24/2/25

EL CAMINO HACIA LA ETERNIDAD

La Historia no está escrita de antemano, que no tiene un destino preestablecido y que tampoco se encuentra atrapada en un círculo eterno.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú




Una de las grandes tragedias de la historia reciente de México fue caer en la trampa de la “política de la inevitabilidad”. Este concepto, desarrollado por el historiador Timothy Snyder en su libro "El camino hacia la no libertad", describe la manera en que a finales del siglo XX, diversas democracias occidentales adoptaron la creencia de que la historia seguía una trayectoria “inevitable” hacia una mayor democratización y expansión de los mercados. Si están familiarizados con la tesis del “fin de la historia” de Fukuyama, comprenderán a lo que se refiere Snyder.

En México, esta concepción errónea de la historia surgió tras la elección del año 2000. Con el fin de la hegemonía priista, se impuso una narrativa optimista: el país había entrado en una senda inevitable hacia la libertad y la democracia plenas. Sin embargo, como advierte Snyder, la política de la inevitabilidad requiere olvidar la historia y minimizar los problemas reales del presente. Si las leyes del progreso son inalterables y el futuro está garantizado, entonces no hay nada que debamos o podamos hacer.

Esta mentalidad lleva a tratar cada problema como un episodio menor dentro de la ruta hacia el progreso. Si hay pobreza, el mercado la corregirá con el tiempo; si hay descontento social o violencia, las instituciones democráticas las solucionarán por sí solas. La consecuencia de esta creencia es que “nadie es responsable, porque todos sabemos que los detalles se resolverán de la mejor manera posible”. Pero la historia nos demuestra que nada es inevitable, que los problemas no se solucionan espontáneamente y que el mercado no puede reemplazar a la política.

Cuando los problemas se acumulan y, en particular, cuando la movilidad social se detiene, la política de la inevitabilidad da paso a la “política de la eternidad”. Esta también es una visión distorsionada de la historia, pero con una diferencia clave: mientras la inevitabilidad promete un futuro mejor, la eternidad encierra a una nación en un ciclo de victimismo perpetuo. Como explica Snyder, “ya no existe una línea que se proyecta hacia el futuro, sino un círculo donde las amenazas del pasado regresan una y otra vez”.

Para que la política de la eternidad se instaure, primero debe bloquearse la movilidad social. Esto genera una sociedad incapaz de imaginar un futuro viable y allana el camino para la aparición de una oligarquía liderada por un caudillo que se presenta como el único salvador del país. Así sucedió en Rusia con la llegada de Vladimir Putin y es un fenómeno que también se observa en Estados Unidos con Donald Trump. 

En ambos casos, la política de la eternidad no promete un porvenir mejor, sino un regreso a un (falso) pasado glorioso e idealizado. En su afán por consolidar el poder, el Gran Líder destruye a las instituciones y establece un vínculo directo y sagrado entre el líder y el pueblo. El ejercicio del gobierno se convierte en un espectáculo basado en ficciones, mitos y crisis fabricadas, que sólo el Líder -naturalmente- puede solucionar. Al final, la política deja de ser vista como algo que “se hace” y se transforma en algo que simplemente “es”.

México cayó en la trampa de la inevitabilidad y hoy parece dirigirse hacia la trampa de la eternidad. Tal vez ya sea tarde para revertir el proceso, pero Snyder nos ofrece un consejo crucial: recuperar la historia. Porque recordar cómo ocurrió la desintegración democrática puede servirnos como manual para reparar lo que finalmente nos quede.

Al final, es importante recordar que la Historia no está escrita de antemano, que no tiene un destino preestablecido y que tampoco se encuentra atrapada en un círculo eterno. Cambiar nuestra historia depende de la voluntad, la acción y la responsabilidad de los ciudadanos. Porque la verdadera tragedia no es caer en la política de la eternidad, sino resignarnos a ella. 

Si queremos evitar que el país quede atrapado en un ciclo de victimismo, es momento de asumir la historia como un acto de construcción colectiva y no como una narrativa impuesta desde el poder.

10/2/25

EL CAMINO A TEHERÁN (VÍA DAMASCO)

Garantizar el éxito de Siria es la pieza clave para derrotar de una vez por todas a una de las teocracias más anacrónicas, oscurantistas y desestabilizadoras del mundo.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú



Si ustedes son fieles seguidores de este espacio, sabrán que hace dos o tres columnas les hablé de la importancia que tienen los primeros 25 años de cada siglo y cómo los eventos que ocurren en ese periodo de tiempo (por lo menos desde el siglo XIX) han marcado la pauta durante las décadas subsecuentes.

Cuando tocó el momento de hablar del siglo XXI, les comenté cómo los cismas en el escenario geopolítico (la entrada de China a la OMC y los ataques terroristas del 11 de septiembre) tuvieron consecuencias que trastocaron a todo el mundo y que seguro serán los que definirán los siguientes 75 años de historia. Mismo caso con las dos tecnologías que han transformado a la humanidad durante las pasadas dos décadas y media: los algoritmos de las redes sociales y la inteligencia artificial. 

Pero por falta de espacio tuve que omitir otra tendencia que me parece también de suma importancia: la transformación política e ideológica del Medio Oriente. Más allá de la invasión de Estados Unidos a Irak que logró destronar a una de las autocracias más sangrientas, la región entera ha visto una serie de cambios en los últimos 25 años que –de continuar– podrían dejarla irreconocible en las próximas décadas.

Estos cambios podrían resumirse en un abandono de las ideas panárabes y antiisraelíes que dominaron prácticamente la segunda mitad del siglo pasado y que mantenían a la región fuera de la globalización y en oposición hacia Estados Unidos. En cambio, hoy vemos a naciones como Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Qatar enfocados en la ultramodernización económica (más no todavía política) de sus países y colocándose muchas veces en la vanguardia tecnológica. De igual manera, se ha visto una búsqueda para normalizar relaciones con Israel (que inició con los Acuerdos de Abraham promovidos por Trump en 2020) que podría dar carpetazos a uno de los episodios más turbulentos de las últimas décadas.

En toda esta evolución regional sobresale de manera negativa la mal llamada “República” islámica de Irán. Un país que no sólo se ha mantenido al margen de estos cambios sino que ha buscado cualquier oportunidad para arruinar cualquier progreso regional. Más allá de seguir promoviendo una ideología islamista anacrónica y fanática, desde su creación en 1979 se ha dedicado a ser un agente del caos, patrocinando a grupos terroristas y milicias más allá de sus fronteras y causando toda clase de inestabilidad internacional.

Es por esto que los eventos ocurridos el año pasado podrían ser los que definan el futuro inmediato del Medio Oriente. No sólo Israel logró desmantelar a dos de los aliados más importantes de Irán (Hamas en la Franja de Gaza y Hezbolá en el Líbano), sino que concluimos el 2024 con la caída de otra dictadura afiliada al “Eje de Resistencia” de los ayatollahs iraníes. Todo esto –aunque en particular el impresionante colapso del régimen de Bashar al-Assad en Siria– ha dejado prácticamente sin aliados regionales a la teocracia de Irán, aislada políticamente y bajo asedio económico por parte de Estados Unidos y el resto de Occidente.

Ante esto, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca representa la oportunidad perfecta para poner el último clavo al ataúd a la dictadura islámica. Sé que el señor trae otras prioridades (por ejemplo, traer como piñata a México), pero es fundamental que se aproveche el momento histórico que se presenta: apoyar la supervivencia del nuevo gobierno en Damasco para que funcione como contrapeso regional, que se acelere la normalización de relaciones con Israel con sus vecinos y que se siga presionando políticamente y económicamente al régimen en Teherán.

Hoy Siria enfrenta inmensos retos y es posible que vuelva a desintegrarse en una guerra civil entre las diversas facciones militantes. Pero garantizar su éxito es la pieza clave para derrotar de una vez por todas a una de las teocracias más anacrónicas, oscurantistas y desestabilizadoras del mundo.

La historia nos ha demostrado que hacer predicciones sobre el Medio Oriente es un deporte de altísimo riesgo. Pero la oportunidad para ver a una región transformada es única y podría crear a un Medio Oriente prácticamente irreconocible de cómo inició el siglo XXI. ¡O claro… Irán podría conseguir armas nucleares y entonces ya valió madres todo!