18/12/23

TRUMP: FASCISTA

Nuestro problema es que tras años de hipérboles y exageraciones, el concepto de “fascista” ha perdido prácticamente toda su fuerza.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

En mi columna pasada les compartí mi docta opinión sobre cómo “genocidio” y “fascismo” han sido conceptos tan manoseados por analistas, pseudoanalistas y simples idiotas, que han perdido su intensidad y poder. Señalar esto no era simple pedantería o mamonería, ya que usar indiscriminadamente las palabras nos evita explotar su verdadera fuerza cuando estemos frente a una amenaza real.

Pues hoy estamos frente a una amenaza real y –gracias a todos los babosos catastrofistas que abusaron del lenguaje– nos encontramos sin municiones para combatirla. ¡Gran trabajo!

Me refiero a Donald Trump. Desde que inició su campaña en 2015 muchos se volcaron a calificarlo de fascista. Como presidente las cosas no mejoraron: que si quiso prohibir la entrada de inmigrantes: fascista. Que si fue amigo de Vladimir Putin y Kim Jong-un: fasicta. Que no condenó el racismo de sus seguidores: fascista. Que no detuvo a sus huestes cuando atacaron al Capitolio: fascita. 

Pero Trump no era fascista. ¿Un loco narcisista? ¡Seguro! ¿Desequilibrado mental? ¡Sin duda! ¿Con tendencias autoritarias? ¡Indudable! Pero hoy las cosas han cambiado. Desde que perdió la elección en el 2020, su comportamiento ha mutado para -ahora sí- considerarse cercano al fascismo.




Volvamos rápidamente a la descripción que hace el académico Tom Nichols para ver cómo sale librado Trump: [el fascismo] eleva al Estado sobre el individuo y establece un culto de personalidad alrededor de un líder carismático; glorifica el hipernacionalismo, el racismo y el poder militar; detesta al liberalismo democrático; utiliza los agravios históricos para atizar la lealtad al régimen; afirma que toda la actividad pública debe servir al régimen, que todo el poder debe concentrarse en el gran líder y que sólo el partido oficial puede ejercer dicho poder.

1. Eleva al Estado sobre el individuo y establece un culto de personalidad. Veredicto: ¡Altamente fascista! Hoy Trump es líder de un movimiento que parece secta fundamentalista. Todo se le perdona al gran líder, incluso su autoritarismo y sus tentativos crímenes. Se espera que use la maquinaria del Estado para perseguir a sus enemigos políticos y convertirse “en la venganza” de sus seguidores.

2. Glorifica el hipernacionalismo, el racismo y el poder militar. Veredicto: ¡Peligrosamente fascita! Trump dice representar al verdadero Estados Unidos en contraposición de los “marxistas” y “radicales” que buscan destruirlo. Ha coqueteado con el antisemitismo; y busca abusar del ejército, incluso amenazando con utilizarlo contra sus opositores.

3. Detesta al liberalismo democrático. Veredicto: ¡Claramente fascista! Rechazar los resultados electorales y descarrilar la transición pacífica del poder es evidencia suficiente.

4. Utiliza agravios históricos para atizar la lealtad. Veredicto: ¡Bastante fascista! Gran parte de su discurso se basa en la supuesta erosión de los valores tradicionales, religiosos y familiares; y los supuestos agravios contra la población blanca.

5. Toda actividad pública debe servir al régimen, todo el poder debe concentrarse en el gran líder y sólo el partido oficial puede ejercer el poder: Veredicto: ¡Algo fascista! Hasta ahora, Trump no ha promovido un régimen donde todo el poder sea ostentado por él mismo, pero sí busca dinamitar cualquier contrapeso e incluso ha dicho que abusará del poder para perseguir a sus enemigos. Ha clasificado a sus opositores como “parásitos” (recuerden el genocidio de Rwanda) y considera al partido Demócrata como una aberración de corruptos, pedófilos y marxistas.

Todo está bastante claro, pero nuestro problema es que tras años de hipérboles y exageraciones, el concepto de “fascista” ha perdido prácticamente toda su fuerza. Hoy nadie se inmuta frente a las locuras de Trump, pero su amenaza es más real que nunca y sus probabilidades de ganar en 2024 son altísimas. 

Recuerden que después de mentir y exagerar, Pedrito gritó una última vez: “¡Ahí viene el lobo!”... antes de ser devorado.

4/12/23

GENOCIDIOS LINGÜÍSTICOS Y FASCISMOS IDIOMÁTICOS

Utilizar indiscriminadamente las palabras reduce su fuerza y distorsiona nuestra comprensión de la realidad. 


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Algo fascinante sobre el lenguaje es su constante evolución. Pero nos guste o no,  debemos aceptar que existen ciertos conceptos que tienen una definición histórica o jurídica que es inmutable y que no podemos modificar a nuestro antojo.

Dos de estos conceptos son “fascismo” y “genocidio”, hoy magullados tanto por la izquierda como por la derecha;  por chairos y fifís; por gordos y flacos. Entender y utilizar de manera correcta estos términos no es cuestión de mamonería lingüística, sino fundamental para entender de forma correcta el mundo en el que vivimos y evitar consecuencias nefastas. Pero vámonos por partes.
 
Empecemos con “fascismo”. El fascismo es un modelo político creado por Benito Mussolini, el cual -dice el académico Tom Nichols- contiene una ideología “holística” con características particulares: eleva al Estado sobre el individuo y establece un culto de personalidad alrededor de un líder carismático; glorifica el hipernacionalismo, el racismo y el poder militar; detesta al liberalismo democrático; y utiliza los agravios históricos para atizar la lealtad al régimen. Un fascista afirma que toda la actividad pública debe servir al régimen, que todo el poder debe concentrarse en el gran líder y que sólo el partido oficial puede ejercer dicho poder.

Basado en esta definición resulta absurdo -como ocurre ahora- calificar de “fascista” a cualquier régimen autoritario, y más irracional aún aplicar este término a los actos represivos de un gobierno. Si queremos hablar de regímenes autoritarios o represivos tenemos palabras para describirlos. ¿Adivinen cuáles? ¡Claro! ¡”Autoritarios” y “represivos”! Nada tenemos que hacer invocando al espectro del fascismo.



Sigamos con “genocidio”. De acuerdo con la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948, un acto genocida implica una serie de acciones intencionadas para destruir total o parcialmente a un grupo étnico, racial o religioso: a) Matar a sus integrantes; b) Lesionar gravemente su integridad física o mental; c) Someterlos intencionalmente a condiciones que lleven a su destrucción; d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos; e) Traslado de niños fuera del grupo.

¿Podemos definir -como millones lo hacen hoy- las acciones de Israel en Gaza como “genocidio”? La respuesta es un rotundo ¡No! Claro que podemos hablar de crímenes de guerra, de desplazamiento forzado y de un absoluto y criminal valemadrismo por la precisión de los misiles israelíes. Pero como dice la misma ONU, para que algo sea genocidio, debe haber una “intención demostrada (dolus specialis) para destruir a una población.” ¿Existe una intención real y demostrada por parte de Israel para exterminar al pueblo palestino? ¡Por supuesto que no! Y me parecería raro que un régimen genocida acepte un alto al fuego y pausas humanitarias si su intención es la exterminación total de un pueblo.

Pero como les comentaba antes, esto no es un ejercicio pretencioso ni sangrón. Porque utilizar indiscriminadamente las palabras reduce su fuerza y distorsiona nuestra comprensión de la realidad. Peor aún, esta sobrerreacción con el lenguaje reduce el impacto que las palabras podrían  tener cuando verdaderamente las necesitamos

Dicho de otra manera, llamar “fascista” a cualquier político que nos caiga gordo reducirá el poder de este concepto cuando verdaderamente nos enfrentemos a personajes con tendencias fachas. De igual manera, clasificar de “genocidio” a cualquier guerra evitará que este término tenga la fuerza necesario cuando estemos ante un nuevo Rwanda, Srebrenica o Xinjiang.

Las palabras tienen un peso específico y para eso hemos inventando tantas. Pero cuando buscamos ser hiperbólicos o histéricos para llamar la atención, lo único que logramos es diluir la fuerza del lenguaje y dejarnos sin la artillería pesada cuando nos enfrentemos a una verdadera atrocidad.

Y si me van a llamar fascista por tener estas opiniones, entonces son parte del problema y merecen ser eliminados (¡Es broma!)