27/1/25

EL NACIONALISMO ANTE EL ESPEJO DE TRUMP

Una cosa es que Trump sea un mafioso y un hijo de la chingada, y otra muy distinta es que mienta al señalar nuestra omisión en los asuntos básicos de seguridad y orden en nuestro país.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú



Para cuando lean esta columna, es posible que el flamígero discurso con el que Donald Trump arrancó su segundo mandato parezca un mal sueño causado por una fiebre tropical. Sin embargo, de lo que estoy completamente seguro es que durante el momento de escribir este texto (lunes 20 de enero) y el momento en que este ejemplar de Vértigo llegue a sus manos, el discurso predominante en nuestro México será uno cargado de patrioterismo masiosarista y de una exaltada defensa de la dignidad y soberanía de nuestra inmaculada Madre Patria.

Y es aquí donde rápidamente entramos en problemas. Porque, por más que nos incomoden el tonito o el modito del presidente Trump, la realidad es que su postura no debería de extrañarnos en lo más mínimo; ya que su discurso apunta a verdades que van más allá del racismo y la xenofobia (que -concedido- algo tiene el señor de ambas cosas).

Porque si queremos realmente hablar de nacionalismo mexicano y de enredarnos en la bandera como si fuéramos Juan Escutia, ese sentimiento debería surgir todos los días al ver el mugrero de país que tenemos… mugrero que hoy Donald Trump quiere que nos hagamos responsables (bajo amenaza de garrote) porque afecta directamente a su propia nación.

Es evidente que somos expertos en desempolvar nuestro nacionalismo cuando “los pinches gringos” nos amenazan. Pero este mismo sentimiento debería surgir todos los días al observar cómo nuestras autoridades renuncian a cumplir con su deber más elemental: proteger y garantizar la seguridad de los ciudadanos, tanto de su vida, como en su propiedad y libertad. 

Pero no sentimos esa indignación nacionalista cuando vemos al crimen organizado asesinar a 70 personas todos los días, o cuando extorsiona a cientos de empresarios mexicanos. Tampoco cuando somos testigos de las ruinas en que se ha convertido nuestra infraestructura pública, o cuando vemos cómo nuestros impuestos se pierden en dádivas o proyectos de dudosa viabilidad. 

Ese fervor patriótico tampoco apareció cuando desmantelaron el sistema de salud, ni cuando ideologizaron la educación pública. Mucho menos cuando los diputados se adjudicaron la “supremacía constitucional” para blindar judicialmente cualquier ocurrencia –o pendejada– aprobada en el Congreso.

Así que no nos hagamos tontos: si hoy queremos montar la bandera del patriotismo, no debe ser porque un líder mesiánico (y claramente desequilibrado) nos habló con desprecio y nos amenazó en su discurso inaugural. Debemos hacerlo para comenzar –de una vez por todas– a limpiar el muladar en que vivimos y rescatar a este país, que lleva décadas hundiéndose cada vez más.

Ahora bien, tampoco sugiero que debamos celebrar la llegada de Trump. Estoy seguro de que este señor causará un daño monumental al sistema liberal internacional; erosionará las alianzas que han garantizado estabilidad y paz en buena parte del mundo; encarnará lo peor del proteccionismo y el etnonacionalismo que hoy azotan a muchas naciones; y será una calamidad para millones de personas, tanto dentro como fuera de los Estados Unidos.

Pero una cosa es que Trump sea un mafioso y un hijo de la chingada, y otra muy distinta es que mienta al señalar nuestra omisión en los asuntos básicos de seguridad y orden en nuestro país.

A nadie le gusta que un vecino lo insulte y lo trate con desdén. Pero el problema más grave es que nosotros mismos nos insultamos y nos faltamos al respeto cuando no exigimos a nuestro gobierno resultados y rendición de cuentas para salir del caos en el que estamos inmersos.

Eso sí que es nacionalismo y no meras trumpadas.

13/1/25

EL CUARTO CRECIENTE: 25 AÑOS DEL SIGLO XXI

Cumplimos 25 años de disrupciones que marcarán la pauta para los próximos 75 años de este siglo (si es que logramos sobrevivir)


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú



Pues bueno muchachos… ¡bienvenidos al 2025 y felicidades por sobrevivir al primer cuarto del siglo! Y antes de que rezonguen, sí… yo sé que hablar de “un cuarto de siglo” es un hito totalmente arbitrario. Pero somos sapiens… y a los humanos nos gustan este tipo de cosas y se chingó.

Dicho lo anterior, tampoco quisiera ponerme cabalístico ni numerólogo con ustedes (¡faltaba más!), pero sí creo que debemos tomarnos un minuto para analizar la importancia que han tenido estos primeros 25 años recorridos. Porque algo cierto es que por lo menos en los últimos dos siglos, estos primeros 25 años han sido los que han marcado la pauta de su época. 

¿No me creen? Vayamos entonces al primer cuarto del siglo XIX. Si vemos el panorama Latinoamericano, tenemos a todos los territorios del Imperio Español conspirando para separarse de la Metrópoli. Para 1825, prácticamente todos habían logrado su independencia, llevando a la región entera a una espiral de caos que tardó muchas décadas en terminar (y que en algunos casos sigue irresuelta).

Por su parte, Estados Unidos pasaría de ser un pequeño territorio independiente a iniciar su expansión hacia el oeste con la Compra de Louisiana (1803); evento que culminaría después con su merienda de la mitad del territorio mexicano y con la imposición de la Doctrina Monroe en todo el continente, transformando hasta hoy el escenario geopolítico latinoamericano.

Del otro lado del Atlántico vemos a una Europa todavía en efervescencia por la Revolución Francesa y a punto de iniciar las guerras napoleónicas (1803-1815) que cambiarían radicalmente la composición económica, política y diplomática del continente durante los próximos 100 años.

Cruzando de siglo, vemos que el siglo XX nos ofrece también una situación igual de transformadora. En los primeros 25 años tuvimos la Revolución Mexicana (1910) que cambiaría el perfil ideológico, cultural y político de nuestro país con consecuencias hasta la actualidad. En Europa explotaría la primera gran guerra con repercusiones mundiales (1914-1918), y la primera gran pandemia con alcance global (1918-1920). Vimos la Revolución Bolchevique devorar a la dinastía Romanov (1917) y crear un imperio comunista con una de las ideologías más nefastas y sangrientas de la historia; y en Italia veríamos el ascenso de Benito Mussolini y el fascismo (1922), que abriría las puertas a otro de los episodios más sangrientos en la historia.

Ahora bien: ¿Algo de trascendencia similar ocurrió en el primer cuarto del siglo XXI? ¡Por supuesto! En México iniciamos el nuevo siglo con la transición democrática que implosionó apenas 18 años después con el regreso de un partido hegemónico.

A nivel internacional, el primer gran cisma ocurrió en 2001 con los ataques terroristas del 11 de septiembre en Nueva York y Washington DC que transformarían la visión liberal de Estados Unidos en algo más oscuro, paranoico y violento. A finales del 2001 también vimos el ingreso oficial de China a la OMC, pavimentando su camino para ascender como superpotencia comercial y creando las condiciones para una nueva Guerra Fría que dominará el escenario internacional por los próximos 75 años.

Pero quizá los eventos más importantes han sido el desarrollo de dos tecnologías: los algoritmos que dominan a las redes sociales y la inteligencia artificial. La primera ha transformado por completo las relaciones humanas, llevando a la polarización social y la ubicuidad de las noticias falsas, teorías de conspiración y otros contenidos tóxicos. De la inteligencia artificial aún no conocemos sus últimas consecuencias, pero viendo el avance logrado en tan pocos años, podemos esperar un terremoto cultural, laboral, político y económico de dimensiones nunca antes vistas.
 
Ahí lo tienen: 25 años de disrupciones que continuarán marcando la pauta para los próximos 75 años que le restan a este siglo (si es que logramos sobrevivir). Por lo pronto, yo los invito a que sigan reflexionando sobre el camino recorrido hasta ahora. Porque como diría Alex Lora: “Recordar es vivir, y todos queremos vivir más”. ¡Salud, raza!