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24/3/25

LA ESPIRAL FATALISTA DE LOS ULTRAS

¿Está Europa condenada a ser devorada por la ultraderecha? La respuesta, por el momento, parece ser negativa.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú




Ahí les va un dato sorprendente: en los últimos 15 años, la ultraderecha ha pasado de ser una anomalía política a convertirse en la fuerza dominante en Europa. Ya no son los conservadores ni los socialdemócratas los que dominan el discurso público, sino los nacionalistas, populistas y radicales. El último gran terremoto vino en Alemania, donde el partido Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo el segundo lugar en las elecciones federales de febrero. Para los que todavía creían que la historia reciente de Alemania los protegería del extremismo, parece ser hora de repensar sus convicciones.

¿Pero cómo fregados llegamos aquí? De acuerdo con The Economist, las razones que explican el auge de la “derecha dura” (hard right) no son sencillas de descifrar. Hay quienes dicen que todo comenzó con la crisis financiera del 2008, pero la evidencia para respaldar esto es bastante mixta: hoy Europa es más rica que nunca y los efectos de esta crisis han quedado superados.

Otro argumento apunta a la migración masiva de África y el Medio Oriente. Pero esta hipótesis también es imperfecta. En Alemania, por ejemplo, el grueso de los votos para Alternativa para Alemania (AfD) provino de regiones con muy poca inmigración, particularmente de la zona oriental del país.

La hipótesis de The Economist es que la nueva realidad política europea debe entenderse como consecuencia de numerosas crisis que han minado gradualmente la confianza de los electores hacia los partidos tradicionales; y que, incluso si Europa es cada vez más rica, persiste una ansiedad por la seguridad económica y la pérdida de estatus social. Esto hace susceptible al electorado a cambios culturales o sociales como la migración, incluso si ésta está ocurriendo muy lejos de sus comunidades.

Ahora viene la pregunta del millón de euros: ¿está Europa condenada a ser devorada por la ultraderecha? La respuesta, por el momento, parece ser negativa. Porque, hasta ahora, los partidos tradicionales han logrado mantener un “muro de fuego” para evitar que los ultras lleguen al poder en la mayoría de los países europeos. Esto significa que incluso con un segundo lugar en las votaciones, los radicales suelen no encontrar aliados para formar una coalición gobernante (ver los casos de Francia, España y Holanda).

Pero hay un factor bastante irónico en esta situación: porque por más impresionantes que sean los avances de los ultras en los últimos años, la base electoral de estos partidos está desapareciendo gradualmente, debido a un círculo vicioso de autodestrucción.

La periodista Amanda Taub explica en The New York Times el caso paradigmático de Alemania y esta “espiral fatalista”. En las elecciones pasadas, la AfD recibió la mayor cantidad de votos en la zona Oriental del país, la cual –todos ustedes saben– es la zona exsoviética que nunca logró integrarse del todo y hoy mantiene un desarrollo inferior a la zona Occidental.

Estos factores económicos han causado que miles de jóvenes profesionistas abandonen esta región para buscar oportunidades económicas en ciudades del oeste. Esto a su vez genera comunidades menos dinámicas, economías locales estancadas y con una población envejecida y en declive. El círculo vicioso continúa, porque esta realidad a su vez genera que los partidos tradicionales inviertan menos atención y recursos en estas zonas relegadas, lo que sirve como gasolina para el discurso de resentimiento que promueven los partidos como AfD.

Esta espiral fatalista se completa con el tema migratorio. Porque son precisamente los partidos de ultraderecha los que rechazan con mayor vehemencia la llegada de migrantes a sus países; el único factor fundamental que podría ayudar a estas comunidades abandonadas a recuperar su dinamismo económico y una vida social más vibrante.

Si quieren una buena noticia, quizá pueda ser que con sus políticas antimigratorias, la ultraderecha está cavando su propia tumba. La tragedia es que en el corto plazo, los partidos ultras están condenando a millones de personas a una vida de estancamiento, declive, resentimiento y frustración. ¿Cómo escapar de esta espiral fatalista? Esa respuesta se las dejo de tarea.

10/2/25

EL CAMINO A TEHERÁN (VÍA DAMASCO)

Garantizar el éxito de Siria es la pieza clave para derrotar de una vez por todas a una de las teocracias más anacrónicas, oscurantistas y desestabilizadoras del mundo.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú



Si ustedes son fieles seguidores de este espacio, sabrán que hace dos o tres columnas les hablé de la importancia que tienen los primeros 25 años de cada siglo y cómo los eventos que ocurren en ese periodo de tiempo (por lo menos desde el siglo XIX) han marcado la pauta durante las décadas subsecuentes.

Cuando tocó el momento de hablar del siglo XXI, les comenté cómo los cismas en el escenario geopolítico (la entrada de China a la OMC y los ataques terroristas del 11 de septiembre) tuvieron consecuencias que trastocaron a todo el mundo y que seguro serán los que definirán los siguientes 75 años de historia. Mismo caso con las dos tecnologías que han transformado a la humanidad durante las pasadas dos décadas y media: los algoritmos de las redes sociales y la inteligencia artificial. 

Pero por falta de espacio tuve que omitir otra tendencia que me parece también de suma importancia: la transformación política e ideológica del Medio Oriente. Más allá de la invasión de Estados Unidos a Irak que logró destronar a una de las autocracias más sangrientas, la región entera ha visto una serie de cambios en los últimos 25 años que –de continuar– podrían dejarla irreconocible en las próximas décadas.

Estos cambios podrían resumirse en un abandono de las ideas panárabes y antiisraelíes que dominaron prácticamente la segunda mitad del siglo pasado y que mantenían a la región fuera de la globalización y en oposición hacia Estados Unidos. En cambio, hoy vemos a naciones como Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Qatar enfocados en la ultramodernización económica (más no todavía política) de sus países y colocándose muchas veces en la vanguardia tecnológica. De igual manera, se ha visto una búsqueda para normalizar relaciones con Israel (que inició con los Acuerdos de Abraham promovidos por Trump en 2020) que podría dar carpetazos a uno de los episodios más turbulentos de las últimas décadas.

En toda esta evolución regional sobresale de manera negativa la mal llamada “República” islámica de Irán. Un país que no sólo se ha mantenido al margen de estos cambios sino que ha buscado cualquier oportunidad para arruinar cualquier progreso regional. Más allá de seguir promoviendo una ideología islamista anacrónica y fanática, desde su creación en 1979 se ha dedicado a ser un agente del caos, patrocinando a grupos terroristas y milicias más allá de sus fronteras y causando toda clase de inestabilidad internacional.

Es por esto que los eventos ocurridos el año pasado podrían ser los que definan el futuro inmediato del Medio Oriente. No sólo Israel logró desmantelar a dos de los aliados más importantes de Irán (Hamas en la Franja de Gaza y Hezbolá en el Líbano), sino que concluimos el 2024 con la caída de otra dictadura afiliada al “Eje de Resistencia” de los ayatollahs iraníes. Todo esto –aunque en particular el impresionante colapso del régimen de Bashar al-Assad en Siria– ha dejado prácticamente sin aliados regionales a la teocracia de Irán, aislada políticamente y bajo asedio económico por parte de Estados Unidos y el resto de Occidente.

Ante esto, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca representa la oportunidad perfecta para poner el último clavo al ataúd a la dictadura islámica. Sé que el señor trae otras prioridades (por ejemplo, traer como piñata a México), pero es fundamental que se aproveche el momento histórico que se presenta: apoyar la supervivencia del nuevo gobierno en Damasco para que funcione como contrapeso regional, que se acelere la normalización de relaciones con Israel con sus vecinos y que se siga presionando políticamente y económicamente al régimen en Teherán.

Hoy Siria enfrenta inmensos retos y es posible que vuelva a desintegrarse en una guerra civil entre las diversas facciones militantes. Pero garantizar su éxito es la pieza clave para derrotar de una vez por todas a una de las teocracias más anacrónicas, oscurantistas y desestabilizadoras del mundo.

La historia nos ha demostrado que hacer predicciones sobre el Medio Oriente es un deporte de altísimo riesgo. Pero la oportunidad para ver a una región transformada es única y podría crear a un Medio Oriente prácticamente irreconocible de cómo inició el siglo XXI. ¡O claro… Irán podría conseguir armas nucleares y entonces ya valió madres todo!

2/12/24

EL ÉXODO NORTEAMERICANO

¿Pero quién en su sano juicio va a querer contratar a un criminal convicto en nuestro país? ¡Pues claro: el narco!


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú



¡Sobre aviso no hay engaño! Ya les decía en mi columna pasada que Donald Trump iniciará su segunda temporada en la Casa Blanca con un poder pocas veces visto en la historia reciente de Estados Unidos: el control del Congreso, del Senado, de la Presidencia, de la Suprema Corte y con un mandato popular inmenso por haber obtenido la mayoría de votos. Esta poderosa “quintufecta” (¿así se dice?) le permitirá ejecutar cualquiera de sus amenazas y promesas prácticamente sin controles o contrapesos. Así cuando habla de la deportación masiva de migrantes: ¿Por qué deberíamos dudar de sus intenciones?

Obviamente los principales afectados serán los millones de individuos que verán sus sueños y planes en EE.UU. destruidos por una política claramente racista y vengativa. En segundo lugar vendrán las familias y comunidades latinas, con miles de niños que perderán a sus padres, matrimonios que serán separados, empleadores que verán desaparecer su mano de obra, y otras tantas consecuencias nefastas. 

Pero en tercer lugar venimos nosotros. Porque como bien indica Mary Beth Sheridan en el Washington Post, cerca de la mitad de los 11 millones de personas que viven sin papeles en el Imperio Yanqui son mexicanos; y uno podría suponer que ellos serán los primeros en ser atacados por la administración Trump, ya que deportarlos será más “sencillo” y barato que a los migrantes que llegaron de países que no comparten frontera.

Y yo no sé qué opinen ustedes, pero aquí en México “el horno no está para bollos”, y recibir a millones de paisanos en nuestro país -del cual salieron precisamente por la violencia o por falta de empleos- simplemente no puede acabar bien. 

Porque basta imaginar el siguiente escenario: cientos de miles de paisanos sin empleo y sin lazos comunitarios llegando a las zonas fronterizas o al aeropuerto de la Ciudad de México justo cuando la economía de México se está desacelerando y cuando las cifras de homicidios se encuentran en un punto álgido

A esto hay que sumarle la inevitable caída en las remesas que provocará este éxodo. En caso de que no recuerden, las remesas representan la segunda fuente de dólares en el país (cerca de 60 mil millones de dólares), cifra que supera a la Inversión Extranjera Directa y al turismo. Cortar este flujo monetario afectará principalmente a los mexicanos más pobres que dependen de estas divisas, y causará un enorme golpe al consumo y a la expansión económica en nuestro país.

¿Quién es el único que saldrá beneficiado de todo este congal? Obviamente el crimen organizado, quien tendrá ahora a un ejército de personas sin empleo y sin contactos sociales para reclutar a sus filas, para extorsionarlos o secuestrarlos. Porque Trump ha dicho que su prioridad será deportar a los migrantes que hayan cometido crímenes, algo que en teoría parece lógico. ¿Pero quién en su sano juicio va a querer contratar a un criminal convicto en nuestro país? ¡Pues claro: el narco!

Al plantear este escenario no pretendo ser catastrofista. Las piezas ya están en movimiento del otro lado de la frontera, donde en las últimas semanas, Trump ha comenzado a delinear sus planes para ejecutar su plan siniestro desde el primer día de volver al poder. No sólo ha elegido a dos radicales para encargarse de los migrantes (Tom Homan como “zar fronterizo” y  Stephen Miller como vicejefe del gabinete); también ha dicho que declarará un estado de “emergencia nacional” para utilizar al ejército y preparar campos de concentración.

¿Y nosotros? Pues aquí en México seguimos durmiendo el sueño de los justos. Porque no he visto ningún tipo de preparativos para este éxodo norteamericano que podría transformar radicalmente la vida nacional y desestabilizar al país por generaciones. Ya hemos visto que las ciudades fronterizas no tienen la infraestructura adecuada, ni el personal, ni el dinero para integrar a nuestros paisanos de vuelta a la sociedad. 

Esta es nuestra realidad inmediata: se aproxima el caos y una crisis humanitaria sin precedentes. ¡Y sobre aviso no hay engaño, raza!

4/11/24

V DE VENGANZA

A estas alturas del juego, ningún votante puede fingir ignorancia: todos saben perfectamente quién es y qué representa Trump.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú



Cuando necesiten una buena dosis de polémica, siempre pueden confiar en Francis Fukuyama. En su más reciente comentario en Foreign Affairs, el analista político propone una hipótesis: a pesar de que la democracia ha retrocedido por casi dos décadas, el 2024 ha sido un buen año para este sistema político a nivel mundial.

Si no se acuerdan, el 2024 fue llamado “el año de la democracia”, ya que en más de 100 países, incluidos ocho de las 10 naciones más pobladas, hubo o habrá elecciones para cambiar a sus gobernantes. En total, más de la mitad de la población global -unas 4,000 millones- tendrían la posibilidad de votar.

Fukuyama reconoce que no todo ha sido color de rosa: en algunos lugares, políticos autoritarios salieron victoriosos. Pero basta ver lo ocurrido en Taiwán, Finlandia, Sudáfrica, India, Mongolia, el Parlamento Europeo y muchos otros lugares para ver que hay esperanza para los defensores del liberalismo democrático.

Fukuyama concluye diciendo que la lección en todo esto “es que la victoria de políticos populistas o autoritarios no es inevitable”. La regresión democrática puede detenerse y resistirse y que incluso en estos “tiempos desalentadores”, los ciudadanos tienen el poder de elegir un mejor futuro. ¡Hasta aquí todo bien y bonito! 

Pero inmediatamente nos encontramos con un problema que descarrila toda nuestro optimismo en la humanidad: la elección en Estados Unidos; que debido a su peso económico y geopolítico importa más que todas las otras elecciones juntas. ¿Y cuál es el pronóstico a pocos días de los comicios? Obviamente el más aterrador: Trump seguramente saldrá victorioso.

Esto en sí mismo ya es una catástrofe suficiente, pero me temo que las consecuencias para el futuro serán aún peores. Porque el hecho de que Trump tenga siquiera una posibilidad de ganar habla de un nihilismo tóxico que se ha apoderado de la sociedad estadounidense, el cual no creo que desaparecerá en el corto plazo.

Por años el electorado ha visto que Trump es un mitómano, megalómano e ignorante: no les ha importado. Por meses se ha comprobado que la economía gringa está pasando por uno de sus mejores momentos en la historia (“la envidia del mundo”, dijo The Economist): vale madres. Se ha dicho que los aranceles de Trump perjudicarán a los más pobres: la gente adora esta estrategia. Se sabe que su retórica es similar a la utilizada por Hitler y Mussolini (llamando “parásitos” a sus enemigos): no es relevante. Él mismo ha dicho que quiere utilizar al Poder Judicial para perseguir a sus opositores y usar al Ejército para reprimir a sus enemigos: nobody fucking cares!

Es obvio que a estas alturas del juego, ningún votante puede fingir ignorancia: todos saben perfectamente quién es y qué representa Trump. Pero quizás es debido a esto –y no a pesar de esto– que millones de electores votarán por él.

Porque como explica Tom Nichols en The Atlantic, para millones de personas esta elección es un simple acto de “venganza social”. Son millones los que celebran que Trump sea aterrador, que diariamente cruce los límites de la decencia, y que amenace con violencia a sus opositores. Son millones los que voluntariamente decidieron creer y consumir diariamente la dieta tóxica de injurias, resentimiento social e inseguridades que promovió Trump y que ahora estalla como una pasión anárquica que busca castigar, humillar y hundir en la miseria a todos aquellos que han sido señalados como culpables de causar estos agravios (la mayoría agravios imaginarios).

Kamala Harris no puede competir contra esto. Ella podrá proponer todas las políticas sensatas que gusten y hablar de virtudes republicanas, pero al final este tipo de discurso no es competitivo por una sencilla razón: a gran parte del electorado ya nada de esto le importa, ya sea por ese profundo resentimiento social o por el simple placer de ver al mundo arder.

Todo esto nos lleva a una conclusión terrible: a lo que EE.UU se enfrenta no es a una elección, sino a una pugna fratricida. O dicho de otra manera, el 5 de noviembre no será un proceso democrático: será una vendetta contra la decencia, la integridad y la razón. Espero estar equivocado.

21/10/24

¿AHORA SÍ EXTRAÑAN AL IMPERIO?

Ahora que conmemoramos los cuatro años de la salida del Imperio Yanqui de Kabul vale la pena revisar cómo va el Paraíso Islámico en Afganistán.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


Ya van varias veces en mi vida que la gente me ha acusado de ser un “maldito gringofílico”. Ya sea porque soy regiomontano; porque mis vacaciones de la infancia las pasaba mayoritariamente en la Isla del Padre; o quizás porque siempre he sostenido que por más que nos quejemos del Imperio Yanqui, éste representa el mejor (o menos peor) de los actores que podrían aspirar a la hegemonía internacional y el mejor (o menos peor) defensor el orden internacional y el liberalismo democrático.

Una de las ocasiones cuando se me confrontó con mayor vehemencia con este adjetivo fue hace aproximadamente tres años, cuando el ejército de Estados Unidos tuvo su salida desordenada y deshonrosa de Afganistán. En ese entonces todos hablaban del fracaso que había representado la invasión y ocupación estadounidense; cómo  se habían perdido miles de vidas y desperdiciado miles de millones de dólares. 

Yo argumenté en ese momento que este enfoque era equivocado. Que el fracaso de la ocupación era una tragedia y que el regreso del Talibán sería una calamidad para la población entera, especialmente para las mujeres. Un año después, en el 2022 (ver “¡Afganistán ya Valiomadristán” en Vértigo #1109) describí de manera muy poética la realidad que enfrentaban los afganos a un año de tener a sus nuevos patrones talibanes: la situación estaba “¡de la chingada!”.

Ahora que conmemoramos los cuatro años de la salida del Imperio Yanqui de Kabul (el pasado 30 de agosto) vale la pena revisar cómo va el Paraíso Islámico libre de imperialismo al que muchos dieron la bienvenida. ¿Y qué dice el verdecito? Que si las cosas estaban de la chingada, ¡ahora están de la recontrachingada!

Porque desde el primer día era evidente que estos pelados no habían cambiado sus viejas mañas. Inmediatamente después de tomar el poder, este grupo de fanáticos religiosos misóginos y oscurantistas volvieron a imponer restricciones contra las mujeres afganas: prohibirles estudiar más allá del sexto grado; prohibirles trabajar; imponer la burka que cubre por completo su cuerpo; y prohibirles salir a la calle sin acompañantes hombres.

Pero cuando se trata con extremistas y retrógrados las cosas sólo pueden empeorar. Y el pasado 23 de agosto, el gobierno talibán recrudeció sus esfuerzos por hacer más miserable la vida de las mujeres. 

Con la publicación formal (ahora con consecuencias penales) de un paquete de leyes “sobre el vicio y la virtud”, estos terroristas del género ahora obligan a las mujeres a cubrirse el rostro en todo momento para evitar “causar tentación”; se les prohíbe mirar a hombres que no sean sus familiares; se les prohíbe usar ropa ajustada, maquillaje o perfumes; y de manera más orwelliana, el Talibán también proscribió el sonido de voces femeninas en público, por lo que ahora nadie con un cromosoma XX podrá cantar, recitar o hablar en voz alta incluso desde el interior de su casa.

Pero en un giro inesperado (y bastante irónico), los Talibanes también han comenzado a restringir la comodidad de los hombres que –hasta ahora– habían disfrutado una relativa comodidad en sus vidas diarias. Porque dentro de las leyes publicadas en agosto, a los hombres también se les prohíbe andar rasurados (la barba debe medir mínimo un puño de largo); utilizar ropa occidental (adiós mezclilla o tennis); portar un corte de cabello “no islámico” (o sea, pelo corto); y mirar a cualquier mujer que no sea su esposa o familiar. Si cometen adulterio, también podrían ser condenadas a muerte como las mujeres (¡equidad de género!). Todo esto vigilado por la muy honrada y distinguida “policía de la moralidad”. Oh sí… ¡el karma es una perra, compadres!

Así que felicidades a todos los que celebraron la derrota del imperialismo yanqui en Afganistán, que por lo menos había impulsado la profesionalización, la educación y la igualdad de las mujeres. Ahora les corresponde a ustedes defender a un gobierno intolerante, dogmático, sectario e inflexible que seguramente seguirá por años imponiendo un literal “apartheid de género”.

¿O qué?… ¿No me digan que ya empezaron a extrañar al Imperio?

23/9/24

EL ENIGMA Y EL PIRÓMANO

Harris seguirá siendo un enigma, pero Trump nos está asegurando que sería una calamidad para nuestro país.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú



¡Cómo cambian las cosas en un par de meses! Apenas en junio la elección de Estados Unidos parecía un asunto concluído: Joe Biden estaba muerto sin saberlo y votar sería un simple trámite para que Donald Trump regresara triunfante –con todos sus delirios e inseguridades– a la Casa Blanca el próximo año.

Pero el debate presidencial del 10 de septiembre –sumado a los cambios en las encuestas– muestra un tablero completamente distinto. Hoy la posibilidad de una presidencia de Kamala Harris es cada vez más real. Obviamente no podemos subestimar a Trump y su genética de hierba mala; y si las cosas mutaron de manera tan radical en dos meses, cualquier cosa podría pasar de aquí a la elección.

Ante un ambiente tan incierto, uno se ve obligado a recurrir a la especulación. Y hoy no existe un tema más sabroso para rumiar que el tipo de relación que existirá entre la presidenta Claudia Sheinbaum y el próximo mandatario de EE.UU. ¿Veremos cuatro años de misoginia y sexismo si gana Trump? ¿Presionará Harris a México para evitar que el Congreso haga y deshaga a su antojo las leyes de nuestro país? ¿Implosionará la relación bilateral en el próximo sexenio?

Si ustedes creen que yo tengo estas respuestas, lamento decepcionarlos. Lo que sí puedo ofrecerles es un análisis de tres temáticas fundamentales para México y la posición que cada candidato ha tomado sobre ella.

Tarifas económicas: uno de los principales problemas con Trump es su fijación con imponer tarifas a las importaciones que entran a EE.UU. Esta medida de presión diplomática y económica vio su máximo esplendor con las tarifas contra China; aunque también las impuso contra aliados como Japón y Corea del Sur. Ahora la amenaza viene hacia México: Trump ha dicho que impondrá aranceles a los automóviles que vengan de nuestro país -¡y que se chingue el TMEC si es necesario! De hecho, una planta de Tesla en Monterrey está detenida precisamente por estas amenazas, algo que podría afectar a todas las promesas del nearshoring. Por su parte, la política económica de Kamala parece ser también nacionalista, pero no tan extremista. Porque como bien la acusó Trump durante el debate: ni ella ni Biden han hecho algo por eliminar los aranceles que impuso contra China.

Migración: otra obsesión de Trump es el tema migratorio y ya hemos podido apreciar algunas de sus políticas más radicales, como la separación de las familias de migrantes en la frontera. De existir una segunda administración, Trump sería aún más cruel y sanguinario: ha amenazado con cerrar la frontera definitivamente y con deportar a millones de migrantes que actualmente viven en EE.UU. Harris no es tan despiadada, aunque seguramente veremos un reforzamiento de la frontera (como restringir la posibilidad de asilo o el número de migrantes que ingresan), pero sin llegar a ser tan inhumana como Trump.

Democracia y Estado de Derecho: con su filosofía de “America First”, Trump ha demostrado tener muy poco interés en promover los ideales liberales a nivel internacional, y creo que existe poca evidencia de que esto vaya a cambiar si se reelige. Por su parte, Kamala se ha pronunciado con vehemencia en contra de autócratas como Vladimir Putin, Xi Jinping y Víctor Orban, lo que nos permite inferir que su gobierno tendrá interés en combatir cualquier autoritarismo que vulnere el Estado de Derecho, particularmente en su “zona de influencia” inmediata (i.e. América Latina).

¿Veredicto? Cuando se trata en concreto de la política exterior hacia México, Kamala ha sido muy ambigua, mientras que Donald ha sido bastante explícito en sus planes. Esto solo nos permite una conclusión: Harris seguirá siendo un enigma, pero Trump nos está asegurando que sería una calamidad para nuestro país, ya sea en términos económicos, institucionales o humanitarios. 

La supuesta sabiduría popular nos dirá que “más vale malo conocido que bueno por conocer”, pero esto es una estupidez. En muchos casos, lo “malo conocido” se puede transformar rápidamente en algo mucho peor.

15/7/24

LA VICTORIA ABORTADA

¿Hay alguna esperanza para los Demócratas después de lo que presenciamos el 27 de junio? 


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


Tras la tremenda paliza que recibió Joe Biden por parte de Donald Trump en el primer debate presidencial, lo único que nos queda por celebrar es que -por lo menos- el circo electoral de siete pistas por fin arrancó de lleno y asegura estar muy entretenido, aunque al final pueda representar la muerte de la democracia en Estados Unidos.

¿Hay alguna esperanza para los Demócratas después de lo que presenciamos el 27 de junio? Aunque parezca improbable, la respuesta es afirmativa. Porque incluso cuando Biden ofreció una actuación lamentable (donde prácticamente todos los temas relevantes -excepto su edad y su capacidad mental- pasaron a un segundo plano), existe todavía un asunto que podría ser el arma termonuclear de los Demócratas, siempre que jueguen bien sus cartas y sepan aprovecharlo. Me refiero a los derechos del aborto para las mujeres.

Porque tres días previos al debate se conmemoraron los dos años desde que la Suprema Corte decidió eliminar el derecho a interrumpir el embarazo que las mujeres habían ganado con el mítico caso de Roe v. Wade, allá en 1973. 

Para los políticos y los ciudadanos conservadores autodenominados “provida”, la sentencia en el caso Dobbs v. Jackson Women’s Health del 2022 representó la última victoria en una batalla que se había gestado (ejem) por casi 50 años. Pero esta victoria ha resultado pírrica (por decir lo menos), ya que significa una verdadera calamidad para millones de mujeres estadounidenses.

Como bien indica el periodista Charles Sykes en The Atlantic, una cosa es rabiar y criticar la práctica del aborto cuando sabes que está protegida por la ley -una situación similar a la de jugar con pistolas de plástico-, pero otra muy distinta es recibir de pronto armas y municiones reales con la capacidad de infligir un daño real en la vida de las personas. Esto fue precisamente lo que ha ocurrido desde Dobbs v. Jackson Women’s Health. 

Porque en este mundo post-Roe, los Republicanos de pronto se encontraron con el poder absoluto para trastocar los cuerpos y las vidas de millones de mujeres en sus estados. Ahora su retorcida imaginación y su crueldad serían el límite para imponer las reglas del juego: ¿Deben prohibir los abortos a las 15 semanas? ¿Por qué no a las 6 semanas? Aún mejor: ¿Por qué no prohibirlos totalmente? ¿Existirán excepciones por violación o incesto?

Esta situación ha generado un ambiente de confusión y caos que ha sido aprovechada por los elementos más extremistas del movimiento “provida” para impulsar medidas aún más draconianas y crueles en sus legislaturas estatales. Ahora las preguntas que se realizan ya no son sobre los niveles de prohibición, sino sobre las acciones punitivas a tomar: ¿Habría que encarcelar a los médicos que terminen un embarazo? ¿O qué tal meter a la cárcel a la madre de la criatura abortada? ¿Qué hacer con los abortos espontáneos? ¿Encarcelamos a las mujeres que sufran uno? ¿O qué tal a los médicos que las atendieron en los hospitales? ¿Y por qué no prohibir las píldoras abortivas? ¿O la fecundación in vitro? 

El terror para las mujeres es real ya que se están enfrentando de facto a una “criminalización del embarazo”, donde cualquier complicación médica podría ser causante de una acción punitiva para ellas y sus médicos.

Todo esto puede ser capitalizado por los Demócratas previo a la elección en noviembre. De acuerdo con una encuesta realizada por la ONG All In Together y Echelon Insights, 34% de las mujeres dijeron que ellas o alguien que conocen había decidido no quedar embarazada por miedo a alguna complicación médica durante el embarazo.

Esto les abre una ventana a los Demócratas para movilizar a millones de personas en contra de un Estado que se ha transformado en el Gran Inquisidor, con la capacidad de intervenir y castigar a quienes no comparten su visión religiosa en temas de salud reproductiva.

Claro… digo que podrían capitalizarlo siempre y cuando su candidato tenga la capacidad de hilar de manera coherente dos enunciados. Y eso aún está por verse…

17/6/24

¡AVE IMPERATRIX!

No queda ninguna duda: Claudia Sheinbaum será la presidenta más poderosa de los últimos 40 años. Pero su “estilo personal de gobernar” es todavía un enigma.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú



Pues qué les digo… ¡Fue Claudia! ¡Y por un chingo! 

Esto ya lo sabían y también todo lo que se ha dicho en torno al 2 de junio: sobre los espejismos de una ganadora distinta que al final se disiparon; sobre la Marea Rosa que se convirtió en un riachuelo; y sobre cómo parte de la comentocracia mostró una absoluta ignorancia de las verdaderas necesidades, anhelos y prioridades del electorado.

Hay profundas cavernas sociológicas que podemos (¡y debemos!) explorar durante los próximos seis años. Pero una cosa es segura: la doctora Sheinbaum logró un resultado avasallador y será la próxima presidenta (con todas las de la ley) en menos de tres meses. Habiendo reconocido esto, sólo queda realizar un poco de periodismo adelantador e intentar prever lo que ocurrirá en los próximos meses.

Primero, agreguemos un preámbulo que podríamos titular “El invierno del patriarca”. Porque no olviden que el presidente López Obrador sigue en Palacio Nacional y aún tiene un último acto en esta obra. En los poco más de 100 días que le quedan a su sexenio, 30 de ellos los gobernará con un nuevo Congreso controlado por su partido.

¿Qué podemos esperar de esto? La respuesta me parece clara: la aprobación de todas (o casi todas) las reformas que nos adelantó el pasado 5 de febrero. Entre ellas: 1. La reforma electoral (elegir a consejeros del INE por voto popular; bajar a 30% la participación para que las consultas sean vinculantes) 2. La reforma eléctrica (preeminencia de la CFE) 3. Dejar a la Guardia Nacional bajo el mando de la SEDENA. 4. La reforma judicial (reducir el número de magistrados en la Suprema Corte y elegirlos por voto) 5. Eliminar organismos autónomos (INAI, IFT, COFECE, CRE, CNH, etcétera).

Pero dejando atrás este preámbulo, llegamos finalmente al 1º de octubre. Claudia Sheinbaum toma protesta, recibe la banda presidencial y de ahí se va a Palacio Nacional. Llega a su escritorio y encuentra un montonal de carpetas con el rótulo de “URGENTE”: la expansión del crimen organizado; un sistema de salud que sigue trastabillando; obras que requieren subsidios (AIFA, Tren Maya, Dos Bocas, Mexicana de Aviación) y que están bajo el control de las Fuerzas Armadas; la negociación del Presupuesto 2025, con la necesidad de hacer recortes para reducir el déficit; una crisis migratoria; y claro, la elección en Estados Unidos a un mes de distancia.

Pero Claudia llega también con un arsenal de poderes constitucionales y metaconstitucionales. En primer lugar su legitimidad absoluta tras haber logrado la mayor votación en la historia de México; la ya mencionada mayoría en el Congreso; 24 de 32 gubernaturas aliadas; una mayoría en los congresos locales; y el control de la Suprema Corte, ya sea por una reforma o simplemente porque en diciembre el ministro Luis María Aguilar abandona su puesto y será reemplazado.

La nueva presidenta también hereda un marco legal que podrá utilizar a discreción: el nuevo poder de amnistía; la posible ampliación de delitos que ameritan prisión preventiva (incluyendo el ambiguo crimen de “fraude fiscal”); y nuevas limitaciones al derecho al amparo.

No queda ninguna duda: Claudia Sheinbaum será la presidenta más poderosa de los últimos 40 años. Y a pesar de que su “estilo personal de gobernar” es todavía un enigma, esto no significa que debamos caer en pánico o en histrionismos. ¡Nada de eso!

Millones de mexicanos le dieron su voto de confianza para definir el rumbo que tomará el país; y sólo queda confiar en que Claudia decidirá que ese destino sea un puerto más democrático. Bien dice un viejo adagio: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Yo espero que la nueva presidenta lo tenga en mente el 1 de octubre.

Y para todos aquellos que aún ven con recelo al nuevo gobierno, sólo queda decirles que en este juego de la democracia a veces se gana y a veces se pierde. Todos debemos aceptar los resultados avalados por el árbitro y si acaso… quizás buscar alivio en las palabras de los antiguos gladiadores: ¡Ave Imperatrix, morituri te salutant!

3/6/24

LA BANALIZACIÓN DE LA LOCURA

Los medios de comunicación han fallado una y otra vez a la hora de cubrir la demencia del candidato Republicano.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú



Para cuando lean esto la elección en México habrá concluido y tendremos una presidenta electa. Pero debido a los tiempos de entrega que impone el dios Vértigo, no tengo idea de quién ganó ni tiene sentido especular sobre el tema. Así que… ¡a otra cosa, mariposa!

Volteemos mejor hacia el norte, donde en seis meses los gringos tendrán su propia elección presidencial. ¿Qué ha ocurrido allá mientras aquí padecíamos de una lobotomía generalizada? Pues todo parece indicar que Donald Trump hará pomada a Joe Biden en noviembre.

Casi todas las encuestas sobre aceptación o intención de voto muestran a Trump superando al actual presidente. ¿Cómo es esto posible? Ahórrense sus comentarios: yo sé que Biden no ha sido el presidente más enérgico, ni el más coherente, y sí, a veces se tropieza. Pero es un despropósito comparar su ineptitud con la del otro imbécil. 

Como indica el politólogo Brian Klaas, Trump es un candidato que incitó a una insurrección violenta, buscó violar la constitución múltiples veces; pidió al Ejército disparar contra manifestantes; cometió diversos fraudes para su enriquecimiento personal; defendió a grupos racistas; ha flotado la idea de ejecutar a sus enemigos políticos y a quienes cometan delitos menores; fue declarado responsable de una violación sexual; hoy está en juicio por violar la ley electoral, y enfrenta también otros 88 cargos federales. 

Vuelvo a preguntar: ¿Cómo es preferible alguien de esta calaña a Biden?

Klaas dice que esto se debe a la “banalización de la locura”, donde los medios de comunicación han fallado una y otra vez a la hora de cubrir la demencia del candidato Republicano. La banalización de la locura “ha deformado a la política norteamericana, donde cada vez menos votantes reconocen que tan trastornado, delirante y peligroso es Donald Trump... porque la prensa rara vez informa sobre su locura rutinaria”, dice Klaas.

Esto se relaciona con la “habituación” que mencioné en una columna reciente (“Habituarse al Horror”; Vértigo #1203), donde expuse cómo podemos acostumbrarnos a todo mientras un evento suceda de manera gradual y escalonada. Así podemos habituarnos a las mentiras, pero también a la crueldad e incluso al horror.

Pues igual podemos habituarnos a la locura. Como indica el periodista  Charles Sykes, Trump ya no es “un acertijo ni un enigma”, pues durante años ha mostrado en público su verdadera esencia: “su adulación por los autócratas del mundo, su amenaza de abandonar a los aliados geopolíticos, su desprecio por el estado de derecho, y su intención de usar al gobierno federal como instrumento de venganza”. 

Pero nada de esto genera interés ni titulares, mientras que un tropiezo de Biden amerita las ocho columnas de un periódico. Esta es la banalización de la locura, donde la sociedad y la prensa se han acostumbrado y han dejado de percibir como peligrosos la demencia y los delirios autoritarios de Trump. Después de ocho años en los reflectores políticos, Trump es responsable de tantos atropellos a la dignidad y a la razón que uno simplemente se vuelve sordo ante un nuevo escándalo.

¿Qué se puede hacer? Klaas propone dos soluciones: primero, la prensa debe reconsiderar lo que considera “noticioso” (newsworthy) y “tiene una obligación de comunicar la magnitud de algo y no sólo la novedad”. ¿Realmente es más importante un desliz verbal de Biden que la sociopatía autoritaria de Trump? Pero más importante, los medios deben cubrir cada una de las locuras y delirios que cometa el candidato Republicano, aunque algunos crean que esto “amplifica” su mensaje.

Porque el peligro autoritario es real y los gringos no parecen dimensionar el desastre que representará una segunda administración de Trump. Así que requerimos más exposición a su retórica cruel, delirante y antidemocrática; apostando a que cada día un mayor número de votantes escuchen lo que realmente dice este orate y se alejen de su discurso de odio. 

Aún faltan seis meses para la elección… ¿Logrará triunfar la decencia y la razón?

6/5/24

LA ELECCIÓN DE LA APATÍA

En México hemos caído en una completa y absoluta apatía por las campañas políticas. 


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú




A finales del año pasado hice una exposición catastrofista en este espacio (“El voto en los tiempos del ChatGPT”), donde exponía el peligro que representa la irrupción de la Inteligencia Artificial para las democracias. Mi preocupación era que la IA podría ser utilizada en la creación automatizada de desinformación y noticias falsas llevando al ciudadano común a no diferenciar entre la verdad y la mentira.

Aunque mi temor no se ha disipado, hasta ahora no hemos visto disrupciones importantes en los procesos electorales de El Salvador, Taiwán o Rusia, ni tampoco en las campañas presidenciales de EEUU, a pesar de su electorado altamente polarizado.

Pero aquí en México ocurre algo más raro. No sólo no hemos visto un despapaye por la IA; sino que hemos caído en algo peor: una completa y absoluta apatía por las campañas. Esta indiferencia me hace pensar que incluso si algún candidato hiciera una chicanada utilizando IA, el electorado tomaría este evento como lo ha hecho con todas las noticias de la elección: con un rotundo y sonoro “me vale madres”.

Yo no sé ustedes, pero desde que tengo uso de razón todas las campañas presidenciales habían sido un evento esperado con ansias, lleno de controversias, polémicas, traiciones y toda clase de sorpresas inesperadas. En cambio, este ciclo electoral se presenta más árido que las presas del Sistema Cutzamala. ¿Qué explica esto?

Algunos argumentarán que el problema es de origen, ya que tenemos candidatos mediocres y aparte porque la campaña inició con una abrumadora ventaja para la candidata oficialista (según todas las encuestas), que la colocó desde el arranque en un distante primer lugar. Esto evita que dicha candidata tenga que hacer cualquier esfuerzo para ganar votos, proponer ideas novedosas o incluso atacar a sus contrincantes. Basta con nadar de muertito de aquí al 2 de junio.

Pero yo creo que el problema es más de forma que de fondo. Porque por más aburrido que sea un político, siempre puede ser empaquetado para parecer auténtico, fresco y divertido. Para eso existen las legiones de asesores y publicistas que contratan los partidos con nuestros impuestos.

Lo terrible es que hoy estamos viviendo la antítesis de esto, y la razón es que nuestros políticos siguen haciendo campañas del siglo XX dirigidas a un electorado del siglo XX.

Ahí les van un par de datos: fue apenas en 2018 -a inicios de este sexenio- cuando TikTok llegó a México. Hoy la aplicación reporta 74.15 millones de usuarios activos, lo que la convierte en la tercera red social más utilizada en el país, y colocando a México como el cuarto país con más usuarios en el mundo.

Aquí es donde yo les pregunto: ¿No creen ustedes que el contacto diario de 74 millones de mexicanos con el contenido de TikTok cambia su manera de consumir información? ¿No creen que esto afecta su capacidad de retener información? ¿No creen que todos hemos cambiado psicológicamente por la inmediatez con la que recibimos millones de contenidos en Youtube o la TV por streaming?

¿Por qué entonces nuestros políticos nos siguen bombardeando con los mismos formatos de spots de hace 30 años? ¿Por qué siguen realizando estúpidos mítines igual a los de Adolfo López Mateos? ¿Por qué seguir haciendo campañas como si viviéramos en 1980 o 1950?

¿Quieren un ejemplo de una estrategia exitosa para los tiempos modernos? Ahí tienen a Javier Milei en Argentina, que armado con una motosierra gritaba a los cuatro vientos locuras sobre el anarcocapitalismo, llamaba comunista al Papa y prometía erradicar a los “zurdos de mierda”. ¡Eso es buen contenido, chinga’os! ¡Esos son mensajes para nuevas audiencias y nuevas plataformas! ¡Eso es saber venderse para un electorado moderno!

Claramente no estoy diciendo que unas elecciones histriónicas son mejores para la democracia. Lo único que propongo es que si nuestros políticos ya se agandallaron millones de pesos de nuestros impuestos para financiar sus campañas, lo mínimo que podrían hacer es darnos un buen show. Pero ni hablar… ¡Será para el 2030!  

8/4/24

HABITUARSE AL HORROR

Nos hemos habituado a los peores excesos de nuestra clase política, a sus mentiras, a sus “otros datos”, a su opacidad, y a su tergiversación de la ley. 


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú



Hay una máxima que define perfectamente a la condición humana: “A todo se acostumbra uno”. Esta pizca de sabiduría popular se aplica en lo general a situaciones de la vida cotidiana. Por ejemplo, aquí en la CDMX uno se acostumbra a vivir entre basura, contingencias ambientales, banquetas desmadradas, servicios públicos deficientes, y el silbido asesino de los vendedores de camotes a quienes –como diría Don Carmelo en Los Olvidados– “¡ojalá los mataran a todos antes de nacer!”. Estoy divagando…

De acuerdo con la neurocientífica Tali Sharon (University College London y MIT), la razón subyacente que explica lo anterior “es una característica biológica fundamental de nuestro cerebro: la habituación”; o dicho de otra manera, “nuestra tendencia a responder cada vez menos a cosas que son constantes o que cambian lentamente.” 

Sin embargo, como indica en un reciente artículo en The New York Times (en coautoría con Cass R. Sunstein, profesor de derecho en Harvard), el problema de esta habituación es que puede aplicarse a prácticamente todo, incluido los peores crímenes y abusos en nuestra sociedad. Según los autores, ”las personas se habitúan a las mentiras y a la deshonestidad. Las personas se pueden habituar a la crueldad. Las personas se pueden habituarse al horror”. 

La clave de esta habituación está en el proverbial “incremento gradual”: todos reaccionamos ante los cambios bruscos en nuestra rutina o cotidianidad; pero todos podemos habituarnos a las cosas cuando cambian de manera escalonada.

Si lo llevamos a la esfera pública, esta habituación se percibe en la tolerancia que hemos desarrollado hacia los peores abusos de nuestros políticos; siempre y cuando cada una de sus ilegalidades, cada mentira y cada crímen sea sólo un poquito peor que el anterior. 

Esto nos suena muy familiar en México porque es nuestro pan de cada día. Nos hemos habituado a los peores excesos de nuestra clase política, a sus mentiras, a sus “otros datos”, a su opacidad, y a su tergiversación de la ley. 

Pero esto no es una característica única de los mexicanos. En todo el mundo observamos cómo la sociedad es víctima de esta habituación política. En Estados Unidos, la actitud errática de Donald Trump pasó de ser una novedad macabra a un mal chiste, y ahora está nuevamente en el primer lugar de las preferencias electorales. En Rusia, Vladimir Putin poco a poco fue cincelando las libertades de su país y ahora todos los aspectos de la vida pública se encuentran bajo su tiranía. Algo similar ocurrió en Venezuela, donde un abuso tras otro del régimen chavista fue creando una de las peores crisis humanitarias del mundo; o en Hungría, donde su sistema democrático se fue gradualmente erosionando hasta convertirse en el arquetipo de un gobierno antiliberal. Los ejemplos son incontables…

Lo importante aquí es reconocer –como indican Sharon y Sunstein– que estas degeneraciones nunca suceden súbitamente. En todos estos procesos hay cientos o miles de pasos, muchas veces imperceptibles o apenas perceptibles, que van “preparándote para que no te escandalice el siguiente paso”.

La buena noticia es que no todo está perdido. Los mismos autores indican que en todas las sociedades existen personas consideradas “emprendedores de la deshabituación”. Aquellas “que no se han acostumbrado a los males de su sociedad; que ven a la maldad como lo que realmente es y la denuncian para causar una deshabituación en los demás.” Los casos más famosos son conocidos por todos: Alexei Navalni, Malala Yousafzai, Rosa Parks, Gloria Steinem, Nelson Mandela…

Aquí en México hemos caído en una espiral de cinismo que ha vaciado nuestra cantera de “emprendedores de la deshabituación”. Es por esto que debemos siempre encumbrar y celebrar a todos aquellos que en contra de su bienestar personal, económico o físico hacen lo posible por recordarnos que los crímenes y abusos de nuestros políticos jamás deben tolerarse. Son ellos los que nos recuerdan que no podemos acostumbrarnos a vivir en un muladar y que nunca -¡nunca!- debemos de habituarnos a nuestro horror cotidiano. ¡Salud, ahí!

29/1/24

UN VOTO PARA NO VOTAR NUNCA MÁS

Miles de millones de personas saldrán a votar, pero es posible que lo hagan para nunca volver a votar nuevamente.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Ahora sí: ¡Agárrense que el 2024 viene recio para la democracia! Este dato seguro ya lo saben, porque diversos columnistas (incluido yo) han escrito sobre el tema. Pero aún así recordemos el tamaño de este animalón: un año repleto de elecciones que involucran a más de 60 países y a más de 4,000 millones de pelados. Como dirían los sabios del INE: ¡Una verdadera fiesta democrática!


Si fuera un año normal, cualquiera consideraría esto como el triunfo máximo del sistema democrático. Pero el 2024 no es un año normal y la era que transitamos nos impide cualquier tipo de celebración. 

La razón es sencilla: en un gran número de países, los votantes podrían terminar eligiendo a líderes con tendencias autoritarias, los cuáles darían el tiro de gracia a los mismos sistemas democráticos que los llevaron al poder. 

Pero esto viene cocinándose desde hace tiempo. De acuerdo con Freedom House la salud de las democracias y las libertades a nivel global han disminuído por decimoséptimo año consecutivo. Por su parte, el Instituto Internacional para la Democracia y Asistencia Electoral, con sede en Suecia, apuntó en su informe anual que “en todas las regiones del mundo, la democracia sigue contrayéndose” y que el 2022 (el más reciente de su análisis) marcó el sexto año consecutivo en el que países vieron más retrocesos democráticos que mejoras.



¿Qué podemos esperar para el 2024? Pues hasta ahora las cosas van regular. La primera elección del año fue en Bangladesh (07 de enero), resultando en un quinto periodo de gobierno para la Primer Ministra Sheikh Hasina. Naturalmente, diversos analistas hablan ya de un país cooptado por un “partido de Estado”. 

Luego vimos la elección en Taiwán (13 de enero) que dio la victoria a Lai Ching-te, el actual vicepresidente de la isla. Aquí la buena noticia es que Lai es abiertamente odiado por China debido a su ideología liberal; la mala es que su triunfo incrementa la posibilidad de un conflicto armado con Beijing. ¡Whoops!

Otras elecciones no auguran nada bueno para la salud del sistema democrático: sólo 5 de las 15 elecciones para elegir presidente o primer ministro en el continente africano se darán en países considerados como “libres” por Freedom House (Botswana, Ghana, Mauritius, Namibia y Sudáfrica), el resto se darán en ambientes de libertades reducidas o inexistentes. 

Luego tenemos otra camada de países donde los resultados están prácticamente garantizados: Rusia (15 de marzo), Venezuela (finales del 2024), El Salvador (04 de febrero) y la India (abril-mayo). Aquí tampoco hay buenas noticias: Vladimir Putin y Nicolás Maduro seguramente recurrirán a toda clase de chicanadas o abierta represión para perpetuarse en el poder; Nayib Bukele es muy popular, sin duda, pero sus cambios a la constitución para reelegirse dejan un terrible sabor de boca para el futuro institucional de su país; y Narendra Modi podría sepultar la tradición democrática, pluralista y multiétnica de la india, convirtiendo a la democracia más grande del mundo en un estado etnonacionalista.

Obviamente la joya de la corona es la elección de Estados Unidos, la cual -como ya les comenté previamente- enfrentará una auténtica amenaza fascista en Donald Trump (ver “Trump: Fascista”; Vértigo #1187). Una victoria de Trump causaría toda clase de cismas y rupturas en el orden democrático y liberal, algo que podría tardar décadas en rectificarse.

Y claro, tenemos a México, donde nuestros compañeros de Vox (el medio, no el partido racista español) han dado un 90% de probabilidad a una victoria de Claudia Sheinbaum. ¡Ni hablar!

Vivimos en tiempos peligrosos, donde el mundo se está embarcando en un año crítico para el futuro de la democracia liberal. Miles de millones de personas saldrán a votar, pero es posible que lo hagan para nunca volver a votar nuevamente. La pregunta clave que debemos preguntarnos es: ¿Será el año “más democrático” en la historia el mismo que destruya a la democracia? ¡Agárrense, porque esto es de pronóstico reservado!

18/12/23

TRUMP: FASCISTA

Nuestro problema es que tras años de hipérboles y exageraciones, el concepto de “fascista” ha perdido prácticamente toda su fuerza.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

En mi columna pasada les compartí mi docta opinión sobre cómo “genocidio” y “fascismo” han sido conceptos tan manoseados por analistas, pseudoanalistas y simples idiotas, que han perdido su intensidad y poder. Señalar esto no era simple pedantería o mamonería, ya que usar indiscriminadamente las palabras nos evita explotar su verdadera fuerza cuando estemos frente a una amenaza real.

Pues hoy estamos frente a una amenaza real y –gracias a todos los babosos catastrofistas que abusaron del lenguaje– nos encontramos sin municiones para combatirla. ¡Gran trabajo!

Me refiero a Donald Trump. Desde que inició su campaña en 2015 muchos se volcaron a calificarlo de fascista. Como presidente las cosas no mejoraron: que si quiso prohibir la entrada de inmigrantes: fascista. Que si fue amigo de Vladimir Putin y Kim Jong-un: fasicta. Que no condenó el racismo de sus seguidores: fascista. Que no detuvo a sus huestes cuando atacaron al Capitolio: fascita. 

Pero Trump no era fascista. ¿Un loco narcisista? ¡Seguro! ¿Desequilibrado mental? ¡Sin duda! ¿Con tendencias autoritarias? ¡Indudable! Pero hoy las cosas han cambiado. Desde que perdió la elección en el 2020, su comportamiento ha mutado para -ahora sí- considerarse cercano al fascismo.




Volvamos rápidamente a la descripción que hace el académico Tom Nichols para ver cómo sale librado Trump: [el fascismo] eleva al Estado sobre el individuo y establece un culto de personalidad alrededor de un líder carismático; glorifica el hipernacionalismo, el racismo y el poder militar; detesta al liberalismo democrático; utiliza los agravios históricos para atizar la lealtad al régimen; afirma que toda la actividad pública debe servir al régimen, que todo el poder debe concentrarse en el gran líder y que sólo el partido oficial puede ejercer dicho poder.

1. Eleva al Estado sobre el individuo y establece un culto de personalidad. Veredicto: ¡Altamente fascista! Hoy Trump es líder de un movimiento que parece secta fundamentalista. Todo se le perdona al gran líder, incluso su autoritarismo y sus tentativos crímenes. Se espera que use la maquinaria del Estado para perseguir a sus enemigos políticos y convertirse “en la venganza” de sus seguidores.

2. Glorifica el hipernacionalismo, el racismo y el poder militar. Veredicto: ¡Peligrosamente fascita! Trump dice representar al verdadero Estados Unidos en contraposición de los “marxistas” y “radicales” que buscan destruirlo. Ha coqueteado con el antisemitismo; y busca abusar del ejército, incluso amenazando con utilizarlo contra sus opositores.

3. Detesta al liberalismo democrático. Veredicto: ¡Claramente fascista! Rechazar los resultados electorales y descarrilar la transición pacífica del poder es evidencia suficiente.

4. Utiliza agravios históricos para atizar la lealtad. Veredicto: ¡Bastante fascista! Gran parte de su discurso se basa en la supuesta erosión de los valores tradicionales, religiosos y familiares; y los supuestos agravios contra la población blanca.

5. Toda actividad pública debe servir al régimen, todo el poder debe concentrarse en el gran líder y sólo el partido oficial puede ejercer el poder: Veredicto: ¡Algo fascista! Hasta ahora, Trump no ha promovido un régimen donde todo el poder sea ostentado por él mismo, pero sí busca dinamitar cualquier contrapeso e incluso ha dicho que abusará del poder para perseguir a sus enemigos. Ha clasificado a sus opositores como “parásitos” (recuerden el genocidio de Rwanda) y considera al partido Demócrata como una aberración de corruptos, pedófilos y marxistas.

Todo está bastante claro, pero nuestro problema es que tras años de hipérboles y exageraciones, el concepto de “fascista” ha perdido prácticamente toda su fuerza. Hoy nadie se inmuta frente a las locuras de Trump, pero su amenaza es más real que nunca y sus probabilidades de ganar en 2024 son altísimas. 

Recuerden que después de mentir y exagerar, Pedrito gritó una última vez: “¡Ahí viene el lobo!”... antes de ser devorado.

6/11/23

LA GUERRA ES LA VICTORIA

“El vencedor no es el lado que mata a más personas, ni el que destruye más casas y ni siquiera el lado que obtiene más apoyo internacional. El vencedor será quien logre sus objetivos políticos”.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Empecemos sin rodeos: ¿Quién ganará el conflicto en el Medio Oriente? Para la mayoría de los analistas la respuesta resulta obvia: Israel tiene el poder militar para arrasar con Hamás y todas sus huestes terroristas. ¿Suena sencillo, verdad? ¡Pues no tan rápido!

El historiador Yuval Noah Harari escribió recientemente en The Washington Post una columna con un título provocador: “¿Estará ganando Hamas la guerra?”. Su argumento para justificar esta polémica es bastante simple: nos recuerda la máxima de que “la guerra es simplemente la continuación de la política por otros medios”.

Bajo esta óptica, todos los discursos incendiarios y acciones bélicas de ambos bandos se vuelven secundarios, por no decir irrelevantes. Por ejemplo, sabemos que Israel ha prometido destruir por completo a Hamas, lo cual es prácticamente imposible: los grupos terroristas no se destruyen, sólo se transforman; y como ejemplo tenemos a Al-Qaeda, expulsado de Afganistán para ahora dominar grandes áreas del Sahel y el Medio Oriente. Por su parte, Hamas dice que quiere destruir a Israel; algo que resulta completamente absurdo e irrealizable.  

Como indica Harari, “[el vencedor] no es el lado que mata a más personas, ni el que destruye más casas y ni siquiera el lado que obtiene más apoyo internacional. [El vencedor] será quien logre sus objetivos políticos”.

Así que hagamos un análisis de esos objetivos políticos para ver si Hamas se encuentra más cercano a la victoria.

¿Qué quiere Hamas? La respuesta es muy simple: evitar la paz.



En los últimos años, Israel comenzó a normalizar relaciones diplomáticas con diversos países islámicos, principalmente con los Emiratos Árabes Unidos y Bahrein. Previo a los ataques del 7 de octubre, Tel Aviv se encontraba en conversaciones (muy avanzadas) con Arabia Saudita para firmar un tratado de paz y cooperación. Concretar este pacto hubiera significado un reacomodo histórico en el equilibrio geopolítico del Medio Oriente, donde los mayores perdedores serían Irán (enemigo acérrimo de los saudíes) y Hamas, quien mantiene que Israel es una creación espuria y una aberración histórica. 

Así que desde un punto de vista exclusivamente político, el ataque de Hamas es una jugada maestra. En el corto plazo, no sólo ha descarrilado la normalización diplomática con Arabia Saudita; también ha hecho sobrerreaccionar a los israelíes causando una pesadilla diplomática con la comunidad internacional. En el largo plazo ha sembrado “semillas de odio” en las mentes de millones de palestinos y musulmanes en general, impidiendo lograr algún tipo de paz “para las futuras generaciones”.

¿Y qué podemos decir de los objetivos políticos de Israel? Aquí encontramos el mayor problema. ¡No existen! Todas las acciones del gobierno de Benjamín Netanyahu juega en las manos de Hamas: la invasión causará más destrucción y muerte, lo cual creará mayor resentimiento y alejará aún más un proceso de paz.

Y aún cuando logre Israel al cien por ciento sus objetivos militares (que sería una victoria táctica, más no política), surgen muchas dudas importantes en el corto plazo: ¿Quién se hará cargo de gobernar Gaza? ¿Quién garantizará la paz social y la gobernabilidad? ¿Quién se encargará de los cientos de miles de refugiados?

Pero los problemas aumentan en el mediano plazo: ¿Tiene Israel algún plan para rescatar el acuerdo de paz con Arabia Saudita? ¿Existe algún plan para lograr una paz integral con los palestinos? ¿Existe alguna estrategia para normalizar las relaciones con el mundo árabe?

Hasta el momento, todas estas preguntas se están respondiendo en negativo. El gobierno de Tel Aviv parece enfocado sólo en exterminar a Hamas, algo que -ya establecimos- difícilmente podrá lograr. Por lo tanto, cuando las últimas bombas terminen de caer y cuando se cuenten las últimas víctimas, veremos que Hamas -aún con su debilidad y cobardía- habrá ganado esta guerra.