26/2/24

LA ERA DEL CISNE NEGRO

Hoy más que nunca debemos estar preparados para enfrentar la complejidad y el caos que conlleva vivir en la Era del Cisne Negro.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú




¿Nos estamos volviendo locos o en realidad estamos viviendo en una era particularmente inestable? La pregunta no es ociosa. En los últimos años el mundo parece haber entrado en un periodo de crisis perpetua, donde cada vez más seguido nos enfrentamos a eventos desestabilizadores de proporciones globales. 

Para el autor y académico Brian Klaas, la respuesta a la segunda parte de la pregunta inicial sería un rotundo “sí”. Claro que estamos viviendo en una época más turbulenta que antes; y la razón de esto –dice Klaas– es relativamente sencilla: entre más avanzamos como civilización, más nos interconectamos en términos comerciales, financieros, políticos, culturales y sociales. Esto significa que cualquier error o problema en alguna parte de esta larga cadena, invariablemente repercutirá en el resto. 


Para entender este proceso, Klaas se remite a la teoría del caos. ¿Qué es exactamente esta “teoría del caos”? Es una manera de explicar cómo cualquier cambio –por minúsculo que sea– en alguna variable de un modelo puede tener consecuencias enormes. Esto se utiliza generalmente en las ciencias exactas (principalmente en el estudio de los sistemas dinámicos), pero también puede ser utilizado para entender cómo se transforman las sociedades y la historia humana.

Porque como bien indica Klaas, basta revisar cualquier evento histórico para darnos cuenta de cómo todos somos al final del día esclavos “de acontecimientos pequeños, aparentemente arbitrarios o accidentales”. Son estos eventos fortuitos (Klaas los llama “flukes”) los que causan los cambios históricos.

Piénsalo un momento: hace 100 años eran contados los hechos que podrían tener repercusiones globales (la Revolución Rusa me viene a la mente). Pero hoy prácticamente cualquier “fluke” puede desestabilizar la vida como la conocemos: un barco se queda atorado en el Canal de Suez y el comercio global se desmadra por semanas; un comerciante en Túnez se prende fuego como protesta y durante años el Medio Oriente entra en caos; un pelado en Wuhan se come un taco de pangolín y da inicio a una pandemia que cobra la vida de 7 millones de personas.

Lo más preocupante es que este tipo de shocks parecen estar acelerándose. Porque si algo caracteriza a nuestra civilización es precisamente esa carrera por optimizarnos e interconectarnos cada vez más. Estos facilita el surgimiento de los “cisnes negros” (back swan events), que son eventos con consecuencias que nadie puede prever. Y entre más avancemos tecnológicamente (con la inteligencia artificial, etcétera), más aumentará nuestra vulnerabilidad a estos cisnes negros.

Para entender nuestra situación actual, Klaas usa como analogía el modelo “del montón de arena” (sandpile model) utilizado en una disciplina de la física conocida como “criticidad autoorganizada”. Lo que propone este modelo es que si vas sumando granos de arena uno por uno a un montón, eventualmente esa montaña llegará a un estado de criticidad, donde un sólo grano más causará una avalancha. “El problema con nuestra civilización es que está diseñada para empujar a ese montón de arena hasta su límite”, indica Klaas, haciendo que cualquier error pueda producir efectos impensables de magnitudes devastadoras.

Sumado a todos los peligros mencionados, yo quisiera agregar uno más: el aumento de regímenes autoritarios. Todos sabemos que los humanos por naturaleza requerimos de predictibilidad, rutinas y patrones, pero nuestra era actual es incapaz de proporcionarnos estabilidad. Y entre mayor sea la inestabilidad e incertidumbre a causa de estos cisnes negros, mayor será la tentación de elegir a líderes que nos prometen una ilusión de orden y certeza a cambio de nuestra libertad.

Ninguno de estos argumentos tiene el propósito de desincentivar el progreso tecnológico. Pero si queremos disfrutar las bondades de la tecnología, de la interconexión y del progreso, entonces no podemos cegarnos a las consecuencias. Hoy más que nunca debemos estar preparados para enfrentar la complejidad y el caos que conlleva vivir en la Era del Cisne Negro.

12/2/24

LOS TIEMPOS DE BABEL

Cuando las personas pierden confianza en las instituciones, pierden confianza en las historias que cuentan estas instituciones.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú




Hace tiempo platicaba con mi jefe, amigo ¡y sociólogo! Gabriel Díaz Rivera sobre la escurridiza naturaleza de la Verdad (así, con mayúscula). Digo escurridiza porque todos recordamos tiempos cuando -aunque no reinaba la cordura- existían ciertos parámetros comunes para la discusión, la reflexión y la argumentación. Hoy –por el contrario– vivimos inmersos en teorías de conspiración, fake news, “otros datos” y toda clase de desinformación. ¿Cómo llegamos a este punto? ¿Y podemos hablar realmente de “la Verdad” en la sociedad actual?

Para el psicólogo social Jonathan Haidt, vivimos un momento similar a lo ocurrido tras el derrumbe de la proverbial Torre de Babel: “desorientados, incapaces de hablar el mismo lenguaje o reconocer la misma verdad”. Y en The Atlantic señala a un culpable de esto por encima de todos los demás: las redes sociales.

Haidt apunta que los científicos sociales han determinado que se requieren tres factores para sostener a cualquier democracia funcional: 1) capital social; o extensas redes en la sociedad que generen confianza; 2) instituciones fuertes y; 3) historias compartidas. “Las redes sociales”, sentencia Haidt, “han debilitado a estos tres pilares”.

El annus horribilis en esta historia es el 2009, cuando Facebook introdujo la opción de “Like” y Twitter de “Retweet” (en 2012, Facebook se copiará con su botón de “Share”). A partir de entonces, las redes sociales dejaron de ser los espacios cerrados donde mantenías relaciones con un número limitado de amigos. Ahora podías compartir información con millones de personas, y cualquiera de tus posteos podía viralizarse y hacerte famoso (o infame) por unos instantes. 

Esto, dice Haidt, llevó a que millones de personas comenzaran a realizar performances, buscando siempre el mayor impacto y haciendo de sus “puestas en escena” una marca personal. Rápidamente las redes sociales se convirtieron en lugares más histriónicos y menos honestos. 

Si esto era un problema, todo empeora en 2013. Con ligeros cambios en los algoritmos, Facebook y Twitter comenzaron a “recomendar” el contenido que más interacciones generaba entre los usuarios; y obviamente este contenido fue aquel que causaba emociones polarizantes, como el enojo, el desprecio o la ira.

Por más de 10 años hemos vivido en este mundo: uno donde millones de usuarios buscan llamar la atención con contenidos impactantes, sesgados y mentirosos. Lo importante no es comunicar la verdad, sino generar interacciones.  Sumen a esto la agresividad que conlleva el anonimato digital; la hordas de “policías de la moralidad” que censuran cualquier opinión impopular; la creación de cajas de resonancias, silos de información y tribus ideológicas; y el torrente constante de desinformación. El resultado de todo esto es predecible: la fragmentación total de la realidad.

Al final, dice Haidt, “cuando las personas pierden confianza en las instituciones, pierden confianza en las historias que cuentan estas instituciones”. Si antes la sociedad se podía mirar y verse reflejada (a grandes rasgos) en un mismo espejo común, ahora el espejo está roto y cada quién elige en qué esquirla reflejarse. 

¿Podemos volver a un mundo anterior al 2013 o 2009? Por ahora no. Recuperar la fuerza de nuestro “sistema operativo epistemológico” social (Jonathan Rauch dixit) requiere transformar de raíz a las redes sociales; transformar a las instituciones políticas para que nuevamente generen confianza; regenerar la confianza en los expertos, en el pensamiento racional y en la evidencia; hacer a los medios de comunicación serios y profesionales un espejo común donde la sociedad pueda informarse. 

Todo esto tomará mucho tiempo. Pero de no avanzar en cualquiera de los factores anteriores sólo nos alejará más de cualquier tipo de “Verdad” compartida: donde todos hablemos un mismo idioma basado -mínimamente- en la racionalidad. Hoy nos queda aceptar que vivimos en los tiempos de Babel, y construir nuevamente una torre común será, por decir lo menos, una tarea de proporciones bíblicas.



29/1/24

UN VOTO PARA NO VOTAR NUNCA MÁS

Miles de millones de personas saldrán a votar, pero es posible que lo hagan para nunca volver a votar nuevamente.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Ahora sí: ¡Agárrense que el 2024 viene recio para la democracia! Este dato seguro ya lo saben, porque diversos columnistas (incluido yo) han escrito sobre el tema. Pero aún así recordemos el tamaño de este animalón: un año repleto de elecciones que involucran a más de 60 países y a más de 4,000 millones de pelados. Como dirían los sabios del INE: ¡Una verdadera fiesta democrática!


Si fuera un año normal, cualquiera consideraría esto como el triunfo máximo del sistema democrático. Pero el 2024 no es un año normal y la era que transitamos nos impide cualquier tipo de celebración. 

La razón es sencilla: en un gran número de países, los votantes podrían terminar eligiendo a líderes con tendencias autoritarias, los cuáles darían el tiro de gracia a los mismos sistemas democráticos que los llevaron al poder. 

Pero esto viene cocinándose desde hace tiempo. De acuerdo con Freedom House la salud de las democracias y las libertades a nivel global han disminuído por decimoséptimo año consecutivo. Por su parte, el Instituto Internacional para la Democracia y Asistencia Electoral, con sede en Suecia, apuntó en su informe anual que “en todas las regiones del mundo, la democracia sigue contrayéndose” y que el 2022 (el más reciente de su análisis) marcó el sexto año consecutivo en el que países vieron más retrocesos democráticos que mejoras.



¿Qué podemos esperar para el 2024? Pues hasta ahora las cosas van regular. La primera elección del año fue en Bangladesh (07 de enero), resultando en un quinto periodo de gobierno para la Primer Ministra Sheikh Hasina. Naturalmente, diversos analistas hablan ya de un país cooptado por un “partido de Estado”. 

Luego vimos la elección en Taiwán (13 de enero) que dio la victoria a Lai Ching-te, el actual vicepresidente de la isla. Aquí la buena noticia es que Lai es abiertamente odiado por China debido a su ideología liberal; la mala es que su triunfo incrementa la posibilidad de un conflicto armado con Beijing. ¡Whoops!

Otras elecciones no auguran nada bueno para la salud del sistema democrático: sólo 5 de las 15 elecciones para elegir presidente o primer ministro en el continente africano se darán en países considerados como “libres” por Freedom House (Botswana, Ghana, Mauritius, Namibia y Sudáfrica), el resto se darán en ambientes de libertades reducidas o inexistentes. 

Luego tenemos otra camada de países donde los resultados están prácticamente garantizados: Rusia (15 de marzo), Venezuela (finales del 2024), El Salvador (04 de febrero) y la India (abril-mayo). Aquí tampoco hay buenas noticias: Vladimir Putin y Nicolás Maduro seguramente recurrirán a toda clase de chicanadas o abierta represión para perpetuarse en el poder; Nayib Bukele es muy popular, sin duda, pero sus cambios a la constitución para reelegirse dejan un terrible sabor de boca para el futuro institucional de su país; y Narendra Modi podría sepultar la tradición democrática, pluralista y multiétnica de la india, convirtiendo a la democracia más grande del mundo en un estado etnonacionalista.

Obviamente la joya de la corona es la elección de Estados Unidos, la cual -como ya les comenté previamente- enfrentará una auténtica amenaza fascista en Donald Trump (ver “Trump: Fascista”; Vértigo #1187). Una victoria de Trump causaría toda clase de cismas y rupturas en el orden democrático y liberal, algo que podría tardar décadas en rectificarse.

Y claro, tenemos a México, donde nuestros compañeros de Vox (el medio, no el partido racista español) han dado un 90% de probabilidad a una victoria de Claudia Sheinbaum. ¡Ni hablar!

Vivimos en tiempos peligrosos, donde el mundo se está embarcando en un año crítico para el futuro de la democracia liberal. Miles de millones de personas saldrán a votar, pero es posible que lo hagan para nunca volver a votar nuevamente. La pregunta clave que debemos preguntarnos es: ¿Será el año “más democrático” en la historia el mismo que destruya a la democracia? ¡Agárrense, porque esto es de pronóstico reservado!

15/1/24

CINCO LUCES EN EL ABISMO (EDICIÓN 2023)

Vamos con las buenas noticias que nos podrán ayudar a sobrevivir a este año que apenas comienza


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú




Empecemos con la tradicional frase de esta serie titulada Cinco Luces en el Abismo: “Si están leyendo estas líneas sólo significa una cosa: ¡Lograron sobrevivir al 2023!”

Y es que entre la interminable guerra en Ucrania; el nuevo conflicto en Palestina; la rebelión de las orcas en Gibraltar; el desastre climático que nos trajo el azote de Otis; pero también el año más caluroso registrado y los mayores incendios en numerosos países… ¡Simplemente no hubo tregua!

Pero hoy lo importante es tomar un respiro y reconocer que no todo fue una catástrofe. De hecho, al poner atención, descubrimos destellos en la oscuridad que demuestran cómo la humanidad no está perdida. Así que vamos con las buenas noticias que nos podrán ayudar a sobrevivir a este año que apenas comienza:

1. Modificación genética. El 2023 será recordado como el año donde la humanidad comenzó a manipular la genética con objetivos médicos. Esta primera terapia basada en la tecnología de CRISPR está enfocada en corregir la anemia falciforme y corregir los trastornos genéticos que afectan a los glóbulos rojos. Este tratamiento ya fue aprobado por el Reino Unido y Estados Unidos, lo que prácticamente asegura un futuro en el cual podríamos volvernos inmunes a cualquier enfermedad degenerativa. ¡Aplausos!

2. En búsqueda de la materia perdida. El 1 de julio, la nave espacial Euclid de la Agencia Espacial Europea despegó desde Florida con la misión de responder a dos de los misterios más grandes del Cosmos: ¿Qué fregados son la materia oscura y la energía oscura? Para comprender lo importante de esta aventura cósmica, debemos recordar que absolutamente toda la materia y energía que nos rodea, desde nuestro planeta hasta las galaxias más distantes, representa sólo el 5% de todo aquello que existe en el Universo; el 95% restante es precisamente esa energía o materia oscura de la cual no sabemos nada. ¿Interesante? ¡De sobra!

3. A la Luna, Marte y el más allá. Ya que andamos en temas espaciales, el 2023 también marcó las primeras pruebas del megacohete y nave espacial Starship. Construido por la empresa SpaceX de Elon Musk, el Starship será el cohete que regresará a la humanidad a la Luna en 2025 (si todo sale bien) con la misión Artemis III. No sólo eso, ya que el mismísimo Musk dijo hace unos meses que la primera misión a Marte en un Starship podría realizarse en cuatro o cinco años. ¡Agárrense!

4. El fin oficial del covid-19. Seguro ni se acuerdan, pero existe todavía un virus que causa la covid-19 y durante el 2023 siguió cobrando numerosas vidas (50,000 sólo en Estados Unidos) incrementando la cifra de muertes a cerca de 7 millones desde su aparición en 2019. Pero la buena noticia es que el 5 de mayo del año pasado, la Organización Mundial de la Salud declaró -ahora sí- que el covid-19 ya no constituye una emergencia de salud pública de importancia internacional. ¡Salud, raza!

5. Primer mapa completo de un cerebro. Otra cosa fascinante fue que por primera vez logramos crear un mapa de todas las conexiones de un cerebro complejo. Claro, se trata del cerebro de una mosca, que para muchos no será muy emocionante. Pero no se equivoquen: este trabajo tomó más de cinco años de chamba y reveló que un cerebro tan simple como el de una mosca contiene más de 3,000 neuronas y más de medio millón de conexiones entre ellas. Este mapa cerebral es el primer paso para construir un mapa del cerebro humano (millones de veces más complejo) y comprender así cómo se desarrollan diversas enfermedades neurológicas. ¡Pero hay más! Porque la arquitectura neural también tiene aplicaciones en la inteligencia artificial y modelos de aprendizaje automático. ¡Ay goey!

Ahí lo tienen: cinco luces que demuestran que incluso en un año tan complejo y turbulento, la humanidad siguió avanzando a pasos agigantados. Yo no sé qué nos depara en este 2024, pero les aseguro que incluso en los abismos más oscuros, uno puede encontrar siempre la luz del progreso. ¡Feliz año nuevo! Y como dijo Echeverría: ¡Arriba y adelante!

18/12/23

TRUMP: FASCISTA

Nuestro problema es que tras años de hipérboles y exageraciones, el concepto de “fascista” ha perdido prácticamente toda su fuerza.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

En mi columna pasada les compartí mi docta opinión sobre cómo “genocidio” y “fascismo” han sido conceptos tan manoseados por analistas, pseudoanalistas y simples idiotas, que han perdido su intensidad y poder. Señalar esto no era simple pedantería o mamonería, ya que usar indiscriminadamente las palabras nos evita explotar su verdadera fuerza cuando estemos frente a una amenaza real.

Pues hoy estamos frente a una amenaza real y –gracias a todos los babosos catastrofistas que abusaron del lenguaje– nos encontramos sin municiones para combatirla. ¡Gran trabajo!

Me refiero a Donald Trump. Desde que inició su campaña en 2015 muchos se volcaron a calificarlo de fascista. Como presidente las cosas no mejoraron: que si quiso prohibir la entrada de inmigrantes: fascista. Que si fue amigo de Vladimir Putin y Kim Jong-un: fasicta. Que no condenó el racismo de sus seguidores: fascista. Que no detuvo a sus huestes cuando atacaron al Capitolio: fascita. 

Pero Trump no era fascista. ¿Un loco narcisista? ¡Seguro! ¿Desequilibrado mental? ¡Sin duda! ¿Con tendencias autoritarias? ¡Indudable! Pero hoy las cosas han cambiado. Desde que perdió la elección en el 2020, su comportamiento ha mutado para -ahora sí- considerarse cercano al fascismo.




Volvamos rápidamente a la descripción que hace el académico Tom Nichols para ver cómo sale librado Trump: [el fascismo] eleva al Estado sobre el individuo y establece un culto de personalidad alrededor de un líder carismático; glorifica el hipernacionalismo, el racismo y el poder militar; detesta al liberalismo democrático; utiliza los agravios históricos para atizar la lealtad al régimen; afirma que toda la actividad pública debe servir al régimen, que todo el poder debe concentrarse en el gran líder y que sólo el partido oficial puede ejercer dicho poder.

1. Eleva al Estado sobre el individuo y establece un culto de personalidad. Veredicto: ¡Altamente fascista! Hoy Trump es líder de un movimiento que parece secta fundamentalista. Todo se le perdona al gran líder, incluso su autoritarismo y sus tentativos crímenes. Se espera que use la maquinaria del Estado para perseguir a sus enemigos políticos y convertirse “en la venganza” de sus seguidores.

2. Glorifica el hipernacionalismo, el racismo y el poder militar. Veredicto: ¡Peligrosamente fascita! Trump dice representar al verdadero Estados Unidos en contraposición de los “marxistas” y “radicales” que buscan destruirlo. Ha coqueteado con el antisemitismo; y busca abusar del ejército, incluso amenazando con utilizarlo contra sus opositores.

3. Detesta al liberalismo democrático. Veredicto: ¡Claramente fascista! Rechazar los resultados electorales y descarrilar la transición pacífica del poder es evidencia suficiente.

4. Utiliza agravios históricos para atizar la lealtad. Veredicto: ¡Bastante fascista! Gran parte de su discurso se basa en la supuesta erosión de los valores tradicionales, religiosos y familiares; y los supuestos agravios contra la población blanca.

5. Toda actividad pública debe servir al régimen, todo el poder debe concentrarse en el gran líder y sólo el partido oficial puede ejercer el poder: Veredicto: ¡Algo fascista! Hasta ahora, Trump no ha promovido un régimen donde todo el poder sea ostentado por él mismo, pero sí busca dinamitar cualquier contrapeso e incluso ha dicho que abusará del poder para perseguir a sus enemigos. Ha clasificado a sus opositores como “parásitos” (recuerden el genocidio de Rwanda) y considera al partido Demócrata como una aberración de corruptos, pedófilos y marxistas.

Todo está bastante claro, pero nuestro problema es que tras años de hipérboles y exageraciones, el concepto de “fascista” ha perdido prácticamente toda su fuerza. Hoy nadie se inmuta frente a las locuras de Trump, pero su amenaza es más real que nunca y sus probabilidades de ganar en 2024 son altísimas. 

Recuerden que después de mentir y exagerar, Pedrito gritó una última vez: “¡Ahí viene el lobo!”... antes de ser devorado.

4/12/23

GENOCIDIOS LINGÜÍSTICOS Y FASCISMOS IDIOMÁTICOS

Utilizar indiscriminadamente las palabras reduce su fuerza y distorsiona nuestra comprensión de la realidad. 


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Algo fascinante sobre el lenguaje es su constante evolución. Pero nos guste o no,  debemos aceptar que existen ciertos conceptos que tienen una definición histórica o jurídica que es inmutable y que no podemos modificar a nuestro antojo.

Dos de estos conceptos son “fascismo” y “genocidio”, hoy magullados tanto por la izquierda como por la derecha;  por chairos y fifís; por gordos y flacos. Entender y utilizar de manera correcta estos términos no es cuestión de mamonería lingüística, sino fundamental para entender de forma correcta el mundo en el que vivimos y evitar consecuencias nefastas. Pero vámonos por partes.
 
Empecemos con “fascismo”. El fascismo es un modelo político creado por Benito Mussolini, el cual -dice el académico Tom Nichols- contiene una ideología “holística” con características particulares: eleva al Estado sobre el individuo y establece un culto de personalidad alrededor de un líder carismático; glorifica el hipernacionalismo, el racismo y el poder militar; detesta al liberalismo democrático; y utiliza los agravios históricos para atizar la lealtad al régimen. Un fascista afirma que toda la actividad pública debe servir al régimen, que todo el poder debe concentrarse en el gran líder y que sólo el partido oficial puede ejercer dicho poder.

Basado en esta definición resulta absurdo -como ocurre ahora- calificar de “fascista” a cualquier régimen autoritario, y más irracional aún aplicar este término a los actos represivos de un gobierno. Si queremos hablar de regímenes autoritarios o represivos tenemos palabras para describirlos. ¿Adivinen cuáles? ¡Claro! ¡”Autoritarios” y “represivos”! Nada tenemos que hacer invocando al espectro del fascismo.



Sigamos con “genocidio”. De acuerdo con la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948, un acto genocida implica una serie de acciones intencionadas para destruir total o parcialmente a un grupo étnico, racial o religioso: a) Matar a sus integrantes; b) Lesionar gravemente su integridad física o mental; c) Someterlos intencionalmente a condiciones que lleven a su destrucción; d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos; e) Traslado de niños fuera del grupo.

¿Podemos definir -como millones lo hacen hoy- las acciones de Israel en Gaza como “genocidio”? La respuesta es un rotundo ¡No! Claro que podemos hablar de crímenes de guerra, de desplazamiento forzado y de un absoluto y criminal valemadrismo por la precisión de los misiles israelíes. Pero como dice la misma ONU, para que algo sea genocidio, debe haber una “intención demostrada (dolus specialis) para destruir a una población.” ¿Existe una intención real y demostrada por parte de Israel para exterminar al pueblo palestino? ¡Por supuesto que no! Y me parecería raro que un régimen genocida acepte un alto al fuego y pausas humanitarias si su intención es la exterminación total de un pueblo.

Pero como les comentaba antes, esto no es un ejercicio pretencioso ni sangrón. Porque utilizar indiscriminadamente las palabras reduce su fuerza y distorsiona nuestra comprensión de la realidad. Peor aún, esta sobrerreacción con el lenguaje reduce el impacto que las palabras podrían  tener cuando verdaderamente las necesitamos

Dicho de otra manera, llamar “fascista” a cualquier político que nos caiga gordo reducirá el poder de este concepto cuando verdaderamente nos enfrentemos a personajes con tendencias fachas. De igual manera, clasificar de “genocidio” a cualquier guerra evitará que este término tenga la fuerza necesario cuando estemos ante un nuevo Rwanda, Srebrenica o Xinjiang.

Las palabras tienen un peso específico y para eso hemos inventando tantas. Pero cuando buscamos ser hiperbólicos o histéricos para llamar la atención, lo único que logramos es diluir la fuerza del lenguaje y dejarnos sin la artillería pesada cuando nos enfrentemos a una verdadera atrocidad.

Y si me van a llamar fascista por tener estas opiniones, entonces son parte del problema y merecen ser eliminados (¡Es broma!)

20/11/23

NUESTRO FUTURO TORMENTOSO

Debemos aceptar que con el imparable calentamiento de los océanos, Otis muy probablemente se convertirá pronto en la regla y no en la excepción.


Texto: Juan Pablo Delgado Cantú

A un mes de la destrucción de Acapulco, los responsables no han hecho más que salir con una sarta de letanías para excusarse y evadir responsabilidades. Revisen las declaraciones de cualquier funcionario de gobierno (local, estatal y federal) y verán que todos se han lavado las manos diciendo que el huracán Otis fue algo “sorpresivo” y “sin precedentes”, como si fuera un castigo divino o una catástrofe imprevista que nos golpeó por única y última vez. Nada podría ser más lejano a la realidad. 

Porque entre todo el ruido, no ha existido ningún político que salga a realizar un análisis serio de lo que un evento como Otis representa para el futuro de nuestro país. Porque aún cuando haya sido algo insólito -y lo fue, porque nunca antes una tormenta había pasado a categoría 5 en tan poco tiempo- es urgente aceptar que con el imparable calentamiento de los océanos, Otis muy probablemente se convertirá pronto en la regla y no en la excepción.

Claro, nunca faltan aquellos que aleguen que el cambio climático -por sí solo- no puede explicar el incremento en la intensidad de los desastres naturales. A esas opiniones yo les respondo diciendo: “no nos hagamos gueyes”. La correlación entre el incremento de las temperaturas globales y el incremento en la destrucción por fenómenos naturales es innegable. 

Para no perdernos en discusiones bizantinas, veamos lo ocurrido en el presente año: de acuerdo con un estudio publicado a inicios de noviembre por Climate Central, la humanidad acaba de vivir el período de 12 meses más caluroso “en al menos 125,000 años”. Por su parte, el Servicio de Cambio Climático Copernicus de la Unión Europea, informó que es “prácticamente seguro” que 2023 será el año más caluroso registrado.



¿Y cuáles son las consecuencias? Un 2023 repleto de catástrofes en la forma de incendios forestales sin precedentes en Canadá y Grecia (el más grande registrado por la UE); inundaciones devastadoras en Libia tras el colapso de dos presas; olas de calor inauditas en India, China y EE.UU, entre muchas otros desastres.

Y bueno, si siguen creyendo que esta evidencia es inconclusa, hablemos de algo más concreto: la lana. De acuerdo con datos de la NOAA en su estudio “Billion-Dollar Weather and Climate Disasters”, el número de desastres que generan costos superiores a los 1,000 millones de dólares se han incrementado de manera exponencial. Pelen los ojos y pongan mucha atención:

Entre 1980-1989 hubo 33 eventos que causaron daños superiores a los 1,000 millones de dólares (un promedio de 3.3 eventos por año), con un costo total de 214 mil millones de dólares. Para 1990-1999 el número se incrementó a 57 (5.7 por año) con un costo superior a los 327 mmdd. Ya en la década de 2000-2010 hubo 67 eventos (6.7 por año) con costos arriba de los 606 mmdd. Entre el 2010 y el 2019 hubo 131 eventos (13.1 por año), costando más de 971 mmdd. Si quieren considerar sólo los últimos cinco años (2018-2022), entonces tenemos 90 eventos (18 por año) con un costo superior a los 624 mil millones de dólares. 

Yo sé, disculpen… fueron muchos números. Pero para aquellos que no llevan la cuenta, el número de desastres naturales se incrementó en un 297% entre 1980 y 2019; y los costos de éstos subieron en un 353 por ciento. ¿Y qué otra cosa ha llegado a niveles máximos en el mismo tiempo? Claro… la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera.

Pero no hay que lamentarnos por lo que no podemos cambiar. Nos guste o no, esta es la nueva realidad a la que nos enfrentamos: un mundo azotado por fenómenos naturales cada vez más poderosos y costosos. Lo que resulta urgente es prepararnos para enfrentar a este nuevo mundo, algo que nuestros políticos han decidido ignorar o desestimar por completo. ¿Será por ignorancia, indolencia o valemadrismo? ¿O una combinación de las tres?

Sea como sea, Otis fue la primera advertencia de este nuevo futuro tormentoso; y lamentablemente, no estamos preparados para lo que se nos viene.

6/11/23

LA GUERRA ES LA VICTORIA

“El vencedor no es el lado que mata a más personas, ni el que destruye más casas y ni siquiera el lado que obtiene más apoyo internacional. El vencedor será quien logre sus objetivos políticos”.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Empecemos sin rodeos: ¿Quién ganará el conflicto en el Medio Oriente? Para la mayoría de los analistas la respuesta resulta obvia: Israel tiene el poder militar para arrasar con Hamás y todas sus huestes terroristas. ¿Suena sencillo, verdad? ¡Pues no tan rápido!

El historiador Yuval Noah Harari escribió recientemente en The Washington Post una columna con un título provocador: “¿Estará ganando Hamas la guerra?”. Su argumento para justificar esta polémica es bastante simple: nos recuerda la máxima de que “la guerra es simplemente la continuación de la política por otros medios”.

Bajo esta óptica, todos los discursos incendiarios y acciones bélicas de ambos bandos se vuelven secundarios, por no decir irrelevantes. Por ejemplo, sabemos que Israel ha prometido destruir por completo a Hamas, lo cual es prácticamente imposible: los grupos terroristas no se destruyen, sólo se transforman; y como ejemplo tenemos a Al-Qaeda, expulsado de Afganistán para ahora dominar grandes áreas del Sahel y el Medio Oriente. Por su parte, Hamas dice que quiere destruir a Israel; algo que resulta completamente absurdo e irrealizable.  

Como indica Harari, “[el vencedor] no es el lado que mata a más personas, ni el que destruye más casas y ni siquiera el lado que obtiene más apoyo internacional. [El vencedor] será quien logre sus objetivos políticos”.

Así que hagamos un análisis de esos objetivos políticos para ver si Hamas se encuentra más cercano a la victoria.

¿Qué quiere Hamas? La respuesta es muy simple: evitar la paz.



En los últimos años, Israel comenzó a normalizar relaciones diplomáticas con diversos países islámicos, principalmente con los Emiratos Árabes Unidos y Bahrein. Previo a los ataques del 7 de octubre, Tel Aviv se encontraba en conversaciones (muy avanzadas) con Arabia Saudita para firmar un tratado de paz y cooperación. Concretar este pacto hubiera significado un reacomodo histórico en el equilibrio geopolítico del Medio Oriente, donde los mayores perdedores serían Irán (enemigo acérrimo de los saudíes) y Hamas, quien mantiene que Israel es una creación espuria y una aberración histórica. 

Así que desde un punto de vista exclusivamente político, el ataque de Hamas es una jugada maestra. En el corto plazo, no sólo ha descarrilado la normalización diplomática con Arabia Saudita; también ha hecho sobrerreaccionar a los israelíes causando una pesadilla diplomática con la comunidad internacional. En el largo plazo ha sembrado “semillas de odio” en las mentes de millones de palestinos y musulmanes en general, impidiendo lograr algún tipo de paz “para las futuras generaciones”.

¿Y qué podemos decir de los objetivos políticos de Israel? Aquí encontramos el mayor problema. ¡No existen! Todas las acciones del gobierno de Benjamín Netanyahu juega en las manos de Hamas: la invasión causará más destrucción y muerte, lo cual creará mayor resentimiento y alejará aún más un proceso de paz.

Y aún cuando logre Israel al cien por ciento sus objetivos militares (que sería una victoria táctica, más no política), surgen muchas dudas importantes en el corto plazo: ¿Quién se hará cargo de gobernar Gaza? ¿Quién garantizará la paz social y la gobernabilidad? ¿Quién se encargará de los cientos de miles de refugiados?

Pero los problemas aumentan en el mediano plazo: ¿Tiene Israel algún plan para rescatar el acuerdo de paz con Arabia Saudita? ¿Existe algún plan para lograr una paz integral con los palestinos? ¿Existe alguna estrategia para normalizar las relaciones con el mundo árabe?

Hasta el momento, todas estas preguntas se están respondiendo en negativo. El gobierno de Tel Aviv parece enfocado sólo en exterminar a Hamas, algo que -ya establecimos- difícilmente podrá lograr. Por lo tanto, cuando las últimas bombas terminen de caer y cuando se cuenten las últimas víctimas, veremos que Hamas -aún con su debilidad y cobardía- habrá ganado esta guerra.

23/10/23

EL VOTO EN LOS TIEMPOS DEL CHATGPT

¿Podemos confiar en que el electorado global tenga la suficiente inteligencia y el suficiente criterio para discernir entre propaganda falsa y legítima?


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


Dejen que les comparta un dato que seguro no traían en su radar: el próximo año se llevará a cabo el proceso democrático más grande de la historia, donde más de la mitad de la población mundial -cerca de 4,000 millones de personas- tendrán elecciones para cambiar a sus gobernantes. ¿Quiénes participan? Países como la India, Estados Unidos, Finlandia, Indonesia, Taiwán, El Salvador, obviamente nosotros en México y algunos otros más. 

Pero ahí les va otro dato igual de interesante pero más preocupante: este megaciclo electoral marcará un nuevo paradigma en la historia, porque será el primero que se realice en la Era de la Inteligencia Artificial.

Miren, quizá ustedes tengan una opinión muy elevada de la humanidad y este último dato no les cause ruido. Pero no debemos engañarnos: la disponibilidad masiva de la Inteligencia Artificial -sí, fascinante y revolucionaria, sin duda- debe obligarnos a reflexionar sobre todos los tipos de disrupciones que debemos sortear al enfrentar a esta tecnología con los caóticos procesos democráticos. Pero antes de continuar, tomemos una breve desviación para viajar al pasado:

Nuestro primer destino es la democracia más grande del mundo: India. Es el 2019 y hay elecciones generales. En este ciclo electoral, los principales partidos se han volcado a Whatsapp para crear miles de grupos que les permitirán conversar directamente con el electorado y enviar toda clase de propaganda política. El principal operador de esta estrategia es el Partido Popular Indio (Bharatiya Janata Party), liderado por Nerendra Modi. ¿Cuál es el problema? Que gran parte del contenido que enviaron son noticias falsas, desinformación y retórica de odio contra las minorías religiosas. Al final, este tipo de campaña sucia termina en violencia y asesinatos.

Ahora viajemos a Estados Unidos, la segunda democracia más grande del mundo. El año es 2016 y Hillary Clinton compite contra Donald Trump. ¿Qué fue lo que ocurrió en esta elección? Un diluvio de noticias falsas, memes, venta de datos para propaganda microdirigida (Cambridge Analytica) y granjas de bots operadas por gobiernos extranjeros. El resultado fue un absoluto congal que -algunos argumentan- le costó la elección a la señora Clinton.

Ahora bien, la desinformación no es nada nueva, y quizá sea tan antigua como la democracia misma. Pero como indica The Economist, existen tres enormes diferencias entre el 2016 y el 2019, comparado con lo que veremos el año próximo. 

Primero, la automatización. En cualquiera de los ejemplos anteriores debemos considerar que cada contenido, cada mensaje, cada meme y cada noticia falsa debió ser creada por un ser humano. Las granjas de bots también fueron operadas por humanos. Lo que veremos en pocos meses es otra bestia: programas de IA vomitando material tóxico incesante e incansablemente. Como indica The Economist, los avances en la inteligencia artificial “hacen posible la propaganda sintética”.

El segundo problema es la cantidad y masificación. Antes uno debía considerar las “horas hombre” para generar desinformación, pero con la IA el output podría multiplicarse por “1,000 o por 100,000 veces”. Basta con dar un simple comando a esta tecnología para que una computadora genere toda clase de propaganda tóxica.

El tercer problema es la calidad: si antes la desinformación debía hacerse manualmente, ahora tenemos deepfakes hiperrealistas tanto en imágenes, audio y video. Sumemos a esto el microtargeting y los votantes pueden verse inundados con propaganda altamente personalizada a gran escala. 

La pregunta final es muy sencilla: ¿Podemos confiar en que el electorado global tenga la suficiente inteligencia y el suficiente criterio para discernir entre propaganda falsa y legítima? Yo no lo creo. Basta con pasar un día en cualquiera de las plataformas de redes sociales para ver que nos enfrentamos a un absoluto y reverendo desmadre el año que viene. 

¡Que los dioses tecnológicos y la diosa de la democracia nos agarren confesados!

9/10/23

FROM GUATEMALA TO GUATEPEOR

Los temas de la inseguridad, violencia y el tráfico de fentanilo son tres herencias malditas para los próximos presidentes, tanto gringo como mexicano. 


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Hace unos meses escribí en esta gustada sección un diagnóstico sobre el desgaste en la relación bilateral México-EUA (“Los Vecinos de la Discordia”; Vértigo #1155). En aquel momento, me mostré ingenuamente sorprendido por la retórica cada vez más agresiva que provenía de ciertos funcionarios estadounidenses.

Citando a la Directora de la DEA (“México no coopera”), al Secretario de Estado (‘el narco controla partes de México’) y al Senador Lindsay Graham (“México es un narco Estado-terrorista”) creía que las cosas nunca habían estado tan descompuestas entre ambos países, pero que todavía era posible enmendar la relación para crear una comunidad norteamericana más fuerte y unida. ¿Y qué creen que ha pasado desde entonces? ¡Obvio! Las cosas sólo se han puesto más de la chingada.

Hoy se ha normalizado que alguno de los precandidatos del Partido Republicano nos amenacen con invadirnos o mínimo lanzarnos un par de misiles dizque para combatir a los narcos. Donald Trump, hasta ahora el puntero en las encuestas, supuestamente pidió la formulación de planes militares para atacar a México en caso de regresar a la presidencia. Pero la misma retórica es pan de cada día con el resto de los precandidatos. Repasemos las declaraciones más notables:

Ron DeSantis (segundo lugar en las encuestas): Al ser cuestionado sobre el uso de las fuerzas armadas contra los narcos, DeSantis dijo que mandaría al Ejército “desde el primer día” de su gobierno a territorio mexicano, y agregó que clasificaría a los cárteles como “organizaciones terroristas”. 

Vivek Ramaswamy (tercer lugar): Este pintoresco candidato (por decir lo menos) indicó que hablaría con Claudia Sheinbaum “o quien sea que gane la elección” para ofrecerle apoyo para eliminar a los cárteles, pero que de negarse su ayuda, intervendría unilateralmente en nuestro país. Concluyó con esta joya: “si tienes un vecino que tiene un perro, entra a tu jardín y sigue mordiendo a los miembros de tu familia repetidamente, puedes tomar una escopeta y dispararle a ese perro, eso es legítimo, legal, moral y éticamente justificable”. ¡Válgame!

Salvo una sorpresa inesperada, uno de esos tres pelados será el candidato Republicano. Y aguas, porque viendo la aprobación que se maneja el presidente Biden (inferior al 50% en todas las encuestas), es muy probable que alguno de esos tres tipos llegue a la Casa Blanca. ¿Y entonces? ¿Qué haría Claudia o Xochitl para lidiar con estos orates?



Y no debemos desestimar este relajo como mera politiquería. Porque la agresividad de los Republicanos contra México no está basada en ideología, sino en un asunto real de seguridad y salud pública. Todos sabemos que cada día mueren cerca de 200 personas por una sobredosis de fentanilo (más que los decesos por armas de fuego o accidentes en automóvil) y todos sabemos que -al menos en la mente de estos candidatos- nuestro gobierno no se está tomando muy en serio este problema.

Apenas hace un par de días, la Cámara de Representantes decidió dejar de enviar ayuda a México con el argumento de que no combatimos el fentanilo. ¿Y cuál fue nuestra respuesta? Llamamos “ridículos” a estos congresistas.

Los temas de la inseguridad, violencia y el tráfico de fentanilo son tres herencias malditas para los próximos presidentes, tanto gringo como mexicano. Todavía estamos a tiempo para evitar una escalada de tensiones, pero para esto es urgente retomar los canales institucionales de comunicación y diplomacia. Dejar de hacer rabietas y sentarnos a solucionar estos problemas.

Y sólo para concluir, vale rescatar otro asunto relevante. Hace un par de semanas el gobierno de Guatemala decidió enviar a miles de tropas a su frontera con México… ¡para resguardarse de la inseguridad del crimen organizado en Chiapas! O sea que ahora tenemos broncas con dos vecinos y en dos fronteras. 

Todo esto me lleva a rescatar aquel refrán de mal gusto que reza: “es como ir de Guatemala a Guatepeor”. Lo que parecemos no entender… ¡es que México hoy es Guatepeor! ¡Lo que nos faltaba!

25/9/23

LOS MITOS MITÓMANOS

A pesar de todo, estoy seguro que el mito de Allende persistirá, como muchas otras ‘mentiras zombies’ de nuestra era


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Una de las curiosidades que más sorprende en pleno siglo XXI es la persistencia de ciertos mitos y falsedades históricas. En particular cuando las personas escuchan algo por ahí –sobre algún evento o personaje– y se quedan con esa primera y única impresión, sin siquiera molestarse en realizar un rápido “Wikipediazo” para obtener más información y profundizar un poco más en el asunto.

Digo que es raro porque hacemos lo contrario en otras situaciones. Si alguien nos recomienda una película, inmediatamente buscamos en IMDB o Rotten Tomatoes para ver de qué va la trama y si vale la pena ponerla en la lista de pendientes. Lo mismo ocurre con libros, restaurantes, o cualquier otro asunto pedestre.

Pero con personajes o eventos históricos esto no sucede; y entonces vamos campantes por la vida cargando información falsa en nuestra maleta mental. 

Y bueno, entiendo que hace algunas décadas resolver un asunto de este carácter era más complicado: quizá involucraba ir a la biblioteca a consultar fuentes o gastar dinero en comprar algún libro. Pero hoy vivimos en una época donde toda la información del mundo se encuentra a nuestro alcance; tan cercana como una simple búsqueda en Google o una pregunta a Chat-GPT. 

Todo esto viene a colación por la conmemoración del 50º aniversario del golpe de estado en Chile. En particular, porque este evento se ha colocado en la memoria colectiva como una de las mayores tragedias que han caído sobre América Latina; y como excusa para encumbrar al presidente Salvador Allende (1970-1973) como uno de los héroes y mártires más grandes del continente.



Antes de dar un paso más, es obligatorio esquivar la primera piedra que avientan todos los izquierdistas trasnochados: ¡No! No estoy insinuando que el golpe de Augusto Pinochet deba de ser celebrado; y criticar a Salvador Allende no significa en automático ensalzar a la dictadura chilena. Recuerden: aún cuando Pinochet haya sido un hijo de perra, esto hace a Allende un buen presidente.

Pero volvamos a los mitos. Por alguna extraña razón, las personas han parecido olvidar o no han querido investigar lo que significó realmente el gobierno allendista. Porque contrario a ser un mártir democrático o héroe revolucionario, su gestión fue un absoluto fracaso y su estilo personal de gobernar bastante lamentable. Vamos a los hechos:

Es un hecho que Allende llevó a cabo la expropiación de las principales industrias chilenas, intervino en la mayoría de los bancos; y ocupó y nacionalizó gran parte de las tierras. Es un hecho que para 1973, el Estado chileno controlaba el 80% de las industrias, muchos bancos y el 90% de las tierras agrícolas. Es un hecho que muchas expropiaciones se hicieron sin la debida indemnización

También es un hecho que Allende arruinó a la economía por su intervención a través del control de precios, la impresión indiscriminada de dinero y el incremento del déficit público. También es un hecho que para 1973 la inflación superaba el 600%; que había una escasez de productos básicos y una pauperización generalizada de los servicios públicos. Es un hecho que Allende polarizó a la sociedad, rompió el orden constitucional y sembró las semillas de su fatídico final.

¡Y que conste que nada de esto es secreto! Desenmascarar a Allende no requiere más que una simple búsqueda en Internet y dedicarle 10 minutos al asunto. 

A pesar de todo, estoy seguro que el mito de Allende persistirá. Como muchas otras ‘mentiras zombies’ de nuestra era, ésta también seguirá andando como muerto viviendo, buscando consumir los cerebros de las nuevas generaciones.

Al final, ésta es la naturaleza de los mitos mitómanos: persisten aunque los asesinen una y otra vez. Pero tampoco se trata de tirar la toalla, solo de seguir insistiendo en la verdad. Así que quizá me vean de vuelta en estas páginas en el año 2073, volviendo a resaltar las mentiras de Salvador Allende a mis 86 años; sólo que ahora en el marco del centenario del golpe de Estado. ¡Hasta la victoria siempre, camaradas!

11/9/23

LA CASA DE LADRILLOS CHINOS

Cuando un régimen no es predecible, la desconfianza reina. En cualquier momento el Gran Líder puede cerrar la economía, encerrar a la gente en sus casas por meses o expropiar una empresa.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

A finales de agosto hubo un ligero alboroto entre los círculos internacionalistas por la reunión anual de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). El revuelo fue que por primera vez en poco más de una década, el grupo abría sus puertas a nuevos integrantes. 

Para algunos esto representa un clavo más en el ataúd del orden mundial liderado por Occidente. Pero no seamos ridículos. En primer lugar, la convocatoria de los BRICS fue patética: se inscribieron una colección de estados menores que incluye a chusma como Egipto, Etiopía e Irán, socialismos arruinados como Argentina, y autocracias sanguinarias como Arabia Saudita. Bastante lamentable…

Pero su pésimo reclutamiento no es la mayor bronca de los BRICS. Su mayor problema se llama China: el país que domina completamente al grupo y cuyo PIB supera al del resto de los miembros juntos.

Tomando en cuenta esta preponderancia -y haciendo alusión al lenguaje de la mafia- sería una verdadera desgracia si algo malo le pasara a la economía líder de este heterogéneo y heterodoxo grupo. Porque claro, cualquier descalabro impactaría enormemente al resto de los integrantes.  

¿Pues qué creen, estimados lectores? Esto es precisamente lo que está ocurriendo. ¿De qué tamaño es la magnitud del despapaye chino? Vámonos por partes:

Primero debemos recordar que durante la pandemia del SARS-CoV-2, China fue el país que tuvo la estrategia de contención más severa, con la infame política de “cero-covid”. Durante meses, comercios, escuelas e incluso ciudades y provincias enteras fueron cerrados; muchas veces obligando a los habitantes a permanecer encerrados en sus hogares durante semanas. 

Cuando a finales de 2022 terminó esta pesadilla, todos esperaban un rebote triunfal de la economía china. En realidad, lo contrario ha sucedido: hoy China se encuentra ahogada en deuda (el triple de su PIB), con una inminente crisis inmobiliaria, una contracción de su población en edad de trabajar y un desempleo masivo entre los jóvenes (21.3%). A esto sumen una deflación causada por números mediocres en el consumo privado, la inversión y las exportaciones.

¡Pero alto, que hay más! Porque a diferencia de una crisis económica en cualquier economía liberalizada, la deflación que ahora infecta a China tardará mucho más en revertirse.  ¿La razón? Una profunda desconfianza hacia la errática política económica del “querido líder” Xi Jinping.


Como indica el académico y economista Adam S. Posen en Foreign Affairs, China parece haber caído en la trampa que eventualmente terminan todos los países autoritarios. 

De acuerdo con Posen, el desarrollo económico en los regímenes autoritarios tiende a seguir un “patrón predecible”. Primero hay un período de crecimiento en el que el régimen permite que prosperen las empresas (apoyadas con dinero público) siempre que no interfieran en la política. Pero una vez que el régimen tiene el apoyo de la sociedad comienza a intervenir en la economía de manera cada vez más arbitraria. "Con el tiempo, ante la incertidumbre y el miedo, los hogares y las pequeñas empresas empiezan a preferir los ahorros en efectivo a las inversiones ilíquidas; como resultado, el crecimiento disminuye de manera persistente”, apunta.

En pocas palabras: cuando un régimen no es predecible, la desconfianza reina. Y ante esta incertidumbre, la gente prefiere ahorrar y proteger su dinero a gastarlo o invertirlo; pues en cualquier momento el Gran Líder puede cerrar la economía, encerrar a la gente en sus casas por meses o expropiar una empresa. Ahora que Xi Jinping ha roto la confianza con su población,  recuperarla no es algo que simplemente pueda desearse o imponerse.

Así que les deseo mucha suerte a los BRICS. Sus reuniones podrán ser muy bonitos ejercicios para construir palacios y fortalezas en las nubes, pero al final estarán haciendo estas obras con endebles ladrillos chinos.

28/8/23

MÉXICO: VERDE OLIVA, BLANCO Y ROJO

El riesgo de estos escenarios me parece obvio: militarizar a un país para solucionar cualquier problema es fácil de implementar, pero difícil de revertir.

Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Aunque faltan más de 300 días para la elección presidencial del 2024, muchos pitonisos del círculo rojo ya auguran que el arroz electoral está cocido y que el resultado más probable del próximo año es una victoria del oficialismo.

Yo no pretenderé ser el Walter Mercado de esta prestigiosa revista, así que no entraré en el juego de las predicciones electorales. Pero si algo puedo asegurarles sería lo siguiente: independientemente de quien resulte vencedor en 2024, los grandes ganadores serán las Fuerzas Armadas de México.

¿Por qué lo digo? Porque el modelo establecido en la actual administración -donde los militares obtuvieron patrimonio en la forma de aeropuertos, aduanas y otros contratos de infraestructura- difícilmente podrá ser dislocado en el siguiente gobierno, gane quien gane la mentada elección.

Esta es la misma opinión del Center for Strategic and International Studies (CSIS). En su reciente trabajo titulado “Después de AMLO: Perspectivas económicas, políticas y de seguridad para México en 2024”, los autores Ryan C. Berg,  Sara Fattori y Henry Ziemer incluyen un par de escenarios sobre el papel que jugará el Ejército y la Marina en el futuro próximo:

Caso 1. Gana Morena: “Si un sucesor de MORENA continúa por el mismo camino en 2024, puede incrementar el poder político de las Fuerzas Armadas en los años siguientes. Como tal, el legado de deterioro y alteración institucional persistirá mucho después de la partida de AMLO”.

Caso 2. Gana la oposición: “El papel de los militares en los proyectos de infraestructura presentará un reto al sucesor de AMLO. Un candidato de la oposición enfrentará nuevos intereses burocráticos, especialmente en los sectores de transporte y logística, que podrían verse como competencia de los militares”. 

Al final de cuentas, la permanencia de las Fuerzas Armadas en la vida económica (y por ende, en la política) parece irreversible en nuestro caso. Porque como apunta el informe del CSIS, la instalación del Ejército en funciones de infraestructura y desarrollo económico las convertirá en una fuerza con el poder de “sabotear” a cualquiera que busque revertir el nuevo status quo establecido durante el actual sexenio. 



Yo no sé ustedes, pero en vez de perder tanto tiempo en la grilla electoral, deberíamos de hacer pausa en este tema, quizás el que más transformará el andamiaje y balance institucional de México.

También preocupa que este fenómeno no es exclusivo de nuestro país. Como indica el analista James Bosworth en WPR, la creciente inseguridad en América Latina ha llevado a distintos gobiernos a depender cada vez más de las Fuerzas Armadas para las tareas de seguridad. Muy similar a lo que ha ocurrido aquí, esta aproximación militarizada para controlar a la delincuencia se presenta como el primer paso para que los militares incrementen su influencia en la política.

En Ecuador, el incremento de violencia del crimen organizado (con nexos a cárteles mexicanos) ha llevado a Luisa González -una de las ganadoras de la primera vuelta el pasado 20 de agosto- a prometer una mayor militarización de la seguridad sumado a  cientos de millones de dólares para lograrlo.

En Argentina pasa lo mismo, donde Javier Milei, el candidato que ganó las primarias, ha propuesto militarizar las prisiones y unificar los sistemas de Defensa y Seguridad para que las Fuerzas Armadas tengan un mayor despliegue y presencia en su país.

En Honduras es igual, donde Xiomara Castro ha buscado imitar a las políticas de El Salvador, aplicando políticas militaristas y de mano dura para contener la violencia.

El riesgo de estos escenarios me parece obvio: militarizar a un país para solucionar cualquier problema es fácil de implementar, pero difícil de revertir. ¿Quién será el valiente que se enfrente a los milicos y los obligue a renunciar a su nueva influencia política? O peor aún… ¿Quién los hará devolver su nuevo patrimonio o sus nuevas empresas?

14/8/23

CAMINITO A LOS GULAGS

Existen países que han decidido apostar al futuro: un futuro educativo marcado por la cultura del esfuerzo y la meritocracia.


Text por: Juan Pablo Delgado Cantú

El exministro de Relaciones Exteriores israelí, Shlomo Ben Ami, propone una frase fulminante: “A las naciones casi nunca se las asesina: se suicidan”. Ben Ami habla de la crisis política que se vive hoy en Israel. Pero la misma frase podría aplicarse en México ante un tema igual de grave: la educación de las nuevas generaciones de niños.

A estas alturas del juego, estoy seguro que todos han escuchado algo sobre los cambios que propone la “Nueva Escuela Mexicana” (NEM). La cobertura mediática ha generado toda clase de reacciones en la sociedad; pero quizás ninguna causó tanto revuelo como la reacción hacia la cobertura de Fuerza Informativa Azteca (FIA), que acusó a la NEM de propagar una ideología “comunista”.

Los memes, las parodias y otras burlas no se hicieron esperar. Para muchos, llamar “comunista” a la nueva propuesta pedagógica y a los libros de texto dizque “gratuitos” (que no lo son, pues los pagamos con nuestros impuestos) era hiperbólico por decir lo menos, o de plano, total histrionismo.

¿Pero cuál es la verdad? Tras haber leído todos los libros de primaria con la ayuda del equipo de Investigación de FIA, puedo resaltar algunas cosas: los libros de texto sí contienen lecciones y opiniones que atacan al mérito individual y promueven una mentalidad colectiva (llamar a hacer actividades en “asamblea”, “plenarias”, etcétera). De igual manera se incluyen lecciones contra la libertad de mercado, la propiedad privada y otros temas que van en contra del liberalismo económico. 

Al final, estos libros -más que adoctrinadores- son mediocres y poco aptos para preparar a los niños mexicanos para los empleos del futuro. Se incluyen sólo decenas de páginas sobre matemáticas y ciencias exactas (dentro de miles de páginas totales); se promueven las lenguas indígenas sobre otros idiomas como el inglés; no se considera la informática ni la computación, entre otros temas.

Ahora bien, el problema real se encuentra en los manuales para los docentes (Un Libro Sin Recetas Para La Maestra y El Maestro) donde la ideología de corte marxista se desborda a borbotones. Estos manuales son aquellos que todos los maestros deben leer y estudiar para después llevar esos aprendizajes al aula. 

Sin más rodeos, vayamos a los ejemplos, no sin antes hacer una aclaración: aunque los manuales están totalmente repletos de una ideología trasnochada, por espacio sólo podré compartir algunos pocos detalles sobresalientes. ¡Adelante, pues!




“Debemos entender que (la) libertad individualizada es un concepto que violenta la construcción de comunidad y genera dinámicas de enajenación que deben cuestionarse”. (Fase 3, p.11)

“(Hay) otras maneras de entender la libertad: una libertad colectiva, una libertad social y comunitaria que no centre su atención en una propuesta individualista, meritocrática y clasista que se justifique en la aparente búsqueda de la identidad”. (Fase 3, p.11)

“La educación es un acto político para la transformación social” (Fase 4, p.3)

“¿Desconoce que, bajo un modelo neoliberal, sólo son promesas populistas, proselitistas, las ideas de democracia, movilidad social, estabilidad económica, servicios educativos y culturales equitativos?” (Fase 3, p.34)

“¿Reconoce que es posible una sociedad alternativa y que ésta se puede conseguir a partir de la lucha contra los oponentes de clase?” (Fase 3, p.35)

Lo más lamentable de este asunto es que como mexicanos no deberíamos estar condenados a este tipo de educación. Existen países que han decidido apostar al futuro: un futuro educativo marcado por la cultura del esfuerzo y la meritocracia. Un futuro donde los niños sobresalgan en ciencias exactas y matemáticas. Donde los aprendizajes del mundo y de otras culturas sean la norma para crear un país próspero.

Ahora que México está afilando los cuchillos para realizar un harakiri y asesinar su futuro, sólo hay dos opciones de salvación: Detener a la Nueva Escuela Mexicana… ¡o que los maestros resulten ser tan flojos que ni siquiera lean esos manuales!