24/3/25

LA ESPIRAL FATALISTA DE LOS ULTRAS

¿Está Europa condenada a ser devorada por la ultraderecha? La respuesta, por el momento, parece ser negativa.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú




Ahí les va un dato sorprendente: en los últimos 15 años, la ultraderecha ha pasado de ser una anomalía política a convertirse en la fuerza dominante en Europa. Ya no son los conservadores ni los socialdemócratas los que dominan el discurso público, sino los nacionalistas, populistas y radicales. El último gran terremoto vino en Alemania, donde el partido Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo el segundo lugar en las elecciones federales de febrero. Para los que todavía creían que la historia reciente de Alemania los protegería del extremismo, parece ser hora de repensar sus convicciones.

¿Pero cómo fregados llegamos aquí? De acuerdo con The Economist, las razones que explican el auge de la “derecha dura” (hard right) no son sencillas de descifrar. Hay quienes dicen que todo comenzó con la crisis financiera del 2008, pero la evidencia para respaldar esto es bastante mixta: hoy Europa es más rica que nunca y los efectos de esta crisis han quedado superados.

Otro argumento apunta a la migración masiva de África y el Medio Oriente. Pero esta hipótesis también es imperfecta. En Alemania, por ejemplo, el grueso de los votos para Alternativa para Alemania (AfD) provino de regiones con muy poca inmigración, particularmente de la zona oriental del país.

La hipótesis de The Economist es que la nueva realidad política europea debe entenderse como consecuencia de numerosas crisis que han minado gradualmente la confianza de los electores hacia los partidos tradicionales; y que, incluso si Europa es cada vez más rica, persiste una ansiedad por la seguridad económica y la pérdida de estatus social. Esto hace susceptible al electorado a cambios culturales o sociales como la migración, incluso si ésta está ocurriendo muy lejos de sus comunidades.

Ahora viene la pregunta del millón de euros: ¿está Europa condenada a ser devorada por la ultraderecha? La respuesta, por el momento, parece ser negativa. Porque, hasta ahora, los partidos tradicionales han logrado mantener un “muro de fuego” para evitar que los ultras lleguen al poder en la mayoría de los países europeos. Esto significa que incluso con un segundo lugar en las votaciones, los radicales suelen no encontrar aliados para formar una coalición gobernante (ver los casos de Francia, España y Holanda).

Pero hay un factor bastante irónico en esta situación: porque por más impresionantes que sean los avances de los ultras en los últimos años, la base electoral de estos partidos está desapareciendo gradualmente, debido a un círculo vicioso de autodestrucción.

La periodista Amanda Taub explica en The New York Times el caso paradigmático de Alemania y esta “espiral fatalista”. En las elecciones pasadas, la AfD recibió la mayor cantidad de votos en la zona Oriental del país, la cual –todos ustedes saben– es la zona exsoviética que nunca logró integrarse del todo y hoy mantiene un desarrollo inferior a la zona Occidental.

Estos factores económicos han causado que miles de jóvenes profesionistas abandonen esta región para buscar oportunidades económicas en ciudades del oeste. Esto a su vez genera comunidades menos dinámicas, economías locales estancadas y con una población envejecida y en declive. El círculo vicioso continúa, porque esta realidad a su vez genera que los partidos tradicionales inviertan menos atención y recursos en estas zonas relegadas, lo que sirve como gasolina para el discurso de resentimiento que promueven los partidos como AfD.

Esta espiral fatalista se completa con el tema migratorio. Porque son precisamente los partidos de ultraderecha los que rechazan con mayor vehemencia la llegada de migrantes a sus países; el único factor fundamental que podría ayudar a estas comunidades abandonadas a recuperar su dinamismo económico y una vida social más vibrante.

Si quieren una buena noticia, quizá pueda ser que con sus políticas antimigratorias, la ultraderecha está cavando su propia tumba. La tragedia es que en el corto plazo, los partidos ultras están condenando a millones de personas a una vida de estancamiento, declive, resentimiento y frustración. ¿Cómo escapar de esta espiral fatalista? Esa respuesta se las dejo de tarea.

10/3/25

UN DICTADOR CON CUALQUIER OTRO NOMBRE…

La lección aquí es clara: el autoritarismo nunca debe ser visto como un puente hacia la libertad. 


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú



Existen conceptos que utilizamos de manera cotidiana, pero cuyo origen rara vez cuestionamos. Uno de ellos es el “neoautoritarismo”, un término que se ha vuelto común para describir a los regímenes dictatoriales que han surgido en las últimas décadas alrededor del mundo.

Por eso me llamó la atención un artículo del escritor Chang Che en The New Yorker (“The Father of Chinese Authoritarianism Has a Message for America”) que nos explica cómo “neoautoritarismo” es un concepto relativamente nuevo y que -de hecho- puede atribuirse a una persona en particular: Xiao Gongqin, hoy un académico retirado que vive en Shanghái.

La historia detrás de este término es reveladora. Después del desastre económico, político y humanitario provocado por el régimen de Mao Zedong (1949-1976), China necesitaba urgentemente un nuevo rumbo para salir adelante. El desafío consistía en establecer un nuevo sistema político que evitará el mesianismo demencial de Mao, que mantuviera el control político sobre su población, pero que al mismo tiempo permitiera el crecimiento económico. Esto llevó a Deng Xiaoping a iniciar un proceso de apertura y liberalización económica, pero sin acercarse a la apertura democrática de Occidente. 

Fue en este contexto cuando Xiao encontró inspiración en el éxito logrado por los gobiernos autoritarios de Corea del Sur y Singapur, que habían encontrado el delicado balance que ahora buscaba Xiaoping: crecimiento económico sin democracia. De esta manera, acuñó el concepto de “neoautoritarismo” en una conferencia que impartió en la década de 1980, sosteniendo que en momentos de grandes y profundas transformaciones, las sociedades necesitan de un líder fuerte para estabilizar el caos pero sin abrir inmediatamente la puerta a elecciones libres u otros derechos civiles o políticos.

Sin embargo, su planteamiento contenía una premisa clave: Xiao creía que una vez superada una etapa de crisis, el modelo autoritario de China debería comenzar a relajarse gradualmente para transitar hacia una era democrática, precisamente como ocurrió en Corea del Sur y Singapur. 

La historia nos demuestra que esto no ocurrió. En 1989 el gobierno chingo aplastó violentamente las protestas estudiantiles en Tiananmen que demandaban más libertades y desde la llegada de Xi Jinping al poder en 2013, China ha experimentado un regreso al mesianismo, al totalitarismo y a un culto a la personalidad del Gran Líder.

El propio Xiao acepta que existen peligros y contradicciones en su teoría. Aunque sigue creyendo que el autoritarismo puede ser un vehículo hacia la democracia, reconoce los peligros inherentes de depositar tanto poder en un solo individuo. El gran dilema, dice él, es que no hay garantías de que el líder autoritario elegirá el camino correcto o actuará con sabiduría. Y claro, entre la teoría y la práctica hay un largo camino, más cuando se debe tratar con humanos falibles, ignorantes o simplemente corruptos.

Estos errores en la teoría de Xiao han ocurrido también fuera de China. Regímenes “neoautoritarismo” como el de Vladimir Putin comenzaron siguiendo la visión de Xiao antes de descarrilarse. Recordarán que Rusia entró en una época de caos y turbulencia tras el colapso de la Unión Soviética, para después encontrar a un líder autoritario (Vladimir Putin) que logró restablecer el orden. Pero en vez de abrir una ventana hacia la democracia, hoy Rusia es una cleptocracia sin posibilidad de reforma. Algo muy similar podría estar ocurriendo en Estados Unidos con la llegada de Donald Trump.

La lección aquí es clara: el autoritarismo nunca debe ser visto como un puente hacia la libertad. Porque aunque podamos citar un puñado de países dictatoriales que lograron transitar hacia una democracia, el autoritarismo generalmente representa un camino que, una vez recorrido, rara vez permite dar marcha atrás.

Así que para todos los que buscan a un “hombre fuerte” que les solucione las broncas de su país, sólo queda recordarles: mucho cuidado con lo que desean.