21/10/24

¿AHORA SÍ EXTRAÑAN AL IMPERIO?

Ahora que conmemoramos los cuatro años de la salida del Imperio Yanqui de Kabul vale la pena revisar cómo va el Paraíso Islámico en Afganistán.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


Ya van varias veces en mi vida que la gente me ha acusado de ser un “maldito gringofílico”. Ya sea porque soy regiomontano; porque mis vacaciones de la infancia las pasaba mayoritariamente en la Isla del Padre; o quizás porque siempre he sostenido que por más que nos quejemos del Imperio Yanqui, éste representa el mejor (o menos peor) de los actores que podrían aspirar a la hegemonía internacional y el mejor (o menos peor) defensor el orden internacional y el liberalismo democrático.

Una de las ocasiones cuando se me confrontó con mayor vehemencia con este adjetivo fue hace aproximadamente tres años, cuando el ejército de Estados Unidos tuvo su salida desordenada y deshonrosa de Afganistán. En ese entonces todos hablaban del fracaso que había representado la invasión y ocupación estadounidense; cómo  se habían perdido miles de vidas y desperdiciado miles de millones de dólares. 

Yo argumenté en ese momento que este enfoque era equivocado. Que el fracaso de la ocupación era una tragedia y que el regreso del Talibán sería una calamidad para la población entera, especialmente para las mujeres. Un año después, en el 2022 (ver “¡Afganistán ya Valiomadristán” en Vértigo #1109) describí de manera muy poética la realidad que enfrentaban los afganos a un año de tener a sus nuevos patrones talibanes: la situación estaba “¡de la chingada!”.

Ahora que conmemoramos los cuatro años de la salida del Imperio Yanqui de Kabul (el pasado 30 de agosto) vale la pena revisar cómo va el Paraíso Islámico libre de imperialismo al que muchos dieron la bienvenida. ¿Y qué dice el verdecito? Que si las cosas estaban de la chingada, ¡ahora están de la recontrachingada!

Porque desde el primer día era evidente que estos pelados no habían cambiado sus viejas mañas. Inmediatamente después de tomar el poder, este grupo de fanáticos religiosos misóginos y oscurantistas volvieron a imponer restricciones contra las mujeres afganas: prohibirles estudiar más allá del sexto grado; prohibirles trabajar; imponer la burka que cubre por completo su cuerpo; y prohibirles salir a la calle sin acompañantes hombres.

Pero cuando se trata con extremistas y retrógrados las cosas sólo pueden empeorar. Y el pasado 23 de agosto, el gobierno talibán recrudeció sus esfuerzos por hacer más miserable la vida de las mujeres. 

Con la publicación formal (ahora con consecuencias penales) de un paquete de leyes “sobre el vicio y la virtud”, estos terroristas del género ahora obligan a las mujeres a cubrirse el rostro en todo momento para evitar “causar tentación”; se les prohíbe mirar a hombres que no sean sus familiares; se les prohíbe usar ropa ajustada, maquillaje o perfumes; y de manera más orwelliana, el Talibán también proscribió el sonido de voces femeninas en público, por lo que ahora nadie con un cromosoma XX podrá cantar, recitar o hablar en voz alta incluso desde el interior de su casa.

Pero en un giro inesperado (y bastante irónico), los Talibanes también han comenzado a restringir la comodidad de los hombres que –hasta ahora– habían disfrutado una relativa comodidad en sus vidas diarias. Porque dentro de las leyes publicadas en agosto, a los hombres también se les prohíbe andar rasurados (la barba debe medir mínimo un puño de largo); utilizar ropa occidental (adiós mezclilla o tennis); portar un corte de cabello “no islámico” (o sea, pelo corto); y mirar a cualquier mujer que no sea su esposa o familiar. Si cometen adulterio, también podrían ser condenadas a muerte como las mujeres (¡equidad de género!). Todo esto vigilado por la muy honrada y distinguida “policía de la moralidad”. Oh sí… ¡el karma es una perra, compadres!

Así que felicidades a todos los que celebraron la derrota del imperialismo yanqui en Afganistán, que por lo menos había impulsado la profesionalización, la educación y la igualdad de las mujeres. Ahora les corresponde a ustedes defender a un gobierno intolerante, dogmático, sectario e inflexible que seguramente seguirá por años imponiendo un literal “apartheid de género”.

¿O qué?… ¿No me digan que ya empezaron a extrañar al Imperio?

7/10/24

TERROR CELULAR

Hoy nos encontramos inmersos en un nuevo “pánico moral”, similar a lo que ha ocurrido con los videojuegos, el porno o las películas violentas.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú



Hoy nos encontramos inmersos en un nuevo “pánico moral”, similar a lo que ha ocurrido con los videojuegos, el porno o las películas violentas. ¿El gran villano moderno? Las redes sociales y sus perversos algoritmos que están destruyendo las frágiles mentes de la juventud; arrastrándola a una vida de inestabilidad y miseria.

El psicólogo social Jonathan Haidt es uno de los principales promotores de esta hipótesis. En su libro “The Anxious Generation”, argumenta que el auge de los smartphones y el uso excesivo de redes sociales está literalmente “recableando” el cerebro de los chamacos y esto se ha traducido en altos niveles de depresión, ansiedad y suicidios.

A simple vista, su argumento suena plausible. Estoy seguro que todos ustedes han sido susceptibles a los riesgos de las redes sociales; donde uno puede perderse por horas viendo videos estúpidos que nos hacen perder el tiempo (en el mejor de los casos) o que nos generan toda clase de inseguridades al comparar nuestros cuerpos o estilos de vida con los de personas que ni siquiera conocemos. Y si esto nos pasa a nosotros que somos adultos inteligentes… ¿Qué no causará a los morros estúpidos?

Pero el tema se complica cuando uno se adentra en los datos duros. Como explica David Wallace-Wells en The New York Times, un aspecto que muchos ignoran es que justo cuando Facebook, Instagram y otros estaban cambiando sus algoritmos para hacerlos más adictivos, el gobierno de EE.UU. también estaba reformando la manera en la que atendía y medía las enfermedades psicológicas. 

Por ejemplo, en 2011 -justo con el auge masivo de las redes sociales- el Departamento de Salud de EE.UU. recomendó por primera vez que los adolescentes se hicieran pruebas anuales de depresión y exigió que los seguros las cubrieran; esto hizo que los casos de depresión aumentaran. En 2015, los hospitales comenzaron a clasificar de manera distinta las heridas autoinfligidas de las accidentales, lo que terminó por duplicar los registros de autolesiones en todos los grupos demográficos. Un aumento similar también ocurrió cuando se actualizó la clasificación de “ideación suicida”.

Ahora bien, las tasas de suicidio entre los jóvenes estadounidenses sí han estado aumentado en la última década, pero esta es una tendencia que se ha visto en casi todas las demografías. Y como indica Wallace-Wells, cuando uno revisa las estadísticas de otros países desarrollados, las tasas de suicidio adolescente han permanecido estables o incluso han disminuido. ¡Y eso que todos usan las mismas redes sociales!

¡Bueno!, dirán ustedes, ¡pero no todo es autolesión o suicidio! De acuerdo… y como argumenta Haidt, las tasas de depresión y ansiedad sí han aumentado entre los adolescentes alrededor del mundo.

Pero aquí nos enfrentamos a otro problema, porque resulta muy difícil separar los aumentos en las tasas de enfermedades psicológicas con la creciente conciencia y desestigmatización que existe hacia la salud mental en el mundo desarrollado. O dicho de otra manera, entre más atención le pongamos a una enfermedad, más casos vamos a encontrar de esa enfermedad.

Al final nos encontramos en un pantano de datos y estadísticas, donde la imagen que surge depende de cómo se mida un fenómeno. Todo esto nos impide tener una conclusión clara o llegar a un veredicto final. 

Pero entonces… ¿Esto significa que los morros están a salvo? ¡Definitivamente no! Estoy seguro que los chamacos de hoy enfrentan toda clase de presiones, inseguridades y miedos que nosotros (los adultos) ni siquiera comprendemos; y yo jamás pagaría por regresar a ser un adolescente en este momento del siglo XXI. 

¿Pero qué debemos hacer? Creo que la respuesta es muy sencilla: ¡Hay que dejar de joder y atosigar a los adolescentes! Porque les aseguro que estar medicándolos con pastillas y sobreprotegiéndolos sólo va a empeorar sus vidas y su situación psicológica. 

Y bueno… si van a prohibir los celulares en las escuelas (como ya ocurre en varios estados de EE.UU.), a mí me parece muy bien: queda claro que los niños están demasiado distraídos y no están aprendiendo una chingada.