17/6/24

¡AVE IMPERATRIX!

No queda ninguna duda: Claudia Sheinbaum será la presidenta más poderosa de los últimos 40 años. Pero su “estilo personal de gobernar” es todavía un enigma.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú



Pues qué les digo… ¡Fue Claudia! ¡Y por un chingo! 

Esto ya lo sabían y también todo lo que se ha dicho en torno al 2 de junio: sobre los espejismos de una ganadora distinta que al final se disiparon; sobre la Marea Rosa que se convirtió en un riachuelo; y sobre cómo parte de la comentocracia mostró una absoluta ignorancia de las verdaderas necesidades, anhelos y prioridades del electorado.

Hay profundas cavernas sociológicas que podemos (¡y debemos!) explorar durante los próximos seis años. Pero una cosa es segura: la doctora Sheinbaum logró un resultado avasallador y será la próxima presidenta (con todas las de la ley) en menos de tres meses. Habiendo reconocido esto, sólo queda realizar un poco de periodismo adelantador e intentar prever lo que ocurrirá en los próximos meses.

Primero, agreguemos un preámbulo que podríamos titular “El invierno del patriarca”. Porque no olviden que el presidente López Obrador sigue en Palacio Nacional y aún tiene un último acto en esta obra. En los poco más de 100 días que le quedan a su sexenio, 30 de ellos los gobernará con un nuevo Congreso controlado por su partido.

¿Qué podemos esperar de esto? La respuesta me parece clara: la aprobación de todas (o casi todas) las reformas que nos adelantó el pasado 5 de febrero. Entre ellas: 1. La reforma electoral (elegir a consejeros del INE por voto popular; bajar a 30% la participación para que las consultas sean vinculantes) 2. La reforma eléctrica (preeminencia de la CFE) 3. Dejar a la Guardia Nacional bajo el mando de la SEDENA. 4. La reforma judicial (reducir el número de magistrados en la Suprema Corte y elegirlos por voto) 5. Eliminar organismos autónomos (INAI, IFT, COFECE, CRE, CNH, etcétera).

Pero dejando atrás este preámbulo, llegamos finalmente al 1º de octubre. Claudia Sheinbaum toma protesta, recibe la banda presidencial y de ahí se va a Palacio Nacional. Llega a su escritorio y encuentra un montonal de carpetas con el rótulo de “URGENTE”: la expansión del crimen organizado; un sistema de salud que sigue trastabillando; obras que requieren subsidios (AIFA, Tren Maya, Dos Bocas, Mexicana de Aviación) y que están bajo el control de las Fuerzas Armadas; la negociación del Presupuesto 2025, con la necesidad de hacer recortes para reducir el déficit; una crisis migratoria; y claro, la elección en Estados Unidos a un mes de distancia.

Pero Claudia llega también con un arsenal de poderes constitucionales y metaconstitucionales. En primer lugar su legitimidad absoluta tras haber logrado la mayor votación en la historia de México; la ya mencionada mayoría en el Congreso; 24 de 32 gubernaturas aliadas; una mayoría en los congresos locales; y el control de la Suprema Corte, ya sea por una reforma o simplemente porque en diciembre el ministro Luis María Aguilar abandona su puesto y será reemplazado.

La nueva presidenta también hereda un marco legal que podrá utilizar a discreción: el nuevo poder de amnistía; la posible ampliación de delitos que ameritan prisión preventiva (incluyendo el ambiguo crimen de “fraude fiscal”); y nuevas limitaciones al derecho al amparo.

No queda ninguna duda: Claudia Sheinbaum será la presidenta más poderosa de los últimos 40 años. Y a pesar de que su “estilo personal de gobernar” es todavía un enigma, esto no significa que debamos caer en pánico o en histrionismos. ¡Nada de eso!

Millones de mexicanos le dieron su voto de confianza para definir el rumbo que tomará el país; y sólo queda confiar en que Claudia decidirá que ese destino sea un puerto más democrático. Bien dice un viejo adagio: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Yo espero que la nueva presidenta lo tenga en mente el 1 de octubre.

Y para todos aquellos que aún ven con recelo al nuevo gobierno, sólo queda decirles que en este juego de la democracia a veces se gana y a veces se pierde. Todos debemos aceptar los resultados avalados por el árbitro y si acaso… quizás buscar alivio en las palabras de los antiguos gladiadores: ¡Ave Imperatrix, morituri te salutant!

3/6/24

LA BANALIZACIÓN DE LA LOCURA

Los medios de comunicación han fallado una y otra vez a la hora de cubrir la demencia del candidato Republicano.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú



Para cuando lean esto la elección en México habrá concluido y tendremos una presidenta electa. Pero debido a los tiempos de entrega que impone el dios Vértigo, no tengo idea de quién ganó ni tiene sentido especular sobre el tema. Así que… ¡a otra cosa, mariposa!

Volteemos mejor hacia el norte, donde en seis meses los gringos tendrán su propia elección presidencial. ¿Qué ha ocurrido allá mientras aquí padecíamos de una lobotomía generalizada? Pues todo parece indicar que Donald Trump hará pomada a Joe Biden en noviembre.

Casi todas las encuestas sobre aceptación o intención de voto muestran a Trump superando al actual presidente. ¿Cómo es esto posible? Ahórrense sus comentarios: yo sé que Biden no ha sido el presidente más enérgico, ni el más coherente, y sí, a veces se tropieza. Pero es un despropósito comparar su ineptitud con la del otro imbécil. 

Como indica el politólogo Brian Klaas, Trump es un candidato que incitó a una insurrección violenta, buscó violar la constitución múltiples veces; pidió al Ejército disparar contra manifestantes; cometió diversos fraudes para su enriquecimiento personal; defendió a grupos racistas; ha flotado la idea de ejecutar a sus enemigos políticos y a quienes cometan delitos menores; fue declarado responsable de una violación sexual; hoy está en juicio por violar la ley electoral, y enfrenta también otros 88 cargos federales. 

Vuelvo a preguntar: ¿Cómo es preferible alguien de esta calaña a Biden?

Klaas dice que esto se debe a la “banalización de la locura”, donde los medios de comunicación han fallado una y otra vez a la hora de cubrir la demencia del candidato Republicano. La banalización de la locura “ha deformado a la política norteamericana, donde cada vez menos votantes reconocen que tan trastornado, delirante y peligroso es Donald Trump... porque la prensa rara vez informa sobre su locura rutinaria”, dice Klaas.

Esto se relaciona con la “habituación” que mencioné en una columna reciente (“Habituarse al Horror”; Vértigo #1203), donde expuse cómo podemos acostumbrarnos a todo mientras un evento suceda de manera gradual y escalonada. Así podemos habituarnos a las mentiras, pero también a la crueldad e incluso al horror.

Pues igual podemos habituarnos a la locura. Como indica el periodista  Charles Sykes, Trump ya no es “un acertijo ni un enigma”, pues durante años ha mostrado en público su verdadera esencia: “su adulación por los autócratas del mundo, su amenaza de abandonar a los aliados geopolíticos, su desprecio por el estado de derecho, y su intención de usar al gobierno federal como instrumento de venganza”. 

Pero nada de esto genera interés ni titulares, mientras que un tropiezo de Biden amerita las ocho columnas de un periódico. Esta es la banalización de la locura, donde la sociedad y la prensa se han acostumbrado y han dejado de percibir como peligrosos la demencia y los delirios autoritarios de Trump. Después de ocho años en los reflectores políticos, Trump es responsable de tantos atropellos a la dignidad y a la razón que uno simplemente se vuelve sordo ante un nuevo escándalo.

¿Qué se puede hacer? Klaas propone dos soluciones: primero, la prensa debe reconsiderar lo que considera “noticioso” (newsworthy) y “tiene una obligación de comunicar la magnitud de algo y no sólo la novedad”. ¿Realmente es más importante un desliz verbal de Biden que la sociopatía autoritaria de Trump? Pero más importante, los medios deben cubrir cada una de las locuras y delirios que cometa el candidato Republicano, aunque algunos crean que esto “amplifica” su mensaje.

Porque el peligro autoritario es real y los gringos no parecen dimensionar el desastre que representará una segunda administración de Trump. Así que requerimos más exposición a su retórica cruel, delirante y antidemocrática; apostando a que cada día un mayor número de votantes escuchen lo que realmente dice este orate y se alejen de su discurso de odio. 

Aún faltan seis meses para la elección… ¿Logrará triunfar la decencia y la razón?