértigo #1203), donde expuse cómo podemos acostumbrarnos a todo mientras un evento suceda de manera gradual y escalonada. Así podemos habituarnos a las mentiras, pero también a la crueldad e incluso al horror.

Pues igual podemos habituarnos a la locura. Como indica el periodista  Charles Sykes, Trump ya no es “un acertijo ni un enigma”, pues durante años ha mostrado en público su verdadera esencia: “su adulación por los autócratas del mundo, su amenaza de abandonar a los aliados geopolíticos, su desprecio por el estado de derecho, y su intención de usar al gobierno federal como instrumento de venganza”. 

Pero nada de esto genera interés ni titulares, mientras que un tropiezo de Biden amerita las ocho columnas de un periódico. Esta es la banalización de la locura, donde la sociedad y la prensa se han acostumbrado y han dejado de percibir como peligrosos la demencia y los delirios autoritarios de Trump. Después de ocho años en los reflectores políticos, Trump es responsable de tantos atropellos a la dignidad y a la razón que uno simplemente se vuelve sordo ante un nuevo escándalo.

¿Qué se puede hacer? Klaas propone dos soluciones: primero, la prensa debe reconsiderar lo que considera “noticioso” (newsworthy) y “tiene una obligación de comunicar la magnitud de algo y no sólo la novedad”. ¿Realmente es más importante un desliz verbal de Biden que la sociopatía autoritaria de Trump? Pero más importante, los medios deben cubrir cada una de las locuras y delirios que cometa el candidato Republicano, aunque algunos crean que esto “amplifica” su mensaje.

Porque el peligro autoritario es real y los gringos no parecen dimensionar el desastre que representará una segunda administración de Trump. Así que requerimos más exposición a su retórica cruel, delirante y antidemocrática; apostando a que cada día un mayor número de votantes escuchen lo que realmente dice este orate y se alejen de su discurso de odio. 

Aún faltan seis meses para la elección… ¿Logrará triunfar la decencia y la razón?

20/5/24

PROTESTO, LUEGO EXISTO

La empatía y la indignación son igual a cualquier otro recurso natural: son finitas y se agotan


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú



A ver… yo seré el primero en defender el derecho de los adolescentes a echar desmadre y gritar consignas que años después les parecerán ridículamente estúpidas y pretenciosas. Créanme… hablo por experiencia. Pero viendo las protestas masivas en los principales campus universitarios de Estados Unidos creo que éstas han resultado ser un absoluto despropósito y -de hecho- completamente contraproducentes. 

De entrada quiero eliminar cualquier temor y decirles que no… que mis argumentos no son moralinos ni encaminados a proponer una coerción a la libertad de expresión de estos muchachos. Aquí vengo con argumentos estrictamente pragmáticos.

En primer lugar, -y aquí le robo una idea al comediante Bill Maher- estas protestas parecen ser un ejercicio colectivo de narcisismo. Porque seamos honestos: ¿Qué factor vuelve a la causa palestina más noble o más importante que otras? ¿Por qué no protestar por la guerra en Ucrania y las masacres que ahí ocurren diariamente? ¿Por qué no protestar por el apartheid de género que existe en Afganistán? ¿O el hecho que en gran parte del mundo islámico te asesinan si eres homosexual? ¿Por qué no protestar por la hambruna en Sudán o en Somalia? 

Porque para estos estudiantes gringos (excepto aquellos que tienen un vínculo directo con el Medio Oriente) la razón de la protesta es lo de menos. Lo que ellos quieren es que sus amigos y el mundo entero (vía redes sociales) los reconozca y celebre como verdaderos “progres” y auténticos guerreros de la justicia social. Y si para ganar un par de likes en Tiktok se requiere pedir el exterminio de Israel y apoyar a un grupo terrorista con tendencias genocidas… ¡Pues viva Hamas y mueran los judíos!

Pero vamos a suponer que la mayoría de los manifestantes están actuando con las mejores intenciones. Que en verdad buscan con su relajo aliviar el sufrimiento del pueblo palestino (que hay que decirlo: lo que está haciendo Israel es inexcusable y criminal). Entonces… ¿Por qué habría bronca con esto?

La razón es muy sencilla. Porque la empatía y la indignación son igual a cualquier otro recurso natural: son finitas y se agotan; y por esta misma razón necesitamos priorizar y jerarquizar donde vamos a invertirlas.

Derivado de esto, mi problema central con las protestas universitarias (que ya se extienden por varios países, incluido México), es que están evitando que otros temas reciban la misma atención y el mismo nivel de furia; temas que directamente afectan en las vidas de estos estudiantes.

En el caso de Estados Unidos, la inconsciencia de estos estudiantes llega a niveles preocupantes. Porque mientras se desgarran las vestiduras por un conflicto a miles de kilómetros, su propia democracia está en peligro mortal, al igual que sus derechos de asamblea y su libertad de expresión.

Mucho se ha comentado sobre cómo este relajo puede costarle votos a Joe Biden en noviembre;  y entre más tiempo continúen las protestas, más apetecible se volveré el mensaje de Donald Trump que presume ser el candidato de “la ley y el orden” ¿Y saben ustedes lo que hará Trump llegando a la Casa Blanca? ¡Claro que lo saben! ¡Apoyar aún más a Israel! ¡Pisotear aún más a los palestinos! ¡Y de pasada enviarles a la Guardia Nacional a todos esos estudiantes revoltosos! 

Algo similar ocurrió en 1968, cuando las protestas contra la guerra de Vietnam (algo que sí afectaba directamente a los estudiantes de la época) dividió profundamente a los Demócratas. El resultado del caos fue la victoria de Richard Nixon, que expandió aún más la Guerra de Vietnam y tiñó a la política estadounidense de conservadurismo, autoritarismo y corrupción.

Hoy, con cada grito en las universidades que pide “Death to America”, con cada exigencia de una nueva “Intifada” y con cada estudiante que canta “From the River to the Sea”, Trump está deseando que la historia se repita.

Se los vuelvo a decir: la empatía y la indignación son finitas y se agotan. Es nuestra responsabilidad usarlas de manera inteligente.

6/5/24

LA ELECCIÓN DE LA APATÍA

En México hemos caído en una completa y absoluta apatía por las campañas políticas. 


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú




A finales del año pasado hice una exposición catastrofista en este espacio (“El voto en los tiempos del ChatGPT”), donde exponía el peligro que representa la irrupción de la Inteligencia Artificial para las democracias. Mi preocupación era que la IA podría ser utilizada en la creación automatizada de desinformación y noticias falsas llevando al ciudadano común a no diferenciar entre la verdad y la mentira.

Aunque mi temor no se ha disipado, hasta ahora no hemos visto disrupciones importantes en los procesos electorales de El Salvador, Taiwán o Rusia, ni tampoco en las campañas presidenciales de EEUU, a pesar de su electorado altamente polarizado.

Pero aquí en México ocurre algo más raro. No sólo no hemos visto un despapaye por la IA; sino que hemos caído en algo peor: una completa y absoluta apatía por las campañas. Esta indiferencia me hace pensar que incluso si algún candidato hiciera una chicanada utilizando IA, el electorado tomaría este evento como lo ha hecho con todas las noticias de la elección: con un rotundo y sonoro “me vale madres”.

Yo no sé ustedes, pero desde que tengo uso de razón todas las campañas presidenciales habían sido un evento esperado con ansias, lleno de controversias, polémicas, traiciones y toda clase de sorpresas inesperadas. En cambio, este ciclo electoral se presenta más árido que las presas del Sistema Cutzamala. ¿Qué explica esto?

Algunos argumentarán que el problema es de origen, ya que tenemos candidatos mediocres y aparte porque la campaña inició con una abrumadora ventaja para la candidata oficialista (según todas las encuestas), que la colocó desde el arranque en un distante primer lugar. Esto evita que dicha candidata tenga que hacer cualquier esfuerzo para ganar votos, proponer ideas novedosas o incluso atacar a sus contrincantes. Basta con nadar de muertito de aquí al 2 de junio.

Pero yo creo que el problema es más de forma que de fondo. Porque por más aburrido que sea un político, siempre puede ser empaquetado para parecer auténtico, fresco y divertido. Para eso existen las legiones de asesores y publicistas que contratan los partidos con nuestros impuestos.

Lo terrible es que hoy estamos viviendo la antítesis de esto, y la razón es que nuestros políticos siguen haciendo campañas del siglo XX dirigidas a un electorado del siglo XX.

Ahí les van un par de datos: fue apenas en 2018 -a inicios de este sexenio- cuando TikTok llegó a México. Hoy la aplicación reporta 74.15 millones de usuarios activos, lo que la convierte en la tercera red social más utilizada en el país, y colocando a México como el cuarto país con más usuarios en el mundo.

Aquí es donde yo les pregunto: ¿No creen ustedes que el contacto diario de 74 millones de mexicanos con el contenido de TikTok cambia su manera de consumir información? ¿No creen que esto afecta su capacidad de retener información? ¿No creen que todos hemos cambiado psicológicamente por la inmediatez con la que recibimos millones de contenidos en Youtube o la TV por streaming?

¿Por qué entonces nuestros políticos nos siguen bombardeando con los mismos formatos de spots de hace 30 años? ¿Por qué siguen realizando estúpidos mítines igual a los de Adolfo López Mateos? ¿Por qué seguir haciendo campañas como si viviéramos en 1980 o 1950?

¿Quieren un ejemplo de una estrategia exitosa para los tiempos modernos? Ahí tienen a Javier Milei en Argentina, que armado con una motosierra gritaba a los cuatro vientos locuras sobre el anarcocapitalismo, llamaba comunista al Papa y prometía erradicar a los “zurdos de mierda”. ¡Eso es buen contenido, chinga’os! ¡Esos son mensajes para nuevas audiencias y nuevas plataformas! ¡Eso es saber venderse para un electorado moderno!

Claramente no estoy diciendo que unas elecciones histriónicas son mejores para la democracia. Lo único que propongo es que si nuestros políticos ya se agandallaron millones de pesos de nuestros impuestos para financiar sus campañas, lo mínimo que podrían hacer es darnos un buen show. Pero ni hablar… ¡Será para el 2030!  

22/4/24

LA FRASE QUE SALVARÁ A LA HUMANIDAD

¿Qué declaración dejarías para la posteridad que contenga la mayor cantidad de información en la menor cantidad de palabras? 


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

No quiero ser pesimista, pero si uno pone atención a los acontecimientos recientes, fácilmente podría llegar a la conclusión de que el mundo se está encaminado hacia un final pronto y fatídico. 

El ejemplo obvio es la reciente pandemia que fulminó a millones de personas (y que representó apenas el preámbulo de algo mucho peor, según expertos). Pero también está el crecimiento desmedido de la inteligencia artificial, la cual ya se está usando en escenarios bélicos para seleccionar blancos de manera semiautónoma y exterminarlos. O qué tal Rusia, que amenaza con el uso de armamento nuclear en su guerra con Ucrania. Y no olvidemos la posible guerra entre China y Taiwán (¡o entre Irán e Israel!) que podría causar una Tercera Guerra Mundial. ¡Ah claro! Y no olvidemos la eterna amenaza del cambio climático que nos va a achicharrar a todos. 

¡No hay tregua, señores! Pero estoy seguro que no vinieron aquí a deprimirse. Así que mejor tomemos la premisa del fin del mundo pero démosle un spin más divertido. El ejercicio macabro que les traigo vino como inspiración de un gran episodio del podcast RadioLab (“The Cataclysm Sentence”), donde cuentan cuentan esta historia: 

Un día de 1961, el famoso físico Richard Feynman se paró frente a una sala de conferencias de Caltech y planteó esta pregunta a un grupo de estudiantes universitarios: “Si de pronto ocurriera un evento cataclismo donde todo el conocimiento científico fuera destruido, y solo un enunciado pudiera ser transmitido a la próxima generación de supervivientes… ¿Qué declaración dejarías para la posteridad que contenga la mayor cantidad de información en la menor cantidad de palabras? 

Feynman tenía una respuesta bastante buena a su propia pregunta: dejar como último mensaje la Hipótesis Atómica que establece: “todas las cosas están hechas de átomos; que son pequeñas partículas que están en perpetuo movimiento; las cuales se atraen cuando están a cierta distancia, pero se repelen cuando son apretadas una contra la otra”.

Para Feynman, uno puede ir desenvolviendo esta simple frase para revelar absolutamente todas las leyes de la física. La primera parte de su enunciado te explica de qué está hecho todo en el Universo (átomos); la segunda parte (su movimiento) te abre la puerta a la electricidad, la energía de vapor, la ciencia para volar, y otras miles de cosas. La tercera parte (cómo los átomos interactúan entre ellos) te permite entender toda la química y la biología (creación de moléculas, proteínas, todo tipo de materiales, etcétera).



Ahora bien, ni mis amigos ni yo somos físicos, ni somos expertos en la estructura básica del universo, ni tampoco somos ganadores de un premio Nobel. Pero aún así decidimos entrarle al quite y dejar nuestras frases para la posteridad. 

Empiezo yo: La mayoría de las enfermedades son causadas por seres microscópicos que podemos combatir con toda clase de medicamentos.

Daniel Morales (biotecnólogo): Puedes conocer la causa de todo fenómeno por medio de observación y manipulación cuidadosa.

Luisa Cantú (periodista): El patriarcado y el capitalismo sólo causan muerte y destrucción.

Deborah Martinez (Investigadora): Todos estamos conformados por células y cada una de ellas tiene nuestro código genético. Revisen eso.

Fernanda Kuri (consultora de imagen): ¡Dios no existe!

Gaby Berardi (rockstar): No existe el conocimiento absoluto: siempre hay una siguiente interrogante.

Angel de la Rosa (financiero): C16H18N2O4S (esto se llama “penicilina”: ¡Úsenla!)

David Guajardo Ruz (poeta): Maussan tenía razón.

¿Podrá recuperarse la humanidad con alguna de estas instrucciones? ¡Puede ser! Por lo tanto, mientras navegamos por estos tiempos turbulentos, tomen este mismo ejercicio como oportunidad para divertirse de manera perversa con sus amigos. ¿Cuál es el enunciado que tú transmitirías a la próxima generación que contenga la mayor cantidad de información en la menor cantidad de palabras? ¡Pónganse truchas porque parece que nos queda poco tiempo! 

8/4/24

HABITUARSE AL HORROR

Nos hemos habituado a los peores excesos de nuestra clase política, a sus mentiras, a sus “otros datos”, a su opacidad, y a su tergiversación de la ley. 


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú



Hay una máxima que define perfectamente a la condición humana: “A todo se acostumbra uno”. Esta pizca de sabiduría popular se aplica en lo general a situaciones de la vida cotidiana. Por ejemplo, aquí en la CDMX uno se acostumbra a vivir entre basura, contingencias ambientales, banquetas desmadradas, servicios públicos deficientes, y el silbido asesino de los vendedores de camotes a quienes –como diría Don Carmelo en Los Olvidados– “¡ojalá los mataran a todos antes de nacer!”. Estoy divagando…

De acuerdo con la neurocientífica Tali Sharon (University College London y MIT), la razón subyacente que explica lo anterior “es una característica biológica fundamental de nuestro cerebro: la habituación”; o dicho de otra manera, “nuestra tendencia a responder cada vez menos a cosas que son constantes o que cambian lentamente.” 

Sin embargo, como indica en un reciente artículo en The New York Times (en coautoría con Cass R. Sunstein, profesor de derecho en Harvard), el problema de esta habituación es que puede aplicarse a prácticamente todo, incluido los peores crímenes y abusos en nuestra sociedad. Según los autores, ”las personas se habitúan a las mentiras y a la deshonestidad. Las personas se pueden habituar a la crueldad. Las personas se pueden habituarse al horror”. 

La clave de esta habituación está en el proverbial “incremento gradual”: todos reaccionamos ante los cambios bruscos en nuestra rutina o cotidianidad; pero todos podemos habituarnos a las cosas cuando cambian de manera escalonada.

Si lo llevamos a la esfera pública, esta habituación se percibe en la tolerancia que hemos desarrollado hacia los peores abusos de nuestros políticos; siempre y cuando cada una de sus ilegalidades, cada mentira y cada crímen sea sólo un poquito peor que el anterior. 

Esto nos suena muy familiar en México porque es nuestro pan de cada día. Nos hemos habituado a los peores excesos de nuestra clase política, a sus mentiras, a sus “otros datos”, a su opacidad, y a su tergiversación de la ley. 

Pero esto no es una característica única de los mexicanos. En todo el mundo observamos cómo la sociedad es víctima de esta habituación política. En Estados Unidos, la actitud errática de Donald Trump pasó de ser una novedad macabra a un mal chiste, y ahora está nuevamente en el primer lugar de las preferencias electorales. En Rusia, Vladimir Putin poco a poco fue cincelando las libertades de su país y ahora todos los aspectos de la vida pública se encuentran bajo su tiranía. Algo similar ocurrió en Venezuela, donde un abuso tras otro del régimen chavista fue creando una de las peores crisis humanitarias del mundo; o en Hungría, donde su sistema democrático se fue gradualmente erosionando hasta convertirse en el arquetipo de un gobierno antiliberal. Los ejemplos son incontables…

Lo importante aquí es reconocer –como indican Sharon y Sunstein– que estas degeneraciones nunca suceden súbitamente. En todos estos procesos hay cientos o miles de pasos, muchas veces imperceptibles o apenas perceptibles, que van “preparándote para que no te escandalice el siguiente paso”.

La buena noticia es que no todo está perdido. Los mismos autores indican que en todas las sociedades existen personas consideradas “emprendedores de la deshabituación”. Aquellas “que no se han acostumbrado a los males de su sociedad; que ven a la maldad como lo que realmente es y la denuncian para causar una deshabituación en los demás.” Los casos más famosos son conocidos por todos: Alexei Navalni, Malala Yousafzai, Rosa Parks, Gloria Steinem, Nelson Mandela…

Aquí en México hemos caído en una espiral de cinismo que ha vaciado nuestra cantera de “emprendedores de la deshabituación”. Es por esto que debemos siempre encumbrar y celebrar a todos aquellos que en contra de su bienestar personal, económico o físico hacen lo posible por recordarnos que los crímenes y abusos de nuestros políticos jamás deben tolerarse. Son ellos los que nos recuerdan que no podemos acostumbrarnos a vivir en un muladar y que nunca -¡nunca!- debemos de habituarnos a nuestro horror cotidiano. ¡Salud, ahí!

25/3/24

LAS CRISIS INVISIBLES

El año 2023 registró 183 conflictos en el mundo: la cifra más alta en los últimos 30 años.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú



Los seguidores de esta columna sabrán que llevo un rato obsesionado con descubrir por qué los tiempos actuales son particularmente caóticos e inestables. Hasta ahora he establecido tres razones: que todas nuestras vidas (y por ende la historia humana) están determinadas por eventos arbitrarios (“flukes”); que entre más interconectado el mundo, mayor la inestabilidad que causan los flukes; y que a mayor inestabilidad mayor el incremento de los conflictos internos y externos de los países.

Hoy quiero profundizar en la gravedad de este último punto: ¿Qué tan grave es el incremento del conflicto a nivel global? Para responder esto, recurriremos a un reciente texto del periodista David Wallace-Wells en The New York Times, donde se nos presenta un rompecabezas global sumamente complejo y dantesco. 

La primera pieza es terrorífica: de acuerdo con el Armed Conflict Survey que publica el International Institute for Strategic Studies, el año 2023 registró ¡183 conflictos en el mundo!, la cifra más alta en los últimos 30 años. De estos 183 conflictos conocemos los más famosos (mejor dicho, infames): la guerra en Ucrania y en Palestina. Pero Wallace-Wells indica que estos son apenas el inicio de nuestros problemas. 

Sumado a esto, el Uppsala Conflict Data Program (proyecto sueco que ha recopilado datos sobre conflictos por casi 40 años) indica que las muertes por las guerras ascendieron a 238,000 en 2022, casi el doble que las del 2021 y un incremento de más de seis veces desde 2011; la violencia no-estatal (entre grupos armados no gubernamentales, como pandillas o el narco) se ha más que triplicado desde 2007; y la violencia del gobierno contra civiles se ha más que duplicado desde 2009.

Lo que estas cifras demuestran es que más allá de Gaza o Donetsk, el mundo entero se está carcomiendo por la violencia. Sin embargo, muchos de estos conflictos rara vez entran en los ciclos noticiosos, opacados por las guerras más “vistosas” y conocidas.

Basta con poner la vista en la región del Sahel en África, donde hoy existe un “cinturón de golpes de estados”. Seis países entre el Atlántico y el Mar Rojo que han sufrido 11 intentos de derrocamientos en apenas los últimos cuatro años; ocho de los cuales fueron exitosos (Guinea, Burkina Faso x2, Chad, Níger, Mali x2 y Sudán). 

No tenemos que salir del Sahel para encontrar en Sudán la mayor crisis humanitaria del planeta (“pesadilla humanitaria” lo llama la ONU), donde una guerra civil ha cobrado la vida a más de 10,000 de individuos y desplazado a casi ocho millones. Cerca de ahí, en la República Democrática del Congo, casi siete millones de civiles han abandonado sus hogares por un conflicto civil interminable. En Etiopía, la guerra interna de los últimos años dejó como herencia más de 600,000 personas muertas. En la República Centroafricana se estima que el 6% de la población pudo haber muerto por violencia interna. Hacia el este, el conflicto en Yemen ha cobrado casi 250,000 vidas y otros 20 millones de civiles están en necesidad urgente de ayuda humanitaria.

Todas estas crisis representan tragedias invisibles que suelen no generar titulares. Y no se trata aquí de comparar tragedias o determinar cuál merece más atención; sino de comenzar a ver el mundo con nuevos ojos y reconocer que -en efecto- estamos viviendo una era extremadamente violenta.

¿Se puede hacer algo al respecto? De hecho sí, pero es improbable. Porque según Wallace-Wells uno de los factores que más exacerba estos conflictos es el calentamiento global; evento que -según predicciones- continuará empeorando por muchos años.

Esto nos deja con una ecuación más compleja: si los flukes y la interconexión global son la base de muchos conflictos globales, debemos agregar entonces un multiplicador: la escasez de recursos, la incapacidad de adaptación a un clima cambiante y la fragilidad institucional en grandes regiones subdesarrolladas. 

Todas estas crisis suman a la inestabilidad y al caos que vemos hoy a nivel mundial: crisis que por más invisibles que sean para nosotros, no dejan de ser reales.

11/3/24

ABRAZAR EL CAOS

El mundo está lleno de agentes del caos que saben explotar los puntos débiles de la civilización y causar eventos de disrupción masiva.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Si leyeron mi columna pasada, recordarán que estamos viviendo actualmente en una era particularmente caótica. Para el académico Brian Klaas, esto se debe a dos factores fundamentales: a que nuestras vidas -y por ende la historia humana- están regidas por los “flukes” (acontecimientos pequeños, accidentales y aparentemente arbitrarios que moldean nuestro actuar diario); y a que entre mayor interconexión global (financiera, económica, política, cultural…), mayores los efectos de estos flukes. Hasta aquí, sin novedades.

Pero creo que debemos agregar una nueva capa igual o más preocupante a este modelo: estamos viviendo también en una época particularmente conflictiva.

De acuerdo con la más reciente publicación del Global Peace Index (del Institute for Economics and Peace), el mundo ha visto un deterioro constante en los niveles de paz en 13 de los últimos 15 años. En 79 países del mundo los índices de paz han empeorado y el número de muertes por todos los conflictos casi se duplicó en 2022 comparado con el año anterior. Cabe decir que este reporte no considera la actual guerra entre Israel y Hamas, por lo que podemos esperar peores números para la siguiente edición.

Bien sentencia el analista Fareed Zakaria en una columna para CNN: “el conflicto es la nueva normalidad”. Y un gran error que podemos cometer es tratar a cada uno de estos conflictos como si fueran aislados y excepcionales, “con la esperanza de que la normalidad regrese una vez que se hayan solucionado”. 

Porque como hemos establecido, en este mundo cada vez más globalizado e interconectado, el impacto de una crisis se magnifica, y cualquier conflicto tendrá el potencial de desestabilizar a regiones o continentes enteros. Algunos dirán que esto no es nuevo, que el asesinato del Archiduke Francisco Fernando o la invasión alemana a Polonia también fueron factores que desataron conflictos globales. Y sí, quien sea de ustedes que haya dicho esto no estará faltando a la verdad.



Pero quiero hacer énfasis en que hoy cualquier conflicto puede convertirse en algo inmensamente disruptivo. Un ejemplo es la actual guerra en la Franja de Gaza. Desde el nacimiento de Israel en 1948 hemos visto como palestinos e israelíes se agarran a madrazos, pero nunca antes un asunto tan local había tenido el potencial de convertirse en una guerra regional o incluso mundial. Falta que se agregue un solo grano más al proverbial montón de arena (digamos, el involucramiento de Irán) para causar una avalancha de proporciones globales. Éste sería un verdadero fluke que tenga consecuencias inimaginables. 

¿Cuál es la principal diferencia entre el actual conflicto en Palestina y los anteriores? Ya lo hemos mencionado, pero lo repito sin bronca: hoy el mundo -incluyendo el Medio Oriente- está mucho más integrado que antes; y entre más interconectada se encuentra la civilización humana, mayor será la inestabilidad que cualquier “error”  o imprevisto puede causar.

Ya hemos visto cómo los flukes pueden causar pandemias globales, caos en el comercio mundial, implosiones en los mercados financieros y la desestabilización interna en los países. Así que no me parece ilógico decir que a mayor número de conexiones, mayor número de conflictos y mayor los efectos de estos conflictos.

Claramente la globalización y la integración son sumamente positivas, y como ejemplo está la Unión Europea, que ha evitado una guerra entre sus países miembros durante casi 80 años. El peligro aquí es que el mundo está lleno de agentes del caos que saben explotar los puntos más débiles de estas cadenas de relaciones y causar eventos de disrupción masiva.

Así que tenemos tres variables explosivas: que la historia humana es esclava de los “flukes”; que entre más interconectados mayores los efectos de estos flukes; y que “el conflicto es la nueva normalidad”. Viendo al mundo desde esta perspectiva, debemos entonces abrazar el caos y prepararnos para vivir en un planeta cada vez más inestable, impredecible y violento. ¡Agárrense!

26/2/24

LA ERA DEL CISNE NEGRO

Hoy más que nunca debemos estar preparados para enfrentar la complejidad y el caos que conlleva vivir en la Era del Cisne Negro.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú




¿Nos estamos volviendo locos o en realidad estamos viviendo en una era particularmente inestable? La pregunta no es ociosa. En los últimos años el mundo parece haber entrado en un periodo de crisis perpetua, donde cada vez más seguido nos enfrentamos a eventos desestabilizadores de proporciones globales. 

Para el autor y académico Brian Klaas, la respuesta a la segunda parte de la pregunta inicial sería un rotundo “sí”. Claro que estamos viviendo en una época más turbulenta que antes; y la razón de esto –dice Klaas– es relativamente sencilla: entre más avanzamos como civilización, más nos interconectamos en términos comerciales, financieros, políticos, culturales y sociales. Esto significa que cualquier error o problema en alguna parte de esta larga cadena, invariablemente repercutirá en el resto. 


Para entender este proceso, Klaas se remite a la teoría del caos. ¿Qué es exactamente esta “teoría del caos”? Es una manera de explicar cómo cualquier cambio –por minúsculo que sea– en alguna variable de un modelo puede tener consecuencias enormes. Esto se utiliza generalmente en las ciencias exactas (principalmente en el estudio de los sistemas dinámicos), pero también puede ser utilizado para entender cómo se transforman las sociedades y la historia humana.

Porque como bien indica Klaas, basta revisar cualquier evento histórico para darnos cuenta de cómo todos somos al final del día esclavos “de acontecimientos pequeños, aparentemente arbitrarios o accidentales”. Son estos eventos fortuitos (Klaas los llama “flukes”) los que causan los cambios históricos.

Piénsalo un momento: hace 100 años eran contados los hechos que podrían tener repercusiones globales (la Revolución Rusa me viene a la mente). Pero hoy prácticamente cualquier “fluke” puede desestabilizar la vida como la conocemos: un barco se queda atorado en el Canal de Suez y el comercio global se desmadra por semanas; un comerciante en Túnez se prende fuego como protesta y durante años el Medio Oriente entra en caos; un pelado en Wuhan se come un taco de pangolín y da inicio a una pandemia que cobra la vida de 7 millones de personas.

Lo más preocupante es que este tipo de shocks parecen estar acelerándose. Porque si algo caracteriza a nuestra civilización es precisamente esa carrera por optimizarnos e interconectarnos cada vez más. Estos facilita el surgimiento de los “cisnes negros” (back swan events), que son eventos con consecuencias que nadie puede prever. Y entre más avancemos tecnológicamente (con la inteligencia artificial, etcétera), más aumentará nuestra vulnerabilidad a estos cisnes negros.

Para entender nuestra situación actual, Klaas usa como analogía el modelo “del montón de arena” (sandpile model) utilizado en una disciplina de la física conocida como “criticidad autoorganizada”. Lo que propone este modelo es que si vas sumando granos de arena uno por uno a un montón, eventualmente esa montaña llegará a un estado de criticidad, donde un sólo grano más causará una avalancha. “El problema con nuestra civilización es que está diseñada para empujar a ese montón de arena hasta su límite”, indica Klaas, haciendo que cualquier error pueda producir efectos impensables de magnitudes devastadoras.

Sumado a todos los peligros mencionados, yo quisiera agregar uno más: el aumento de regímenes autoritarios. Todos sabemos que los humanos por naturaleza requerimos de predictibilidad, rutinas y patrones, pero nuestra era actual es incapaz de proporcionarnos estabilidad. Y entre mayor sea la inestabilidad e incertidumbre a causa de estos cisnes negros, mayor será la tentación de elegir a líderes que nos prometen una ilusión de orden y certeza a cambio de nuestra libertad.

Ninguno de estos argumentos tiene el propósito de desincentivar el progreso tecnológico. Pero si queremos disfrutar las bondades de la tecnología, de la interconexión y del progreso, entonces no podemos cegarnos a las consecuencias. Hoy más que nunca debemos estar preparados para enfrentar la complejidad y el caos que conlleva vivir en la Era del Cisne Negro.

12/2/24

LOS TIEMPOS DE BABEL

Cuando las personas pierden confianza en las instituciones, pierden confianza en las historias que cuentan estas instituciones.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú




Hace tiempo platicaba con mi jefe, amigo ¡y sociólogo! Gabriel Díaz Rivera sobre la escurridiza naturaleza de la Verdad (así, con mayúscula). Digo escurridiza porque todos recordamos tiempos cuando -aunque no reinaba la cordura- existían ciertos parámetros comunes para la discusión, la reflexión y la argumentación. Hoy –por el contrario– vivimos inmersos en teorías de conspiración, fake news, “otros datos” y toda clase de desinformación. ¿Cómo llegamos a este punto? ¿Y podemos hablar realmente de “la Verdad” en la sociedad actual?

Para el psicólogo social Jonathan Haidt, vivimos un momento similar a lo ocurrido tras el derrumbe de la proverbial Torre de Babel: “desorientados, incapaces de hablar el mismo lenguaje o reconocer la misma verdad”. Y en The Atlantic señala a un culpable de esto por encima de todos los demás: las redes sociales.

Haidt apunta que los científicos sociales han determinado que se requieren tres factores para sostener a cualquier democracia funcional: 1) capital social; o extensas redes en la sociedad que generen confianza; 2) instituciones fuertes y; 3) historias compartidas. “Las redes sociales”, sentencia Haidt, “han debilitado a estos tres pilares”.

El annus horribilis en esta historia es el 2009, cuando Facebook introdujo la opción de “Like” y Twitter de “Retweet” (en 2012, Facebook se copiará con su botón de “Share”). A partir de entonces, las redes sociales dejaron de ser los espacios cerrados donde mantenías relaciones con un número limitado de amigos. Ahora podías compartir información con millones de personas, y cualquiera de tus posteos podía viralizarse y hacerte famoso (o infame) por unos instantes. 

Esto, dice Haidt, llevó a que millones de personas comenzaran a realizar performances, buscando siempre el mayor impacto y haciendo de sus “puestas en escena” una marca personal. Rápidamente las redes sociales se convirtieron en lugares más histriónicos y menos honestos. 

Si esto era un problema, todo empeora en 2013. Con ligeros cambios en los algoritmos, Facebook y Twitter comenzaron a “recomendar” el contenido que más interacciones generaba entre los usuarios; y obviamente este contenido fue aquel que causaba emociones polarizantes, como el enojo, el desprecio o la ira.

Por más de 10 años hemos vivido en este mundo: uno donde millones de usuarios buscan llamar la atención con contenidos impactantes, sesgados y mentirosos. Lo importante no es comunicar la verdad, sino generar interacciones.  Sumen a esto la agresividad que conlleva el anonimato digital; la hordas de “policías de la moralidad” que censuran cualquier opinión impopular; la creación de cajas de resonancias, silos de información y tribus ideológicas; y el torrente constante de desinformación. El resultado de todo esto es predecible: la fragmentación total de la realidad.

Al final, dice Haidt, “cuando las personas pierden confianza en las instituciones, pierden confianza en las historias que cuentan estas instituciones”. Si antes la sociedad se podía mirar y verse reflejada (a grandes rasgos) en un mismo espejo común, ahora el espejo está roto y cada quién elige en qué esquirla reflejarse. 

¿Podemos volver a un mundo anterior al 2013 o 2009? Por ahora no. Recuperar la fuerza de nuestro “sistema operativo epistemológico” social (Jonathan Rauch dixit) requiere transformar de raíz a las redes sociales; transformar a las instituciones políticas para que nuevamente generen confianza; regenerar la confianza en los expertos, en el pensamiento racional y en la evidencia; hacer a los medios de comunicación serios y profesionales un espejo común donde la sociedad pueda informarse. 

Todo esto tomará mucho tiempo. Pero de no avanzar en cualquiera de los factores anteriores sólo nos alejará más de cualquier tipo de “Verdad” compartida: donde todos hablemos un mismo idioma basado -mínimamente- en la racionalidad. Hoy nos queda aceptar que vivimos en los tiempos de Babel, y construir nuevamente una torre común será, por decir lo menos, una tarea de proporciones bíblicas.



29/1/24

UN VOTO PARA NO VOTAR NUNCA MÁS

Miles de millones de personas saldrán a votar, pero es posible que lo hagan para nunca volver a votar nuevamente.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Ahora sí: ¡Agárrense que el 2024 viene recio para la democracia! Este dato seguro ya lo saben, porque diversos columnistas (incluido yo) han escrito sobre el tema. Pero aún así recordemos el tamaño de este animalón: un año repleto de elecciones que involucran a más de 60 países y a más de 4,000 millones de pelados. Como dirían los sabios del INE: ¡Una verdadera fiesta democrática!


Si fuera un año normal, cualquiera consideraría esto como el triunfo máximo del sistema democrático. Pero el 2024 no es un año normal y la era que transitamos nos impide cualquier tipo de celebración. 

La razón es sencilla: en un gran número de países, los votantes podrían terminar eligiendo a líderes con tendencias autoritarias, los cuáles darían el tiro de gracia a los mismos sistemas democráticos que los llevaron al poder. 

Pero esto viene cocinándose desde hace tiempo. De acuerdo con Freedom House la salud de las democracias y las libertades a nivel global han disminuído por decimoséptimo año consecutivo. Por su parte, el Instituto Internacional para la Democracia y Asistencia Electoral, con sede en Suecia, apuntó en su informe anual que “en todas las regiones del mundo, la democracia sigue contrayéndose” y que el 2022 (el más reciente de su análisis) marcó el sexto año consecutivo en el que países vieron más retrocesos democráticos que mejoras.



¿Qué podemos esperar para el 2024? Pues hasta ahora las cosas van regular. La primera elección del año fue en Bangladesh (07 de enero), resultando en un quinto periodo de gobierno para la Primer Ministra Sheikh Hasina. Naturalmente, diversos analistas hablan ya de un país cooptado por un “partido de Estado”. 

Luego vimos la elección en Taiwán (13 de enero) que dio la victoria a Lai Ching-te, el actual vicepresidente de la isla. Aquí la buena noticia es que Lai es abiertamente odiado por China debido a su ideología liberal; la mala es que su triunfo incrementa la posibilidad de un conflicto armado con Beijing. ¡Whoops!

Otras elecciones no auguran nada bueno para la salud del sistema democrático: sólo 5 de las 15 elecciones para elegir presidente o primer ministro en el continente africano se darán en países considerados como “libres” por Freedom House (Botswana, Ghana, Mauritius, Namibia y Sudáfrica), el resto se darán en ambientes de libertades reducidas o inexistentes. 

Luego tenemos otra camada de países donde los resultados están prácticamente garantizados: Rusia (15 de marzo), Venezuela (finales del 2024), El Salvador (04 de febrero) y la India (abril-mayo). Aquí tampoco hay buenas noticias: Vladimir Putin y Nicolás Maduro seguramente recurrirán a toda clase de chicanadas o abierta represión para perpetuarse en el poder; Nayib Bukele es muy popular, sin duda, pero sus cambios a la constitución para reelegirse dejan un terrible sabor de boca para el futuro institucional de su país; y Narendra Modi podría sepultar la tradición democrática, pluralista y multiétnica de la india, convirtiendo a la democracia más grande del mundo en un estado etnonacionalista.

Obviamente la joya de la corona es la elección de Estados Unidos, la cual -como ya les comenté previamente- enfrentará una auténtica amenaza fascista en Donald Trump (ver “Trump: Fascista”; Vértigo #1187). Una victoria de Trump causaría toda clase de cismas y rupturas en el orden democrático y liberal, algo que podría tardar décadas en rectificarse.

Y claro, tenemos a México, donde nuestros compañeros de Vox (el medio, no el partido racista español) han dado un 90% de probabilidad a una victoria de Claudia Sheinbaum. ¡Ni hablar!

Vivimos en tiempos peligrosos, donde el mundo se está embarcando en un año crítico para el futuro de la democracia liberal. Miles de millones de personas saldrán a votar, pero es posible que lo hagan para nunca volver a votar nuevamente. La pregunta clave que debemos preguntarnos es: ¿Será el año “más democrático” en la historia el mismo que destruya a la democracia? ¡Agárrense, porque esto es de pronóstico reservado!

15/1/24

CINCO LUCES EN EL ABISMO (EDICIÓN 2023)

Vamos con las buenas noticias que nos podrán ayudar a sobrevivir a este año que apenas comienza


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú




Empecemos con la tradicional frase de esta serie titulada Cinco Luces en el Abismo: “Si están leyendo estas líneas sólo significa una cosa: ¡Lograron sobrevivir al 2023!”

Y es que entre la interminable guerra en Ucrania; el nuevo conflicto en Palestina; la rebelión de las orcas en Gibraltar; el desastre climático que nos trajo el azote de Otis; pero también el año más caluroso registrado y los mayores incendios en numerosos países… ¡Simplemente no hubo tregua!

Pero hoy lo importante es tomar un respiro y reconocer que no todo fue una catástrofe. De hecho, al poner atención, descubrimos destellos en la oscuridad que demuestran cómo la humanidad no está perdida. Así que vamos con las buenas noticias que nos podrán ayudar a sobrevivir a este año que apenas comienza:

1. Modificación genética. El 2023 será recordado como el año donde la humanidad comenzó a manipular la genética con objetivos médicos. Esta primera terapia basada en la tecnología de CRISPR está enfocada en corregir la anemia falciforme y corregir los trastornos genéticos que afectan a los glóbulos rojos. Este tratamiento ya fue aprobado por el Reino Unido y Estados Unidos, lo que prácticamente asegura un futuro en el cual podríamos volvernos inmunes a cualquier enfermedad degenerativa. ¡Aplausos!

2. En búsqueda de la materia perdida. El 1 de julio, la nave espacial Euclid de la Agencia Espacial Europea despegó desde Florida con la misión de responder a dos de los misterios más grandes del Cosmos: ¿Qué fregados son la materia oscura y la energía oscura? Para comprender lo importante de esta aventura cósmica, debemos recordar que absolutamente toda la materia y energía que nos rodea, desde nuestro planeta hasta las galaxias más distantes, representa sólo el 5% de todo aquello que existe en el Universo; el 95% restante es precisamente esa energía o materia oscura de la cual no sabemos nada. ¿Interesante? ¡De sobra!

3. A la Luna, Marte y el más allá. Ya que andamos en temas espaciales, el 2023 también marcó las primeras pruebas del megacohete y nave espacial Starship. Construido por la empresa SpaceX de Elon Musk, el Starship será el cohete que regresará a la humanidad a la Luna en 2025 (si todo sale bien) con la misión Artemis III. No sólo eso, ya que el mismísimo Musk dijo hace unos meses que la primera misión a Marte en un Starship podría realizarse en cuatro o cinco años. ¡Agárrense!

4. El fin oficial del covid-19. Seguro ni se acuerdan, pero existe todavía un virus que causa la covid-19 y durante el 2023 siguió cobrando numerosas vidas (50,000 sólo en Estados Unidos) incrementando la cifra de muertes a cerca de 7 millones desde su aparición en 2019. Pero la buena noticia es que el 5 de mayo del año pasado, la Organización Mundial de la Salud declaró -ahora sí- que el covid-19 ya no constituye una emergencia de salud pública de importancia internacional. ¡Salud, raza!

5. Primer mapa completo de un cerebro. Otra cosa fascinante fue que por primera vez logramos crear un mapa de todas las conexiones de un cerebro complejo. Claro, se trata del cerebro de una mosca, que para muchos no será muy emocionante. Pero no se equivoquen: este trabajo tomó más de cinco años de chamba y reveló que un cerebro tan simple como el de una mosca contiene más de 3,000 neuronas y más de medio millón de conexiones entre ellas. Este mapa cerebral es el primer paso para construir un mapa del cerebro humano (millones de veces más complejo) y comprender así cómo se desarrollan diversas enfermedades neurológicas. ¡Pero hay más! Porque la arquitectura neural también tiene aplicaciones en la inteligencia artificial y modelos de aprendizaje automático. ¡Ay goey!

Ahí lo tienen: cinco luces que demuestran que incluso en un año tan complejo y turbulento, la humanidad siguió avanzando a pasos agigantados. Yo no sé qué nos depara en este 2024, pero les aseguro que incluso en los abismos más oscuros, uno puede encontrar siempre la luz del progreso. ¡Feliz año nuevo! Y como dijo Echeverría: ¡Arriba y adelante!

18/12/23

TRUMP: FASCISTA

Nuestro problema es que tras años de hipérboles y exageraciones, el concepto de “fascista” ha perdido prácticamente toda su fuerza.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

En mi columna pasada les compartí mi docta opinión sobre cómo “genocidio” y “fascismo” han sido conceptos tan manoseados por analistas, pseudoanalistas y simples idiotas, que han perdido su intensidad y poder. Señalar esto no era simple pedantería o mamonería, ya que usar indiscriminadamente las palabras nos evita explotar su verdadera fuerza cuando estemos frente a una amenaza real.

Pues hoy estamos frente a una amenaza real y –gracias a todos los babosos catastrofistas que abusaron del lenguaje– nos encontramos sin municiones para combatirla. ¡Gran trabajo!

Me refiero a Donald Trump. Desde que inició su campaña en 2015 muchos se volcaron a calificarlo de fascista. Como presidente las cosas no mejoraron: que si quiso prohibir la entrada de inmigrantes: fascista. Que si fue amigo de Vladimir Putin y Kim Jong-un: fasicta. Que no condenó el racismo de sus seguidores: fascista. Que no detuvo a sus huestes cuando atacaron al Capitolio: fascita. 

Pero Trump no era fascista. ¿Un loco narcisista? ¡Seguro! ¿Desequilibrado mental? ¡Sin duda! ¿Con tendencias autoritarias? ¡Indudable! Pero hoy las cosas han cambiado. Desde que perdió la elección en el 2020, su comportamiento ha mutado para -ahora sí- considerarse cercano al fascismo.




Volvamos rápidamente a la descripción que hace el académico Tom Nichols para ver cómo sale librado Trump: [el fascismo] eleva al Estado sobre el individuo y establece un culto de personalidad alrededor de un líder carismático; glorifica el hipernacionalismo, el racismo y el poder militar; detesta al liberalismo democrático; utiliza los agravios históricos para atizar la lealtad al régimen; afirma que toda la actividad pública debe servir al régimen, que todo el poder debe concentrarse en el gran líder y que sólo el partido oficial puede ejercer dicho poder.

1. Eleva al Estado sobre el individuo y establece un culto de personalidad. Veredicto: ¡Altamente fascista! Hoy Trump es líder de un movimiento que parece secta fundamentalista. Todo se le perdona al gran líder, incluso su autoritarismo y sus tentativos crímenes. Se espera que use la maquinaria del Estado para perseguir a sus enemigos políticos y convertirse “en la venganza” de sus seguidores.

2. Glorifica el hipernacionalismo, el racismo y el poder militar. Veredicto: ¡Peligrosamente fascita! Trump dice representar al verdadero Estados Unidos en contraposición de los “marxistas” y “radicales” que buscan destruirlo. Ha coqueteado con el antisemitismo; y busca abusar del ejército, incluso amenazando con utilizarlo contra sus opositores.

3. Detesta al liberalismo democrático. Veredicto: ¡Claramente fascista! Rechazar los resultados electorales y descarrilar la transición pacífica del poder es evidencia suficiente.

4. Utiliza agravios históricos para atizar la lealtad. Veredicto: ¡Bastante fascista! Gran parte de su discurso se basa en la supuesta erosión de los valores tradicionales, religiosos y familiares; y los supuestos agravios contra la población blanca.

5. Toda actividad pública debe servir al régimen, todo el poder debe concentrarse en el gran líder y sólo el partido oficial puede ejercer el poder: Veredicto: ¡Algo fascista! Hasta ahora, Trump no ha promovido un régimen donde todo el poder sea ostentado por él mismo, pero sí busca dinamitar cualquier contrapeso e incluso ha dicho que abusará del poder para perseguir a sus enemigos. Ha clasificado a sus opositores como “parásitos” (recuerden el genocidio de Rwanda) y considera al partido Demócrata como una aberración de corruptos, pedófilos y marxistas.

Todo está bastante claro, pero nuestro problema es que tras años de hipérboles y exageraciones, el concepto de “fascista” ha perdido prácticamente toda su fuerza. Hoy nadie se inmuta frente a las locuras de Trump, pero su amenaza es más real que nunca y sus probabilidades de ganar en 2024 son altísimas. 

Recuerden que después de mentir y exagerar, Pedrito gritó una última vez: “¡Ahí viene el lobo!”... antes de ser devorado.

4/12/23

GENOCIDIOS LINGÜÍSTICOS Y FASCISMOS IDIOMÁTICOS

Utilizar indiscriminadamente las palabras reduce su fuerza y distorsiona nuestra comprensión de la realidad. 


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Algo fascinante sobre el lenguaje es su constante evolución. Pero nos guste o no,  debemos aceptar que existen ciertos conceptos que tienen una definición histórica o jurídica que es inmutable y que no podemos modificar a nuestro antojo.

Dos de estos conceptos son “fascismo” y “genocidio”, hoy magullados tanto por la izquierda como por la derecha;  por chairos y fifís; por gordos y flacos. Entender y utilizar de manera correcta estos términos no es cuestión de mamonería lingüística, sino fundamental para entender de forma correcta el mundo en el que vivimos y evitar consecuencias nefastas. Pero vámonos por partes.
 
Empecemos con “fascismo”. El fascismo es un modelo político creado por Benito Mussolini, el cual -dice el académico Tom Nichols- contiene una ideología “holística” con características particulares: eleva al Estado sobre el individuo y establece un culto de personalidad alrededor de un líder carismático; glorifica el hipernacionalismo, el racismo y el poder militar; detesta al liberalismo democrático; y utiliza los agravios históricos para atizar la lealtad al régimen. Un fascista afirma que toda la actividad pública debe servir al régimen, que todo el poder debe concentrarse en el gran líder y que sólo el partido oficial puede ejercer dicho poder.

Basado en esta definición resulta absurdo -como ocurre ahora- calificar de “fascista” a cualquier régimen autoritario, y más irracional aún aplicar este término a los actos represivos de un gobierno. Si queremos hablar de regímenes autoritarios o represivos tenemos palabras para describirlos. ¿Adivinen cuáles? ¡Claro! ¡”Autoritarios” y “represivos”! Nada tenemos que hacer invocando al espectro del fascismo.



Sigamos con “genocidio”. De acuerdo con la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948, un acto genocida implica una serie de acciones intencionadas para destruir total o parcialmente a un grupo étnico, racial o religioso: a) Matar a sus integrantes; b) Lesionar gravemente su integridad física o mental; c) Someterlos intencionalmente a condiciones que lleven a su destrucción; d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos; e) Traslado de niños fuera del grupo.

¿Podemos definir -como millones lo hacen hoy- las acciones de Israel en Gaza como “genocidio”? La respuesta es un rotundo ¡No! Claro que podemos hablar de crímenes de guerra, de desplazamiento forzado y de un absoluto y criminal valemadrismo por la precisión de los misiles israelíes. Pero como dice la misma ONU, para que algo sea genocidio, debe haber una “intención demostrada (dolus specialis) para destruir a una población.” ¿Existe una intención real y demostrada por parte de Israel para exterminar al pueblo palestino? ¡Por supuesto que no! Y me parecería raro que un régimen genocida acepte un alto al fuego y pausas humanitarias si su intención es la exterminación total de un pueblo.

Pero como les comentaba antes, esto no es un ejercicio pretencioso ni sangrón. Porque utilizar indiscriminadamente las palabras reduce su fuerza y distorsiona nuestra comprensión de la realidad. Peor aún, esta sobrerreacción con el lenguaje reduce el impacto que las palabras podrían  tener cuando verdaderamente las necesitamos

Dicho de otra manera, llamar “fascista” a cualquier político que nos caiga gordo reducirá el poder de este concepto cuando verdaderamente nos enfrentemos a personajes con tendencias fachas. De igual manera, clasificar de “genocidio” a cualquier guerra evitará que este término tenga la fuerza necesario cuando estemos ante un nuevo Rwanda, Srebrenica o Xinjiang.

Las palabras tienen un peso específico y para eso hemos inventando tantas. Pero cuando buscamos ser hiperbólicos o histéricos para llamar la atención, lo único que logramos es diluir la fuerza del lenguaje y dejarnos sin la artillería pesada cuando nos enfrentemos a una verdadera atrocidad.

Y si me van a llamar fascista por tener estas opiniones, entonces son parte del problema y merecen ser eliminados (¡Es broma!)

20/11/23

NUESTRO FUTURO TORMENTOSO

Debemos aceptar que con el imparable calentamiento de los océanos, Otis muy probablemente se convertirá pronto en la regla y no en la excepción.


Texto: Juan Pablo Delgado Cantú

A un mes de la destrucción de Acapulco, los responsables no han hecho más que salir con una sarta de letanías para excusarse y evadir responsabilidades. Revisen las declaraciones de cualquier funcionario de gobierno (local, estatal y federal) y verán que todos se han lavado las manos diciendo que el huracán Otis fue algo “sorpresivo” y “sin precedentes”, como si fuera un castigo divino o una catástrofe imprevista que nos golpeó por única y última vez. Nada podría ser más lejano a la realidad. 

Porque entre todo el ruido, no ha existido ningún político que salga a realizar un análisis serio de lo que un evento como Otis representa para el futuro de nuestro país. Porque aún cuando haya sido algo insólito -y lo fue, porque nunca antes una tormenta había pasado a categoría 5 en tan poco tiempo- es urgente aceptar que con el imparable calentamiento de los océanos, Otis muy probablemente se convertirá pronto en la regla y no en la excepción.

Claro, nunca faltan aquellos que aleguen que el cambio climático -por sí solo- no puede explicar el incremento en la intensidad de los desastres naturales. A esas opiniones yo les respondo diciendo: “no nos hagamos gueyes”. La correlación entre el incremento de las temperaturas globales y el incremento en la destrucción por fenómenos naturales es innegable. 

Para no perdernos en discusiones bizantinas, veamos lo ocurrido en el presente año: de acuerdo con un estudio publicado a inicios de noviembre por Climate Central, la humanidad acaba de vivir el período de 12 meses más caluroso “en al menos 125,000 años”. Por su parte, el Servicio de Cambio Climático Copernicus de la Unión Europea, informó que es “prácticamente seguro” que 2023 será el año más caluroso registrado.



¿Y cuáles son las consecuencias? Un 2023 repleto de catástrofes en la forma de incendios forestales sin precedentes en Canadá y Grecia (el más grande registrado por la UE); inundaciones devastadoras en Libia tras el colapso de dos presas; olas de calor inauditas en India, China y EE.UU, entre muchas otros desastres.

Y bueno, si siguen creyendo que esta evidencia es inconclusa, hablemos de algo más concreto: la lana. De acuerdo con datos de la NOAA en su estudio “Billion-Dollar Weather and Climate Disasters”, el número de desastres que generan costos superiores a los 1,000 millones de dólares se han incrementado de manera exponencial. Pelen los ojos y pongan mucha atención:

Entre 1980-1989 hubo 33 eventos que causaron daños superiores a los 1,000 millones de dólares (un promedio de 3.3 eventos por año), con un costo total de 214 mil millones de dólares. Para 1990-1999 el número se incrementó a 57 (5.7 por año) con un costo superior a los 327 mmdd. Ya en la década de 2000-2010 hubo 67 eventos (6.7 por año) con costos arriba de los 606 mmdd. Entre el 2010 y el 2019 hubo 131 eventos (13.1 por año), costando más de 971 mmdd. Si quieren considerar sólo los últimos cinco años (2018-2022), entonces tenemos 90 eventos (18 por año) con un costo superior a los 624 mil millones de dólares. 

Yo sé, disculpen… fueron muchos números. Pero para aquellos que no llevan la cuenta, el número de desastres naturales se incrementó en un 297% entre 1980 y 2019; y los costos de éstos subieron en un 353 por ciento. ¿Y qué otra cosa ha llegado a niveles máximos en el mismo tiempo? Claro… la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera.

Pero no hay que lamentarnos por lo que no podemos cambiar. Nos guste o no, esta es la nueva realidad a la que nos enfrentamos: un mundo azotado por fenómenos naturales cada vez más poderosos y costosos. Lo que resulta urgente es prepararnos para enfrentar a este nuevo mundo, algo que nuestros políticos han decidido ignorar o desestimar por completo. ¿Será por ignorancia, indolencia o valemadrismo? ¿O una combinación de las tres?

Sea como sea, Otis fue la primera advertencia de este nuevo futuro tormentoso; y lamentablemente, no estamos preparados para lo que se nos viene.