26/2/24

LA ERA DEL CISNE NEGRO

Hoy más que nunca debemos estar preparados para enfrentar la complejidad y el caos que conlleva vivir en la Era del Cisne Negro.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú




¿Nos estamos volviendo locos o en realidad estamos viviendo en una era particularmente inestable? La pregunta no es ociosa. En los últimos años el mundo parece haber entrado en un periodo de crisis perpetua, donde cada vez más seguido nos enfrentamos a eventos desestabilizadores de proporciones globales. 

Para el autor y académico Brian Klaas, la respuesta a la segunda parte de la pregunta inicial sería un rotundo “sí”. Claro que estamos viviendo en una época más turbulenta que antes; y la razón de esto –dice Klaas– es relativamente sencilla: entre más avanzamos como civilización, más nos interconectamos en términos comerciales, financieros, políticos, culturales y sociales. Esto significa que cualquier error o problema en alguna parte de esta larga cadena, invariablemente repercutirá en el resto. 


Para entender este proceso, Klaas se remite a la teoría del caos. ¿Qué es exactamente esta “teoría del caos”? Es una manera de explicar cómo cualquier cambio –por minúsculo que sea– en alguna variable de un modelo puede tener consecuencias enormes. Esto se utiliza generalmente en las ciencias exactas (principalmente en el estudio de los sistemas dinámicos), pero también puede ser utilizado para entender cómo se transforman las sociedades y la historia humana.

Porque como bien indica Klaas, basta revisar cualquier evento histórico para darnos cuenta de cómo todos somos al final del día esclavos “de acontecimientos pequeños, aparentemente arbitrarios o accidentales”. Son estos eventos fortuitos (Klaas los llama “flukes”) los que causan los cambios históricos.

Piénsalo un momento: hace 100 años eran contados los hechos que podrían tener repercusiones globales (la Revolución Rusa me viene a la mente). Pero hoy prácticamente cualquier “fluke” puede desestabilizar la vida como la conocemos: un barco se queda atorado en el Canal de Suez y el comercio global se desmadra por semanas; un comerciante en Túnez se prende fuego como protesta y durante años el Medio Oriente entra en caos; un pelado en Wuhan se come un taco de pangolín y da inicio a una pandemia que cobra la vida de 7 millones de personas.

Lo más preocupante es que este tipo de shocks parecen estar acelerándose. Porque si algo caracteriza a nuestra civilización es precisamente esa carrera por optimizarnos e interconectarnos cada vez más. Estos facilita el surgimiento de los “cisnes negros” (back swan events), que son eventos con consecuencias que nadie puede prever. Y entre más avancemos tecnológicamente (con la inteligencia artificial, etcétera), más aumentará nuestra vulnerabilidad a estos cisnes negros.

Para entender nuestra situación actual, Klaas usa como analogía el modelo “del montón de arena” (sandpile model) utilizado en una disciplina de la física conocida como “criticidad autoorganizada”. Lo que propone este modelo es que si vas sumando granos de arena uno por uno a un montón, eventualmente esa montaña llegará a un estado de criticidad, donde un sólo grano más causará una avalancha. “El problema con nuestra civilización es que está diseñada para empujar a ese montón de arena hasta su límite”, indica Klaas, haciendo que cualquier error pueda producir efectos impensables de magnitudes devastadoras.

Sumado a todos los peligros mencionados, yo quisiera agregar uno más: el aumento de regímenes autoritarios. Todos sabemos que los humanos por naturaleza requerimos de predictibilidad, rutinas y patrones, pero nuestra era actual es incapaz de proporcionarnos estabilidad. Y entre mayor sea la inestabilidad e incertidumbre a causa de estos cisnes negros, mayor será la tentación de elegir a líderes que nos prometen una ilusión de orden y certeza a cambio de nuestra libertad.

Ninguno de estos argumentos tiene el propósito de desincentivar el progreso tecnológico. Pero si queremos disfrutar las bondades de la tecnología, de la interconexión y del progreso, entonces no podemos cegarnos a las consecuencias. Hoy más que nunca debemos estar preparados para enfrentar la complejidad y el caos que conlleva vivir en la Era del Cisne Negro.

12/2/24

LOS TIEMPOS DE BABEL

Cuando las personas pierden confianza en las instituciones, pierden confianza en las historias que cuentan estas instituciones.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú




Hace tiempo platicaba con mi jefe, amigo ¡y sociólogo! Gabriel Díaz Rivera sobre la escurridiza naturaleza de la Verdad (así, con mayúscula). Digo escurridiza porque todos recordamos tiempos cuando -aunque no reinaba la cordura- existían ciertos parámetros comunes para la discusión, la reflexión y la argumentación. Hoy –por el contrario– vivimos inmersos en teorías de conspiración, fake news, “otros datos” y toda clase de desinformación. ¿Cómo llegamos a este punto? ¿Y podemos hablar realmente de “la Verdad” en la sociedad actual?

Para el psicólogo social Jonathan Haidt, vivimos un momento similar a lo ocurrido tras el derrumbe de la proverbial Torre de Babel: “desorientados, incapaces de hablar el mismo lenguaje o reconocer la misma verdad”. Y en The Atlantic señala a un culpable de esto por encima de todos los demás: las redes sociales.

Haidt apunta que los científicos sociales han determinado que se requieren tres factores para sostener a cualquier democracia funcional: 1) capital social; o extensas redes en la sociedad que generen confianza; 2) instituciones fuertes y; 3) historias compartidas. “Las redes sociales”, sentencia Haidt, “han debilitado a estos tres pilares”.

El annus horribilis en esta historia es el 2009, cuando Facebook introdujo la opción de “Like” y Twitter de “Retweet” (en 2012, Facebook se copiará con su botón de “Share”). A partir de entonces, las redes sociales dejaron de ser los espacios cerrados donde mantenías relaciones con un número limitado de amigos. Ahora podías compartir información con millones de personas, y cualquiera de tus posteos podía viralizarse y hacerte famoso (o infame) por unos instantes. 

Esto, dice Haidt, llevó a que millones de personas comenzaran a realizar performances, buscando siempre el mayor impacto y haciendo de sus “puestas en escena” una marca personal. Rápidamente las redes sociales se convirtieron en lugares más histriónicos y menos honestos. 

Si esto era un problema, todo empeora en 2013. Con ligeros cambios en los algoritmos, Facebook y Twitter comenzaron a “recomendar” el contenido que más interacciones generaba entre los usuarios; y obviamente este contenido fue aquel que causaba emociones polarizantes, como el enojo, el desprecio o la ira.

Por más de 10 años hemos vivido en este mundo: uno donde millones de usuarios buscan llamar la atención con contenidos impactantes, sesgados y mentirosos. Lo importante no es comunicar la verdad, sino generar interacciones.  Sumen a esto la agresividad que conlleva el anonimato digital; la hordas de “policías de la moralidad” que censuran cualquier opinión impopular; la creación de cajas de resonancias, silos de información y tribus ideológicas; y el torrente constante de desinformación. El resultado de todo esto es predecible: la fragmentación total de la realidad.

Al final, dice Haidt, “cuando las personas pierden confianza en las instituciones, pierden confianza en las historias que cuentan estas instituciones”. Si antes la sociedad se podía mirar y verse reflejada (a grandes rasgos) en un mismo espejo común, ahora el espejo está roto y cada quién elige en qué esquirla reflejarse. 

¿Podemos volver a un mundo anterior al 2013 o 2009? Por ahora no. Recuperar la fuerza de nuestro “sistema operativo epistemológico” social (Jonathan Rauch dixit) requiere transformar de raíz a las redes sociales; transformar a las instituciones políticas para que nuevamente generen confianza; regenerar la confianza en los expertos, en el pensamiento racional y en la evidencia; hacer a los medios de comunicación serios y profesionales un espejo común donde la sociedad pueda informarse. 

Todo esto tomará mucho tiempo. Pero de no avanzar en cualquiera de los factores anteriores sólo nos alejará más de cualquier tipo de “Verdad” compartida: donde todos hablemos un mismo idioma basado -mínimamente- en la racionalidad. Hoy nos queda aceptar que vivimos en los tiempos de Babel, y construir nuevamente una torre común será, por decir lo menos, una tarea de proporciones bíblicas.